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Panamá, viernes 30 de noviembre de 2007
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El Heron que yo conocí

Harmodio Arrocha Jr.
harrochas@prensa.com

OPINIÓN. Los homenajes siempre son mejores en vida... eso solía decirme siempre mi recordado padre, y naturalmente que para un hombre como Carlos Chico Heron, quien se entregó de lleno en su labor como forjador de talentos y jugó con el corazón en la mano, el mejor reconocimiento hubiese sido frente a los fanáticos, en una emotiva ceremonia en la cual este corpulento bateador bocatoreño, que vivió para el béisbol, luciera en el cajón de bateo orgullosamente el uniforme de su tierra natal. Ese hubiese sido uno de los momentos más especiales en su carrera e inolvidable.

Por su grandeza y don de gente, a Don Chico, como cariñosamente lo traté en el terreno de juego, no le faltaron momentos especiales en su carrera; sin embargo, quedó la impresión que dejó el juego que más amó sin recibir el reconocimiento en vida que una persona de su clase merecía. Eso hubiera sido lo ideal; pero qué bueno que se haya preparado un reconocimiento póstumo al fallecido instructor y ex pelotero Carlos Chico Heron, para darle una despedida con el respeto y honor de los que siempre fue merecedor, que de una forma u otra influyó en la carrera y en la vida de muchos beisbolistas y personas.

Me decía ayer Alberto Mamavila Osorio, un viejo amigo y contemporáneo con Heron, que conoció al pelotero bocatoreño allá por los inicios de los años 50, mientras ambos jugaban en la pelota profesional norteamericana; yo lamentablemente no tuve ese privilegio de cubrir las incidencias en el terreno de juego de estos ilustres peloteros como periodista. Pero, ambos forman parte de mi labor diaria y han sido puntos de referencia vitales para enriquecerme de conocimientos acerca de aquella pelota dorada, donde todos eran guapos y había que sortear tanto rivales, y cual de todos más difíciles. Lo conocí ya en el rol de instructor y como mánager de la selección nacional, y le tuve mucho respeto y admiración por la sabiduría y lo exigente que fue en el terreno de juego.

Era un hombre extremadamente exigente y rechazaba la indisciplina y la flojera: "Si no te gusta esto, es mejor que te vayas para tu casa", esas eran sus palabras cada vez que veía un jugador echado o con una actitud poco combativa en el campo de juego. No tuvo la suerte de otros jugadores de su época, que llegaron hasta las grandes ligas, pero si hay algo de lo que no se puede señalar a Chico en su trabajo de instructor y como mánager, es de perdedor.

Dicen que no fue una vedette jugando béisbol, pero debo reconocer que era hombre que no se andaba con temores en la vida y eso no formó parte de su filosofía en su labor dentro y fuera del terreno de juego. Recuerdo que una vez en Nicaragua, para un fogueo previo al Preolímpico, sacamos un tiempo y hablamos por largo rato sobre la firma de Mariano Rivera, y me aclaró que él y Herb Reainbourn, en ese entonces trabajando ambos como buscatalentos con los Yankees de Nueva York, fueron muy afortunados de ser los primeros en pasarle una evaluación a esta superestrella de las grandes ligas. Lo que este hombre dio al béisbol, nadie puede arrebatárselo. Adiós, Don Chico.

El autor es periodista.




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