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Panamá, domingo 9 de diciembre de 2007
 

ESTARÁN SIEMPRE PRESENTES. PERDURARÁ SU RECUERDO.

Raíces

Unas raíces vitales, las madres

Primitivamente, en Panamá y por medio de la Ley No.69 de 1930 aquí se celebraba como en el resto de casi todos los países de América, el día dedicado a las madres, el segundo domingo de mayo. Si mal no recuerdo fue el legislador panameño Héctor Conte Bermúdez el impulsor de ese proyecto. Más tarde, Aníbal Ríos presentó un proyecto de ley diferente que mudaba la citada celebración para el 8 de diciembre, día en que se celebra la fiesta de la Virgen de la Inmaculada Concepción. La fiesta de la madre sería movible y quedaba declarada como día cívico. Muy acalorados fueron los debates parlamentarios que precedieron a lo anterior, ya que se intentaba establecer nuevas normas para los días feriados y religiosos. Pero este día dedicado a las madres a su vez tuvo sus antecedentes más remotos, y fue así como en la antigua Grecia se honraba a la diosa Rhea, representando a las madres y en tiempo de primavera. En el siglo XVII en Inglaterra se creó el "domingo materno", y que correspondía al cuarto domingo de Cuaresma. En Estados Unidos de América y en el año de 1872 y en Boston Julia Ward Howe sugería que hubiese un día dedicado a honrar a las madres. Más tarde y ya en 1907 se oficializó la idea. Hoy hemos escogido tres fotografías de grupos humanos que se diferencian entre otras razones por cuanto unos son de seguro capitalinos, los otros interioranos y los otros indígenas. En cada uno de ellos aparecen madres prolíficas. Las interioranas hacen parte de otra fotografía que ya les habíamos presentado. La foto de las madres interioranas ya fue publicada completa, pero esta de hoy es una segunda del mismo grupo, pero más reducido, a pesar de que aquí aparecen cuatro generaciones. A todas las madres y a sus descendientes y a todas las que no aparecen aquí van nuestros mejores deseos por su paz, salud y tranquilidad, o sea por una completa felicidad.952062

Siempre habíamos querido dedicarle una de estas páginas de Raíces a las madres, pero es tanto lo que sobre ellas se ha escrito y con toda razón que resulta harto difícil encontrar o adjetivos nuevos o pasajes de la historia, o hechos diarios o hasta simples palabras para dejar constancia de lo que ellas han merecido por sus sentimientos y sacrificios.

Quizás va a ser con versos sobre ellas o escritos por ellas y de los cuales poseemos centenares de ejemplos en los que hombres y mujeres adultas, pero también de menores en que poetas consagradas o bisoños quisieron dejar plasmados sus variados, pero siempre nobles pensamientos acerca de las autoras de sus vidas.

No demoremos más y después de haber consignado aquí nuestro saludo respetuoso a todas y en espera que en el día de ayer consagrado a ellas la alegría y la felicidad las hayan colmado, pasemos a reproducir estas sentidas rimas.

Comencemos con este soneto de Vicente Palacio Riva y desde ahora pedimos excusas por no anotar la nacionalidad ni las fechas en que vivieron los aedos escogidos.

¡Oh que lejos están aquellos días en que cantando alegre y placentera jugando con mi negra cabellera, en tu blando regazo me dormías!

¡Con que grato embeleso recogías, la balbuciente frase pasajera que, por ser de mis labios la primera, con maternal orgullo repetías!

Hoy que en la vejez, en el quebranto, mi barba se desata en blanco armiño, y contemplo la vida sin encanto, al recordar tu celestial cariño, de mis cansados ojos brota el llanto, porque pensando en ti, me siento niño.

Y ahora estos otros de Rodolfo Méndez, los tituló: Madre Mía y dicen así: Al dormirme tranquilo en la noche, ¿quién mi frente acaricia? ¿quién me da de mañana sus besos? Tu, madre mía. ¿quién me da de mañana sus besos? ¿quién, con voz de ternura exquisita, mis errores de niño corrige? Tu madre mía. ¿quién con todos es dulce y buena? ¿quién al triste acompaña en sus cuitas? ¿quién me infunde el amor de los hombres? Tú, madre mía. Cuando el tiempo tu rostro marchite y tu voz y tu fuerza se extingan. ¿Quién por ti velará cuidadoso? Yo, madre mía. O estos del cubano José Martí: Madre del alma, madre querida, son tus natales, quiero cantar: porque mi alma de amor henchida, aunque muy joven, nunca se olvida, de la que vida que me hubo de dar. Pasan los años, vuelven las horas, que yo a tu lado siento ir... Por tus caricias arrobadoras y las miradas tan seductoras, que harán mi pecho fuerte latir.

A Dios yo pido constantemente, para mí madre vida inmortal: porque es muy grato sobre la frente, sentir el roce de un beso ardiente, que de otra boca nunca es igual. Pero no podíamos dar fin a estos recuerdos si no traíamos hasta acá el sentimiento de nuestra poetisa María Olimpia de Obaldía, quien en su himno a la maternidad que consta de varias partes se dedica a ella misma esta oración al sentir que iba a ser madre: Dulce Señor, me hiciste renacer por el amor en otro ser, que dilate mi ardiente juventud. Dame fuerza Señor para ampararlo y firmeza para guiarlo, y para criarlo, Señor, dame salud, para formar en su corazón bondad, para dar a su mente, claridad. Que en este ser quiero, Señor, ver florecer, ¡mi corazón... !

Textos: Harry Castro Stanziola
Fotografías: Ricardo López Arias
Comentarios: vivir+@prensa.com

© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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