CARTAS DESDE EUROPA.
Lecciones del referéndum
Camilo José Cela Conde
El presidente Chávez es un golpista —lo fue, y lo sigue siendo para muchos de sus detractores— pero, si así lo creemos, habrá que convenir en que se trata de un golpista peculiar. Lo común de todo golpe de Estado, algo tan notorio que resulta inútil recordarlo, es que el golpista se haga con el poder y no lo deje ya jamás. Pero el presidente Chávez ha perdido su referéndum y, si eso no le aparta de forma inmediata del cargo, sí que deja herida la pretensión de perpetuarse en él.
¿A santo de qué viene que un golpista —incluso enmendado— convoque un referéndum a la medida de sus deseos para luego perderlo? La respuesta más obvia sostendría que Hugo Chávez no pensaba perder. ¿Pecado, pues, de soberbia? ¿Cálculo equivocado? Siempre debe concederse el beneficio de la duda: pongamos, pues, que si los enormes recursos del amañado de votos de que dispone todo líder carismático —y Chávez, sin duda, lo es— no se usaron en esta ocasión es porque el Presidente de Venezuela quería una legitimación en verdad democrática. Con lo que estaríamos hablando de una figura un tanto extraña dentro de la nómina extensa de los dictadores o cuasi–dictadores que han ido enarbolando la bandera de la libertad para bajarla de inmediato nada más hacerse con el poder.
Lograr el liderazgo de un país por la fuerza de las armas o mediante un despliegue populista es difícil, pero no tanto como para que no se haya conseguido muchas veces. Lo que resulta ya casi imposible es perpetuarse en el poder sin imponer severos vetos a las libertades ciudadanas. Por más que autores como Chomsky nos hayan explicado de manera convincente que la ilusión de la libertad no es la libertad misma, que existen sutiles maneras de secuestrar —o comprar, sin más— nuestros votos, hay una diferencia no solo formal entre los países que cuentan con oposición, ésta dispone de medios de prensa a su alcance y existen votaciones tirando a limpias, y aquellos otros en los que ninguna de las tres premisas se sostiene. Chávez lo ha demostrado perdiendo su referéndum.
Un analista maquiavélico podría sostener que ése ha sido su golpe más brillante. Pero resulta difícil creer que el presidente Chávez cuenta con una estrategia tan sofisticada. Convence más el pensar que equivocó el lance, que con el lema electoral que le había brindado —a él y, por cierto, a la oposición— el Rey de España, regalándole en principio la condición de víctima, iba a bastarle. Si así hubiera resultado, si el referéndum hubiese dado, aunque fuera por muy poco, un sí, es probable que ahí terminasen las necesidades de legitimación y viésemos en adelante otro Chávez. Uno mucho más, por así decirlo, normal. Él mismo lo anticipó. Las represalias contra las empresas españolas si el rey don Juan Carlos no se disculpaba —que el presidente venezolano dejó para después de su seguro triunfo—, serán chuscas pero eran reales. Con el añadido de que vincular lo que es bueno o malo para la economía a lo que el jefe del Estado de otro país diga o deje de decir es una forma muy arriesgada de política.
El presidente Chávez aceptó su derrota con una inquietante coletilla: "por el momento". Eso puede ser un signo de despecho pero también una nueva amenaza. La de que los golpistas peculiares pierdan su apellido y se conviertan en golpistas, sin más.
El autor es escritor
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