CARTAS DESDE EUROPA.
Palestina, otra vez
Camilo José Cela Conde
Decía Mark Twain –si no estoy equivocando la fuente– que dejar de fumar era la cosa más fácil del mundo. Él lo hacía todos los días cerca de 20 ó 30 veces.
Un equivalente en la política internacional podría ser el de los acuerdos para resolver el problema palestino. Hay que ver la cantidad de cumbres, pactos, apretones de manos y sonrisas a que han dado lugar desde que, en aquel infausto 1947, la ONU hizo suyo el plan británico de resolver el conflicto de la Tierra Santa por la vía de agudizarlo in aeternum.
El último episodio por ahora, el del acuerdo de Annapolis, se nos brinda una vez más como la oportunidad para la paz. Hay signos sin duda esperanzadores, como el de aceptar que se discutan en la mesa de las negociaciones todos los conflictos pendientes, sin tabú ni veto alguno. También resulta una novedad de las que generan optimismo que países como Siria o la Arabia Saudí, en cabeza en el rechazo al Estado de Israel, hayan intervenido en el pacto auspiciado por el presidente George W. Bush. Pero no es, ni por asomo, la primera vez en que la euforia se desata solo por haberse producido un consenso en lo más alto. Falta todavía lo más difícil: la traducción de ese acuerdo al nivel más popular, al infierno de las calles de Cisjordania, Gaza o los territorios ocupados.
De hecho, las primeras reacciones populares –llamémoslas así– han sido las que cabía esperar; algaradas e incluso más muertos. Lo lógico, habida cuenta de que el peso de los extremismos es, en el Próximo Oriente, enorme y que ni los fundamentalistas judíos ni los musulmanes están por la labor de un acuerdo que signifique reconocer los estados sionista y palestino.
En el transcurso de una visita a Tel Aviv hace un par de años mis anfitriones israelíes me advirtieron acerca de cómo la situación palestina estaba derivando desde el problema político a la guerra santa, con la particularidad de que es muy probable que la guerra de religión se dirima en un futuro inmediato entre laicos y fundamentalistas, sin importar gran cosa cuál es el dios invocado.
Hamas y los ultraortodoxos judíos coinciden en la hostilidad absoluta hacia los acuerdos de Annapolis, por más que las razones del rechazo no coincidan. O sí. En el fondo puede que la mayor diferencia en una tierra en la que los desencuentros abundan sea la que separa a aquellos que buscan la paz, por más que resulte a regañadientes, de quienes solo quedarían satisfechos si el enemigo fuera aniquilado.
Triste es que el pacto de Annapolis, con su importante asunción de un calendario y un plan concreto de reuniones, descanse en unas fuerzas tan limitadas como aquellas de la que gozan Olmert y Abbas. No se trata ya de que los presidentes israelita y palestino sean incapaces de generar entusiasmo; ni siquiera goza ninguno de los dos protagonistas principales del acuerdo de Annapolis de un respaldo suficiente en sus países respectivos, hasta el punto de que se produce una curiosa paradoja: mientras los problemas domésticos les crecen, es la negociación más difícil, la de la paz, su único éxito notorio. Pero al menos supone una ventaja que en el avispero palestino abunden tanto las reinas. Sabemos ya que la paz en el Próximo Oriente es imposible de no imponerse con firmeza las potencias implicadas, desde Siria a Estados Unidos. Tal vez la novedad consista ahora en que, desaparecidos los líderes carismáticos locales, ahí queda la única esperanza.
El autor es escritor
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