| francia.Disturbios entre jóvenes y policía.
‘Es la guerra, hermano’
Los vecinos de la periferia de París hablan del interminable odio entre jóvenes y policía.
El detonante fue la muerte de dos jóvenes que se empotraron contra un coche patrulla de la policía.
| EFE/LUCAS DOLEGA |
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| inicio. Un jóven sostiene las fotografías de los jóvenes muertos al chocar su motocicleta contra una patrulla.947870 |
París, J. M. MARTÍ FONT/EL PAÍS
Una mañana soleada de finales de otoño en Villiers le Bel, ciudad a una veintena de kilómetros al norte de París. La ligera brisa levanta las cenizas. El olor a quemado lo invade todo. Con cara de hastío, Ayub barre la acera frente al supermercado donde hasta el martes trabajaba; ahora completamente destruido. Contem- pla las carcasas de coches calcinados, monstruosos esqueletos en un decorado de película bélica. "Es la guerra, hermano", dice lacónico, "pero tenía que pasar, hay demasiado odio entre los chavales y la policía".
Por el estado del mobiliario urbano se puede advinar el perímetro del campo de batalla: un área de unos 300 metros en torno al lugar donde el pasado domingo por la tarde, Moushin y Larami, dos chavales del barrio de 15 y 16 años, a bordo de una pequeña moto de montaña, sin casco ni placas de matrícula, chocaron contra un coche patrulla de la policía y murieron. La noche ha sido de una violencia extrema, muy por encima de la que se vivió hace dos años en la rebelión de las barriadas. Un centenar de jóvenes organizados, repartidos en pequeños comandos, se han enfrentado a las fuerzas de policía y, a tenor de los resultados, las han derrotado. Balance: hasta 82 agentes heridos, varios a causa de disparos de armas de fuego y cuatro de ellos en estado grave. La guardería, la biblioteca, el supermercado, un concesionario de automóviles y numerosas tiendas reducidas a cenizas. Hay miedo en Villiers le Bel. Un miedo profundo, nacido de un odio profundo. Los vecinos están espantados por lo sucedido, lo lamentan, incluso maldicen a los autores de los incendios. Pero son muchos los que los comprenden, los apoyan, los ayudan y están convencidos de que la muerte de Moushin y Larami no fue un accidente.
"La policía amenaza siempre con mandarles a la cuneta cuando detiene a estos chavales", explica Ayub, "parece que llevaban toda la mañana dando vueltas en la moto y que ya los había detenido el mismo coche patrulla". El argumento supuestamente definitivo, sin embargo, es que tras el choque los policías fueron recogidos por otro coche patrulla dejaron solos a los dos chicos. La policía lo desmiente y la procuradora Marie-Thérèse de Givry, que lleva la investigación, aseguraba ayer de nuevo que los chavales se empotraron contra el coche policial en un cruce llegando por la izquierda, y que según los registros horarios de las llamadas de la policía y los bomberos, estos últimos tardaron tan solo 10 minutos en llegar y que los agentes no se movieron del lugar. Eso sí, poco después debieron salir de allí al ser atacados por grupos de jóvenes. No importa. Tampoco importa que las familias de los fallecidos hicieran un llamamiento a la calma. El odio, la fractura total que existe entre estos jóvenes -la mayoría adolescentes-- de las barriadas y las fuerzas del orden, vistas como un poder de ocupación, calificadas con los epítetos más brutales y despreciativos, y el culto a la violencia extrema, son un coctel cuya explosión es imposible de detener. Madeleine contempla las aulas calcinadas de la guardería de sus hijos. Asegura: "no hay derecho, nos privan de lo único que nos puede dar una vida mejor".
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