JÓVENES EXCLUIDOS.
Francia: extranjeros en la tierra II
Emilio García Méndez
El 13 de noviembre de 2005, publiqué en esta columna un artículo con el mismo título que este, sobre la violencia juvenil que durante varias semanas asoló primero lo más degradado urbanamente de la periferia parisina y posteriormente las áreas equivalentes de muchas otras ciudades francesas. Motivaba el título, esa extraña condición de paria civil y cultural, único nexo que vincula a estos jóvenes excluidos brutalmente del pacto de la modernidad.
Nacidos y criados en una tierra francesa que en nada se parece a la Francia que nos presentan las guías de turismo, al mismo tiempo que prácticamente nada en términos culturales los une a la tierra de sus padres y sus abuelos. No se trata entonces de meros extranjeros en "esa" tierra, sino literalmente de seres humanos extranjeros en toda la tierra. Candidatos ideales a ser algún día no muy lejano, carne de cañón de las promesas de paraísos varios que ofrecen los traficantes actuales de diversas formas de fundamentalismos.
El carácter mecánico de la repetición de estos hechos a casi dos años exactos del primer estallido multitudinario, constituye una observación solo posible de ser sostenida por un observador ingenuo o desprevenido. Si no involucraran la violencia extrema que estos hechos contienen, se podría proponer el juego de las siete semejanzas y las siete diferencias entre los disturbios de 2005 y sus equivalentes de estos días. Pero mientras las semejanzas resultan abrumadoras y rápidamente superarían el número exigido para ganar el juego, menos evidentes resultan las diferencias, razón por la cual parece conveniente mencionar con un cierto detalle a algunas de ellas. Para comenzar, igual que en el pasado, los sucesos se habrían originado en un aparente hecho casual e involuntario.
El choque, con consecuencias fatales, de una moto en la que viajaban dos jóvenes con un patrullero policial que transitaba, supuestamente, a escasa velocidad. La tecnología, que como hoy todo el mundo sabe no está más al servicio exclusivo de la criminalística oficial, parece desmentir esta versión. Un video casero, tal como lo ha reproducido uno de los más importantes matutinos franceses, parece desmentir rotundamente dicha afirmación. Buena parte del origen inmediato de estos días de furia, parece responder a esta circunstancia.
Mucho más rápido de reflejos y de audacia que todo su gabinete y mucho más sensato que el ex ministro del Interior Sarkozy, el actual presidente Sarkozy, además de la consabida condena a la violencia y la promesa de identificar a los responsables del lado juvenil de los desmanes, colocó en manos de la justicia y no de la policía como es costumbre, la tarea de averiguar las responsabilidades policiales. Esta medida, junto con la decisión de recibir a los padres de los dos adolescentes muertos, constituyó un factor decisivo y alivio momentáneo de un volcán social presto a hacer erupción nuevamente en cualquier momento.
Pero es en las diferencias más sustanciales con el año 2005 donde se encuentran las luces rojas que no dejan de titilar. Los manifestantes de hoy son decididamente mucho más jóvenes; están mucho mejor organizados y por lo demás, han hecho uso de variadas armas de fuego durante los disturbios. Cierto o no al día de hoy, las posibilidades de vínculos y contactos con formas más articuladas de violencia, tal vez de corte pseudo-religioso, es un dato cuya interpretación y respuesta por parte de las autoridades podría decidir el curso futuro de los acontecimientos.
Un dato reiterado y significativo vuelve a llamar la atención en estos días. Una anónima red de celulares y la absoluta inexistencia de líderes pública o íntimamente reconocidos, parecen los "verdaderos organizadores" de los disturbios. Una inexistencia que tenderá a acentuarse todo el tiempo en que las respuestas oficiales oscilen predominantemente entre la represión descarnada y las simples mejoras edilicias.
En los movimientos sociales desprovistos de grandes relatos, de esta modernidad en la que "todo lo sólido se desvanece en el aire", no son los líderes los que podrán posibilitar el diálogo, sino el dialogo el que podrá, tal vez, crear algunos líderes con los cuales negociar sensatamente.
Pero para volver al juego inicialmente propuesto, solo el que encuentre alguna semejanza entre el mayo del 68 en París y el noviembre de 2007 en Garges–les–Gonesse, se llevará todos los premios.
El autor es abogado y es catedrático de la Universidad de Buenos Aires
|