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Panamá, martes 4 de diciembre de 2007
 

‘EL HAMBRE OCULTA’.

Estableciendo el vínculo…

950278Sheila Sisulu

Vivimos en una era de obesidad, de modo que la idea de que el médico nos recete comer cuando estamos enfermos le resultará extraño a la mayoría de quienes lean esto. Y, sin embargo, la desnutrición es la causa madre de la mayoría de las enfermedades que aquejan a millones de personas en el mundo en desarrollo. Comer más de los alimentos apropiados es realmente la mejor forma de mantenerse saludable.

Aunque resulte demasiado obvio mencionarlo, pocos se dan cuenta de que existe un vínculo entre la salud y el hambre. Quienes padecen hambre son mucho menos efectivos al luchar contra las enfermedades que quienes están bien alimentados. Las niñas y niños desnutridos tienden a estar enfermos muchos más días que las niñas y niños bien alimentados por una sencilla razón médica: la desnutrición suprime el sistema inmunológico, permitiendo que proliferen las infecciones y restándole al cuerpo aún más de sus nutrientes esenciales.

El vínculo también funciona a lo inverso. No importa cuán insignificantes sean, las infecciones afectan adversamente el estado nutricional de una persona y generan distintas reacciones, incluyendo un menor apetito. Aun cuando se absorban los nutrientes, estos pueden perderse a causa de las infecciones.

Estamos hablando de un problema que se autoperpetúa y que está fuertemente vinculado a las escogencias políticas y económicas. Así como la mala salud y la desnutrición afectan el crecimiento y el desarrollo de los individuos, así también constriñen el desarrollo social y económico de las naciones.

Los vínculos en cuestión se exploran en un importante informe que publicó esta semana el Programa Mundial de Alimentos. La serie de informes sobre el hambre en el mundo 2007 Hambre y Salud es el segundo de una serie de informes que se lanzó el año pasado como parte de hambre y aprendizaje.

La pandemia del sida nos ofrece uno de los más claros ejemplos de la estrecha vinculación existente entre el hambre y la salud. En una persona infectada por el VIH, el tracto intestinal se ve afectado y hay mala absorción y pérdida de apetito –justamente cuando debería (según la Organización Mundial de Salud) estar incrementando su consumo de energía– en 30% en el caso de adultos y en 100% en el caso de los niños y niñas, si han de evitarse la emaciación y falta de crecimiento que son característicos del sida.

Sorprende entonces que, dadas las grandes sumas que se invierten en investigación y tratamiento antirretrovírico (TAR), muchos de los donantes aparentemente pasen por alto la necesidad de ofrecer un paquete completo –que incluya apoyo alimentario– cuando se trata a los pacientes con sida. El costo de un suplemento alimentario es de menos de 2% del costo actual del tratamiento con drogas: tan solo 66 centavos por persona por día, en promedio.

Al igual que sucede con cualquier otra droga, la TAR es más efectiva cuanto más adecuadamente nutridas estén las personas; sin embargo, poco se está haciendo para garantizar que las personas actualmente bajo tratamiento tengan suficientes alimentos para que puedan obtener pleno beneficio y aprovechen las drogas que están tomando.

Estudios realizados en Ruanda y Tanzania indican que la falta de alimentos es la razón principal por la cual las personas no buscan tratamiento para el VIH/sida, específicamente por el temor que sienten ante la posibilidad de que, al tratarse, su apetito aumente y no tengan los alimentos suficientes para satisfacer esas mayores necesidades.

Solo dándoles la prioridad a quienes padecen hambre –especialmente a las mujeres, niños y niñas en todas las etapas del ciclo de vida– y apoyando los principios de inclusión, igualdad, facilidad de acceso y transparencia es que las personas que padecen hambre podrán beneficiarse de las innovaciones tecnológicas que están transformando el mundo. Hoy enfrentamos el riesgo de que, aún los modestos Objetivos de Desarrollo del Milenio, no se alcancen. La serie de informes sobre el hambre en el mundo 2007 reta a los líderes a que construyan sobre la base de los éxitos alcanzados, combinando los conocimientos actuales con una voluntad de aportar soluciones prácticas y efectivas.

Por primera vez en nuestra historia como seres humanos, hoy estamos en capacidad de encauzar enormes recursos para vencer el hambre y la mala salud. El costo de no actuar es tanto económica como moralmente alto comparado con el modesto costo que implica el actuar. Contamos con soluciones comprobadas (todas detalladas en la Serie de informes sobre el hambre en el mundo 2007) disponibles y costeables, pero es necesario incrementar su aplicación para poder alcanzar a las personas vulnerables y marginadas alrededor del mundo. Ello es necesario porque aquellos que sufren del hambre en sus muchas manifestaciones no son quienes toman las decisiones, ni están necesariamente bien representados por quienes sí las toman.

Quienes no pertenecemos a los 2 mil millones de personas que padecen del "hambre oculta" (la deficiencia de micronutrientes), podríamos tal vez tomar un minuto durante las fiestas que se avecinan para ayudar a movilizar la voluntad de todos, como colectividad, para erradicar el hambre y mejorar la salud, no solamente por motivos económicos, sino porque erradicar el hambre es un imperativo moral.

La autora es subdirectora Ejecutiva del Programa Mundial de Alimentos
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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