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Panamá, martes 4 de diciembre de 2007
 

EL MALCONTENTO.

La oportunidad de la cultura

950383Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Un concierto cualquiera en el Teatro Nacional. Es gratis, o puede que no, y la afluencia es buena. Al principio, uno se despista. Podría pensarse que las instalaciones fueron alquiladas para celebrar una boda, o para un acto de grado.

Esos espacios en los que la gente se disfraza de lo que no es para reivindicar lo que es o lo que el resto espera que sea. Mujeres con vestido largo y bisuterías de diferente calibre. Sonido de tacones y capas de pintura para el rostro, que es como el estuco pero removible –¿será removible?–. Hombres de saco y corbata, los unos; de guayabera de manga larga, los otros. La imagen no es excepcional, sino habitual y refleja, considero yo, la falta de costumbre de una programación cultural continua y de calidad.

Cuando la cultura no es la excepción, las formas se relajan y el hábito la hace familiar. Alguien me contaba el otro día cómo se sorprendió en Brasil al asistir al teatro en compañía de dos brasileñas en bluejean y chancletas… nada excepcional.

Pero las políticas culturales de nuestro país no han abonado el terreno. La cultura oficial es una mezcolanza de actos folclóricos, puestas en escena para lucimiento de políticos y –por qué no decirlo– de malas imitaciones que ha generado un agujero en la capa de ozono cultural más grande que el propio Istmo.

Y la cultura es una oportunidad. Leía en estos días el efecto que ha tenido un extraño centro cultural por el que apostó una caja de ahorros en Madrid, España. En cinco años, dos millones de personas han pasado por La Casa Encendida conectando así con una visión de la cultura nada acartonada, muy libre y ante todo provocadora y creativa. Eso no lo habían logrado ni los grandes y costosos museos, ni los centros culturales oficiales con instalaciones de lujo, ni los que, en el otro extremo, gestionan los sectores alternativos –convencidos de que la cultura debe ser siempre pesada, aburrida, pedigüeña y trascendental–.

Leí con mucho interés la historia de La Casa Encendida porque quería comprender cuál es la fórmula de su éxito. Y creo que si tiene una receta es la de la normalidad. Es decir, justo lo contrario de los que creen que la cultura debe ser sacrosanta, un espacio para eruditos donde se aprovecha para citar a autores, para comentar lo maravilloso que fue visitar en las últimas vacaciones el MoMA de Nueva York o para mostrar el último modelo comprado en el pasillo del lujo grosero de Multiplaza.

Panamá tiene una deuda que debe resarcir. Sus creadores trabajan con las uñas, muchas veces en la semiclandestinidad. Cuando logran un contrato, por mísero que sea, tienen que dar las gracias y casi nunca es, en realidad, un momento cultural, sino la celebración del Día de la Madre, de la Patria o del Chapulín Colorado.

No alcanzo a comprender por qué ningún gobierno entiende que la cultura no es un lujo o el último rubro del presupuesto nacional, sino una necesidad social, el alimento del alma de los pueblos.

No dejo de sorprenderme cuando escucho a los gobernantes vanagloriarse de las canchas de fútbol que están sembrando por todos lados y del mega estadio soñado como si el futuro del país se jugara en una portería. Es como si se aceptara que la única posibilidad de destacar en el mundo fuera a través del deporte –o los negocios, claro está–.

Todavía estoy esperando que presuman de cómo se ha invertido en cultura, en formación cultural, en instalaciones culturales, en democracia cultural. O que se reconozca el trabajo de muchos creadores locales que están triunfando dentro y fuera del patio con el único apoyo de sí mismos.

Ellos, los gobernantes, creen que la cultura no vende, pero están radicalmente equivocados. Cada vez que algún funcionario heroico o algún gestor cultural independiente hace una propuesta interesante, el público panameño responde como hambriento ante nevera de gringo: con ansiedad y con felicidad, agradeciendo el esfuerzo y ofreciendo su alma a cambio de cultura.

La cultura es una oportunidad. Oportunidad de crecimiento personal para miles de niños, niñas y adolescentes del país, oportunidad profesional –¿quién ha decidido que los panameños solo van a trabajar como albañiles o como operadores de maquinaria pesada?–, oportunidad de ingresos para el país –las industrias culturales no son un invento contemporáneo–, oportunidad de maduración social…

Así que, como últimamente me siento muy propositivo, quiero recomendar a nuestras autoridades que creen un nuevo Inadeh (C) para, además de vanagloriarnos de formar a las mejores operadoras de call centers –es decir, maquilas telefónicas– y soldadores, capacitar en bellas artes, música o antropología a esas masas llenas de talento que estamos convirtiendo en máquinas para trabajar a cambio de casi nada; que inviertan en varios megacentros culturales regados por todo el país que sean polos del verdadero desarrollo humano; que refunden el Inac para que la C sea realmente de Cultura; que llenen los anaqueles de las bibliotecas de buenos libros y que la atención sea prestada por los egresados del nuevo Inadec; que metan plata en los museos mendicantes del país y los conviertan en lugares dinámicos y atractivos para propios y extraños… ¡ah! Y que cambien a la agencia de publicidad del Ipat para que no venda a este país de riquezas culturales como un gran casino tropical donde todo está permitido. Amén.

El autor es periodista
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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