REFERENDO EN VENEZUELA.
El colapso venezolano
949416Eduardo Ulibarri
Es cierto, pero no tanto, que la suerte de la democracia venezolana se juega en el referendo de hoy. Cierto, porque un triunfo de la reforma constitucional impuesta por Hugo Chávez al Congreso, y despachada expeditamente para su ratificación en las urnas, implicará la legitimación definitiva de un esquema personalista y autoritario, mientras su eventual –y difícil– derrota sería un saludable freno a su arbitrariedad caudillista.
Pero no tanto, porque, más allá de lo que hoy ocurra en las urnas y en las calles, ya Venezuela se ha precipitado en una vorágine de conflicto y desarticulación política, social e institucional, de la que el referendo es un resultado, más que una causa. Es decir, la democracia y el tejido de prácticas e instituciones que la hace operante, están colapsados.
El proceso de implosión vivido por Venezuela en su organización estatal, estructuras de relaciones ciudadanas, organización política, claridad en las reglas del juego, ejes de solidaridad e identificación simbólica de la población, no es irreversible. Pero ha avanzado tanto, en extensión y profundidad, que sus daños se han vuelto irreparables en el corto plazo.
Por esta cruda realidad, lo mejor que podría pasar tras el referendo (si el ímpetu ciudadano logra derrotar a Chávez), es frenar la velocidad de un deterioro que ya ha avanzado a niveles alarmantes. Lo peor (si gana), es que camine a un mayor ritmo, hasta desembocar en la dictadura o el enfrentamiento.
Pero la verdadera corrección del rumbo venezolano será un proceso mucho más difícil, y condicionado a la posibilidad de reconstruir el "contrato social" y la arquitectura institucional del Estado, hoy casi inexistentes.
Basta fijar la mirada en las principales fuerzas que se han confrontado alrededor del referendo, para aquilatar la desarticulación social e institucional de Venezuela.
Los partidos, las instituciones democráticas que, por excelencia, representan y amalgaman los intereses difusos de los ciudadanos para representarlos en la toma de decisiones políticas trascendentales, han sido, en el mejor de los casos, jugadores secundarios del debate. La bandera la han llevado otros.
Los estudiantes han sido la gran vanguardia de la oposición. Es un hecho esperanzador sobre el futuro del país, pero, a la vez, indicativo de la debilidad de otros sectores, entre ellos políticos.
Del lado oficialista, una heterogénea y manipulada mezcla de "misiones", turbas, grupos clientelistas e incipientes milicias, obedientes a Chávez, se han impuesto sobre sus aliados partidistas. Por esto, en parte, las suspicacias de algunos aliados.
La clásica división entre poderes –Ejecutivo, Legislativo y Judicial–, indispensable para crear balances y contrapesos que eviten los excesos o distorsiones de cada uno, se ha borrado totalmente, bajo el peso de la arbitrariedad y la ruptura de fronteras institucionales.
Las instituciones públicas en general, uno de cuyos deberes en democracia es procesar los conflictos sociales mediante reglas claras, procedimientos transparentes y decisiones legítimas, han sucumbido ante el ímpetu personalista de Chávez. ¿Cuál mejor ejemplo que la subordinación al Ejecutivo del Consejo Nacional Electoral, el gran organizador y supuesto árbitro de las votaciones?
La necesidad de una coherencia básica entre el discurso y la práctica en los asuntos públicos, sin la cual el cinismo ciudadano se hace epidemia, se ha hundido por completo. ¿Cómo conciliar la prédica del "socialismo del siglo XXI" mientras, al amparo de los privilegios oficiales, se consolida una nueva oligarquía que viaja en Hummers, importa yates y toma whisky de 18 años?
Y todos los grupos, instituciones o actividades con ímpetus y actividades independientes (como algunas universidades, empresarios y medios de comunicación, la Iglesia y los sindicatos), viven bajo un asedio permanente desde el poder, para reducir su incidencia sobre los asuntos públicos.
Que, a pesar de esta desarticulación social y persecución oficial, el rechazo a la reforma constitucional haya logrado un dinámico ímpetu durante los últimos días, y se haya podido evitar una confrontación sanguinaria entre sectores, da motivos para la esperanza: por un lado, sobre el apego de la población a la base de la democracia, que es la libertad; por otro, sobre un profundo y extendido rechazo a la violencia.
Pero lo grave, además del riesgo inminente de dictadura, es que el tejido cívico y la estructura institucional de Venezuela ya están casi pulverizados. Y esta realidad debe generar tanta o mayor preocupación que el resultado del referendo.
El autor es periodista y fue director de La Nación de Costa Rica
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