| AUMENTO DE LA DELINCUENCIA.
La pérdida de la seguridad nacional
Amed A. Arosemena A.
La seguridad pública es sin lugar a dudas un incómodo problema para la población, a tal punto que los ciudadanos, sin distinción de clase social, se sienten directamente afectados por la ola delictiva que perturba con creces la tranquilidad civil. Expertos en el tema sostienen la tesis de que se debe dirigir a los estamentos de seguridad de manera integral, poniendo énfasis en la represión, con el objeto de disminuir progresivamente la incidencia delictiva en Panamá. Atrás quedaron los rateros que asaltaban en las plazas y avenidas, con un puñal o revólver, y que evadían la justicia corriendo entre la multitud. Hoy el pueblo es testigo de las hazañas criminales más tecnificadas y organizadas en la historia republicana. A criterio personal, pienso que el problema tiene mucho que ver con el recurso humano de los estamentos de seguridad, partiendo del hecho de que la población no siente el mínimo respeto hacia estos funcionarios, que para bien o mal, enfrentan como pueden el número plural de casos delictivos que a diario percibimos a través de los medios de comunicación social.
En declaraciones emitidas por el ministro de Gobierno y Justicia, Daniel Delgado Diamante, durante la sustentación del presupuesto 2008, aseguró que los jóvenes prefieren trabajar en el sector construcción antes que en la Policía, evidentemente nadie desea ingresar en un sistema laboral en el que se exige mucho y se recompensa poco.
También se han dado casos de policías involucrados en hechos delictivos y resulta irónico ver como algunas personas los excusan con el argumento de que el uniformado es mal pagado y, por eso, le resulta fácil caer en manos del soborno. Si así fuera muchos panameños y panameñas que no están complacidos con la remuneración que perciben, darían el salto al mágico mundo de la corrupción. El problema es más complejo. Después de la invasión los integrantes de la Policía Nacional no han podido levantar cabeza y salir adelante con la institución. Cuando reprimen, se les tilda de militares, y cuando siguen los procedimientos civiles, se les irrespeta, de forma que no encuentran un equilibrio funcional que les permita obtener el tan anhelado respeto ciudadano.
Durante años, las directivas que han encabezado esa importante institución se han olvidado del recurso humano, lo que provoca la fuga de cerebros. Muchos abandonan las filas de la Policía y aportan sus conocimientos y habilidades en actividades incorrectas: trasiego de estupefacientes, lavado de activos, "tumbes" de droga y secuestros, entre otros delitos. Un aspecto a destacar es la poca empatía que hay en algunos estamentos de seguridad, ello mantiene en alerta permanente a los ciudadanos.
Ha llegado el momento de hacer una reingeniería dentro de la Policía. El tiempo ha demostrado que actualmente los altos mandos, no tienen la capacidad de mermar el conflictivo escenario que se vive nuestro país en materia de seguridad. Resulta irónico observar, a través de los medios de comunicación, informes sobre las connotadas detenciones e incautaciones, que no son producto de un plan preventivo, sino más bien de la afortunada colaboración de los "encubiertos", que como todos sabemos, ofrecen valiosa información para desarticular a organizaciones rivales –criollas o extranjeras– a cambio de remuneraciones económicas, rebajas de penas o algún otro tipo de acuerdo pactado.
Es prioritario buscar alternativas que mejoren la calidad de vida de todo el cuerpo policial en materia de educación, salud y remuneración económica, entre otras prerrogativas, para luego empezar a percibir un cambio real de la idiosincrasia, no solo en materia de seguridad, sino en el resto de la población, y así recuperar progresivamente la confianza perdida.
Los actos de violencia se convierten en una pesadilla que llena de luto a gran cantidad de familias panameñas por la falta de prevención y de una efectiva represión a los criminales que a diario se jactan de su impunidad y de la incapacidad policial y judicial frente a sus tentáculos e influencias, a tal punto, que hoy vemos situaciones tan deprimentes que son difíciles de asimilar.
El triste caso de la empresaria que murió en la sucursal del Idaan, las ejecuciones a plena luz del día, la agresión directa a la presidenta del Consejo Municipal, el intercambio de disparos en un Juzgado (San Miguelito), los hurtos en las residencias y los asaltos a las personas y a empresas, entre otros lamentables hechos son ejemplos de que estamos perdiendo la batalla frente al crimen.
No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando una respuesta gubernamental, debemos reclamar que se establezcan programas integrales en áreas sensitivas –migración, Policía, Órgano Judicial– que puedan servir de estandarte en esta lucha sin cuartel, porque la delincuencia debilita y golpea directamente la paz social, el desarrollo socio–económico y el turismo. El "vía crucis" parece permanente por los hechos criminales que se han perpetrado en los últimos meses en nuestro pequeño, pero complicado Panamá.
El autor es comunicador social
|