La corrupción es como un vicio, que para poder curarse de él, primero hay que reconocer que se tiene el mal. Y el caso de Panamá es un buen ejemplo para ilustrarlo, pues todos perciben nuestro sistema político-judicial como corrupto, pero el único que no lo reconoce es el propio enfermo. Aunque nos incomode, siempre hemos tenido elementos externos que constantemente nos recuerdan los altos niveles de corrupción con los que convivimos.
Por un lado, no hay informe internacional sobre corrupción que nos deje bien parados; y por el otro, ya nos hemos acostumbrado a escuchar las críticas que regularmente emite Estados Unidos por la falta de transparencia. Sin embargo, en esta ocasión ha sido el Gobierno francés –por medio de su embajador– el que manda un claro mensaje sobre la falta de seguridad jurídica en Panamá.
El Gobierno debe prestar atención a todas estas señales para tomar los correctivos necesarios, pues, de lo contrario, toda esa bonanza económica que ahora tenemos, la estaríamos poniendo en riesgo. |