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Panamá, lunes 26 de noviembre de 2007
 

LA RELACIÓN MADRE–HIJO.

De tú a tú

Berna D. Calvit b
dcalvit@cwpanama.net

Hijo: exceptuando a los bíblicos Adán y Eva, todos salimos del vientre de una mujer. Incluso los niños que por los adelantos de la ciencia son concebidos fuera del útero, luego se acomodan en la acogedora cueva con la que Madre Natura nos dotó para acurrucarlos y mecerlos hasta el momento del parto. Lo que aguarda a la mujer una vez se convierte en madre es una experiencia que solamente interrumpe la muerte cuando con el último suspiro abandona la vida.

La relación madre–hijo no ha quedado a salvo de los cambios que el tiempo va marcando, y hacen más compleja y difícil la tarea de calzarnos los zapatos maternales. Ustedes han ganado libertad ¡magnífico!, pero nosotras hemos perdido autoridad (que no debe confundirse con autoritarismo). Creo que hace 100, 50 años, el asunto era más sencillo: sin discusión ni análisis, mamá era mamá, y era palabra que encerraba protección, autoridad, cariño y disciplina, mucha disciplina que a veces se hacía cumplir con un par de nalgadas, una "cuera" en toda regla, o una sanción inapelable. Sometidas al escrutinio de psiquiatras, psicólogos, pedagogos, sociólogos (y otros ogos), hoy se nos clasifica por categorías: la madre egoísta, la castrante, la madre/hija, la sobre protectora, la controladora, abusadora, en fin… que parece que los años de las simplemente mamá quedaron atrás. Ahora debemos saber de psicología infantil; conocer y respetarles sus derechos; tratarlos como "pisando huevos" para no traumatizarlos; sin alzarles la voz y evitando afectarles la autoestima. ¿Cómo?, te preguntarás, ¿sobrevivieron los hijos de madres que no tenían ni idea de lo que quería decir trauma o autoestima?

Si aún existen, escasean las Úrsula Iguarán, (Cien años de soledad de García Márquez), "Activa, menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía estar en todas partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida por el suave susurro de sus pollerines de olán. Gracias a ella los pisos de tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca". Las madres ya no somos como Úrsula Iguarán; la mamá canosa sentada en una mecedora tejiendo batitas, o ante la estufa, preparando los pucheros familiares, cambió de aspecto y de escenario; muchas hemos dejado de ser mujeres dedicadas exclusivamente al hogar y a la crianza de los hijos; nos dimos a volar, a buscar satisfacciones personales y profesionales fuera del hogar; y otras, forzadas por necesidades económicas, a trabajar en lo que les venga a mano. ¿Serán esas las razones por las que ustedes nos miran con otros ojos; las que han ido desdibujando los límites de la sana relación madre–hijo y ha dado paso a la "igualazón", palabra acuñada por el escritor Pedro Rivera, muy apropiada para describir el "tú a tú" al que se creen con derecho hasta los "pipiolitos"?

Tampoco somos como las edulcoradas señoras que presentan los anuncios en la televisión; madres perfectas, pacientes y comprensivas que no pegan gritos cuando el chiquillo llega a casa hecho un asco con lodo hasta en el pelo (qué alegría, el sucio lo saca este oloroso y mágico detergente, qué felicidad); "de punta en blanco", cantando felices mientras aromatizan casas primorosas con ricos olores; o damas elegantes como Carolina Herrera, o esculturales como Demi Moore, sin rastros de las huellas que a veces dejan los embarazos; guapas señoras que manejan la casa impecablemente, sin perder la sonrisa ni estropearse el esmalte de las uñas. La realidad es otra y tanta perfección no es más que ilusión, porque en la vida real no nos faltan angustias, necesidades, malestares, frustraciones.

Es fuerte el sentimiento maternal. Nos resistimos a no pensar en los hijos crecidos como en los niños a quienes teníamos que proteger; una caricia, un abrazo del hijo con bigotes, o de la hija universitaria o casada y con hijos, sabe igual de dulce que los besos que nos daban cuando todavía no habían aprendido a racionar las expresiones de afecto; como cuando corrían a buscar abrazos porque éramos refugio, "Mujer Maravilla" que espantaba cucos y tuliviejas. Años en que se tomaba en serio a la madre que decía: "De aquí no sales si primero no estudias"; "Báñate y arréglate que vamos a ir a visitar a los abuelos". ¿No será bueno para ustedes, niños y jóvenes que aún están bajo nuestra tutela, que rescatáramos algo de aquella relación madre–hijo en la que los roles estaban bien definidos? Salta a la vista que en demasiados hogares ustedes imponen sus reglas, estilo de vida y exigencias. Hasta tememos decirles ¡No! por temor al desafío, a ser llamadas Hitler, momia, fósil, aun sabiendo que permitirnos tales debilidades los convierte en hijos egoístas.

En carta abierta a los hijos, dice Silvina Bullrich, escritora argentina: "Todos somos hijos y todos hemos comprendido un día, cuando ya era demasiado tarde, que nuestros padres tenían más cualidades que defectos y, sobre todo, que sus defectos podían molestarnos a nosotros, pero que en cambio gracias a sus cualidades habían servido para mejorar un poco más al mundo".

Ojalá lo recuerden en el día dedicado a las madres.

La autora es comunicadora social
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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