AMOR A LA PATRIA.
Usos amorosos
María del Carmen Cabello
carmencabello1946@yahoo.es
No sé si es la humedad, el calor o la vegetación. O todo junto, pues los tres factores se entrelazan para formar un paisaje exuberante y hermoso. Y para que en las ciudades, la hierba pugne por salir del asfalto y lo consiga, y las raíces de los árboles rompan las aceras. Todo es a lo grande en Panamá, en profusión o en belleza: las playas kilométricas, la lluvia torrencial, los guayacanes inolvidables, las veraneras de El Valle, la luz de diciembre, la puesta de sol en el Pacífico y las hojas de los platanares de Bocas con las que bien puede taparse un hombre. Tal desmesura tiene por fuerza que influir en el carácter del panameño y en su forma de amar, porque el amor tiene sus variantes y sus matices, dependiendo de quien lo prodigue.
El amor a la patria, para empezar, es un sentimiento común a los mortales, pero el que profesa el istmeño por la suya es diferente porque se presta al equívoco. Jarana y ritmo en las caderas al compás de tambores y liras le rinden un tributo que tiene más de desenfado que de solemnidad y que lleva al espectador novato a concebir una idea falsa. Pareciera que todo selimita a una explosión de bullicio tan vistosa y efímera como la flor del guayacán, pero en el fondo, que es lo que importa, el panameño tiene tal apego a su tierra que son poquísimos los que emigran, pese a la pobreza que anida en muchos sectores, y aquellos que estudian o trabajan fuera pronto hacen suyo el "todos vuelven", convencidos de que su valía y preparación contribuye a sacar a la patria de un marasmo que duele. Que luego sufran o no una decepción es otra cosa, pero lo intentan con una fe envidiable. Sin ellos y su sentido de pertenencia Panamá no contaría hoy con profesionales a la altura de cualquier competencia.
La casada con extranjero suele llevarlo a vivir a casa, cerca de los suyos, y la madre panameña tiene recursos especiales para evitar el desapego de los hijos. El asunto es recíproco, y se cumple una vez más la ley de la desmesura si lo comparamos con sociedades más parcas en la expresión de sentimientos. El primer año que pasé en Panamá el Día de la Madre me impresionó profundamente. Si cierro los ojos, veo hoy el festival de colores de los paquetes de regalo en manos de gente que visitaba a todas las madres de la familia, y como fondo, las mañanitas o el canto de los mariachis. Mi sorpresa radicaba en la veneración generalizada por la figura materna, pero luego comprendí que el lazo que une al panameño, especialmente al varón, con su progenitora es diferente. Ser hijo es un compromiso que pocas veces se incumple. Ya adulto, puede abandonar a la esposa, que es madre a su vez, y a los hijos a su suerte, pero a la madre no, y puede escabullirse de pasar una pensión, pero a la "vieja" no le faltarán sus reales para lotería. El origen de esta paradoja es aún un misterio.
Es el amor erótico, sin embargo, el que está mayormente impregnado de las incidencias del clima y de la exuberancia del paisaje. Todo en Panamá es sensual, incluso el lenguaje diario, profuso en expresiones que indican una intimidad que no existe pero a la que se alude. Puede ir desde el "gracias, mi amor" que te suelta la billetera cuando le pagas el número, hasta el sugerente "¿qué desea mi reina?" con que te recibe el compañero cuando le pides un favor. Y de lo sensual a lo sexual no hay más que un paso. Las conversaciones más nimias derivan a menudo en un doble sentido, y el sexo parece ser el motor que mueve los días. La primera vez que oí a una persona justificar el mal humor de otra con un "no se lo habrán dado esta noche", entendí de dónde venían los tiros, enseñanza que quedó completada con la frase "sal quiere ese huevo". Confieso que quizá porque tomo los huevos sin sal, en el sentido literal y estricto de las palabras, no vayamos a tener ahora una confusión, me sorprendían las advertencias de mis amigas acerca de que mi camaradería con los varones podía ser malinterpretada. Y es que al parecer, el hombre panameño, hechas todas las excepciones, no está dispuesto a perderse una oportunidad. El hombre es hombre, dicen, de ahí que las relaciones de pareja se empañen a menudo por los celos y la desconfianza y que en ocasiones se conviertan en aguaceros cerrados y todo se oscurezca. Luego, sale el sol.
La autora es filóloga
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