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Panamá, domingo 9 de diciembre de 2007
 

IRÁN.

Política nuclear del menos es más

952982Jonathan Schell

La reciente National Intelligence Estimate (Evaluación Nacional de Inteligencia, NIE por sus siglas en inglés) de Estados Unidos, que señala que Irán alguna vez tuvo un "programa de armas nucleares" pero lo suspendió en 2003, significa que tal vez no habrá un ataque estadounidense contra ese país durante la administración Bush. ¿Cómo podría el Presidente de Estados Unidos explicarle al mundo un bombardeo contra instalaciones de armas nucleares que sus propios servicios de inteligencia han informado que no existen?

Así, con toda probabilidad el mundo se ha librado de una política que habría sido tan inútil como destructiva. En efecto, el acto que habría prácticamente garantizado que Irán obtuviera armas nucleares habría sido atacarlo. (Nueve años después del bombardeo israelí contra el reactor nuclear de Irak en Osirak en 1981, Saddam Hussein estaba a menos de un año de conseguir una bomba atómica).

Sin embargo, la NIE llegó a sus conclusiones por una ruta extraña. Toda persona con conocimientos técnicos sabe que los métodos para obtener energía nuclear civil y para fabricar armas nucleares son los mismos, salvo por algunos pasos relativamente sencillos al final del proceso. La parte complicada es obtener materiales fisionables, plutonio o uranio altamente enriquecido. Una vez que se consiguen, cualquier país –o incluso algún grupo terrorista sofisticado– puede hacer el resto.

La energía nuclear requiere uranio de bajo enriquecimiento como combustible. Si se enriquece más, en las mismas instalaciones se puede obtener uranio altamente enriquecido apto para bombas. El paso restante –hacer que dos trozos de uranio altamente enriquecido choquen para crear masa crítica y una explosión– es fácil: las instrucciones se pueden descargar en internet. En efecto, en un artículo publicado en 1979 por Howard Morland en la revista The Progressive se reveló el "secreto" de la bomba de hidrógeno, lo que dio origen a una demanda legal presentada por el Gobierno estadounidense para impedir su publicación que no prosperó.

El trabajo difícil de construir las instalaciones para enriquecer el uranio es exactamente lo que ya están haciendo ahora los iraníes, aunque no en cantidad suficiente para fabricar una bomba, lo que podría llevarles cinco o 10 años más. Pero una vez que adquieran una capacidad suficiente, solo quedarán los pasos fáciles.

Sin embargo, el trabajo relacionado con los pasos fáciles, que supuestamente se intentó y luego se canceló, es lo que la NIE llama el "programa de armas nucleares". A la luz de las realidades técnicas, habría sido más exacto llamar programa de armas nucleares a las difíciles y abiertamente reconocidas actividades de enriquecimiento, ya que son las que pueden proporcionar la sustancia de una bomba atómica. Irónicamente, el que Irán haya suspendido los pasos fáciles crea la impresión de que ha interrumpido su programa de armas, mientras que la actividad más importante se sigue llevando a cabo a plena luz.

Por supuesto, eso no significa que una vez que Irán tenga instalaciones adecuadas para el enriquecimiento vaya a construir una bomba. Pero lo que cuenta es la capacidad, no las intenciones. Irán podría fácilmente hacer lo que hace Japón –tener instalaciones para el enriquecimiento listas para hacer una bomba sin fabricarla de hecho. O como la India en 1974, podría esperar largo tiempo y después precipitarse a terminar los preparativos y llevar a cabo una prueba nuclear.

¿Cómo surgió esta confusión? Una respuesta se halla en las disposiciones del Tratado sobre la no Proliferación de Armas Nucleares (TNP), que prohíbe a la mayoría de sus signatarios tener armas nucleares pero les garantiza el derecho de utilizar tecnología para la energía nuclear, incluyendo el enriquecimiento de uranio. De ese modo, el tratado desafortunadamente permite que cualquier signatario adquiera los elementos más importantes que se necesitan para fabricar armas nucleares.

Por ello, cuando la administración Bush quiso oponerse al programa iraní, no fue suficiente denunciar el simple hecho del enriquecimiento. Tenía que señalar otras cuestiones, como los intentos de ocultamiento, que violan el TNP y argumentar que esas infracciones eran tan serias que había que retirarle a Irán el derecho de enriquecimiento.

De ese modo Estados Unidos cayó en una serie de declaraciones exageradas. En diciembre de 2005, el vicepresidente Dick Cheney dijo: "Hay muchas razones para creer que están tratando seriamente de desarrollar armas nucleares". El presidente Bush sostiene ahora que siempre ha sido el enriquecimiento abierto de uranio, y no algún otro programa secreto, lo que está acercando a Irán a tener armas nucleares. Pero destaca ese punto legítimo en vano: al haber apoyado sus argumentos en errores de apreciación, ahora la administración se ve desacreditada por su propia evaluación de inteligencia.

Queda entonces una situación en la que se acumulan las paradojas. Un informe desacertado y mal interpretado ha impedido una posible política desastrosa –el ataque militar contra Irán. La pregunta que queda es por qué Bush y Cheney se pusieron en esta situación embarazosa. Bush declaró que se enteró de las conclusiones de la NIE apenas una semana antes de que se publicaran –una afirmación que, o es falsa, o revela un nivel de incompetencia que va más allá de todo lo que se ha supuesto hasta ahora.

Ya nada de eso importa. La costumbre de recurrir a la falsedad de la administración Bush ha socavado sus inclinaciones agresivas y ha dejado un enorme vacío. La doctrina según la cual las grandes potencias, muchas de ellas con armas nucleares, tratan de impedir que las potencias menores las adquieran mediante la fuerza o la amenaza del uso de la fuerza –que resultó ser un fiasco en Irak, en Corea del Norte, que ya tiene armas nucleares, y ahora en Irán– ha llegado a un callejón sin salida. Pero, informe o no informe, el peligro de que Irán adquiera armas nucleares es real y tal vez incluso haya aumentado. Lo que no hay es una política para hacerle frente.

Project Syndicate. El autor es profesor invitado en la Universidad de Yale
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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