| VÍCTIMAS DE LAS LEYES.
Un drama sin nombre
Emilio García Méndez
La inocente violación de algunas leyes puede acarrear precios altísimos. Que lo diga Ícaro, hijo de Dédalo, constructor del laberinto de Creta, y de una esclava, quien pagó con su vida, no solo la desobediencia a las advertencias de su padre, sino también el desafío a las leyes de la gravedad. No menos trágico parece ser en estos días el destino de Saida Umanzor, quien obviamente no es hija de ningún personaje de la mitología griega. Saida Umanzor es solo una humilde trabajadora ilegal hondureña detenida por el servicio de inmigración de Estados Unidos. Su único delito es exactamente el mismo de otros miles y tal vez pronto millones de trabajadores clandestinos que descubren que las únicas "posibilidades ilimitadas" con las que se encuentran hoy, son las de ser deportados con procedimientos creciente e intolerablemente discrecionales. Pero el caso de esta humilde mujer constituye un drama dentro de una tragedia mayor.
Saida Umanzor, no es sólo una humilde trabajadora ilegal, ella es también la madre de un par de ciudadanos americanos que enfrentan, sin saberlo, el terrible dilema de perder a su madre o de deber abandonar su propio país. Pero este caso es sólo la punta de un iceberg que amenaza la ya endeble estructura de derechos humanos del país más poderoso del planeta. Más de 13 mil niños ciudadanos americanos (la enmienda 14 de la Constitución de Estados Unidos otorga la condición de ciudadano a todo ser humano por el simple hecho de haber nacido en su territorio), han visto en los últimos dos años a uno o ambos padres ser deportados a sus países de origen.
Es claro que habas como estas no solo se cuecen en Estados Unidos o en otros países del Primer Mundo. Para no ir muy lejos, tenemos aquí cerca el drama de los hijos de los haitianos nacidos en la República Dominicana. Claro que en este caso la Constitución dominicana resulta ligeramente menos hipócrita aunque igualmente brutal en sus resultados concretos. El principio del ius sanguinis no se consagra para los hijos de los trabajadores temporarios.
Al revés que Ícaro, menos la ley de la gravedad, el caso de Saida Umanzor viola flagrantemente casi todo el resto de consensos universales que hace muchos años constituyen el corazón del derecho internacional de los derechos humanos.
Corta de palabras y difícilmente ducha en el manejo de la metáfora, Saida Umanzor declaró, según lo reporta una excelente nota del New York Times de hace pocos días, sentir un profundo dolor en el corazón. Muy cerca de ese órgano, sus pechos sufrían la ausencia de su hija de nueve meses, quien se negó a ingerir alimentos durante la prisión de su madre. Por razones humanitarias y luego de comprobarse en forma rigurosa, que el caso no ponía en riesgo la seguridad nacional, los funcionarios de inmigración decidieron devolverle la custodia de su hija mientras se completan los complejos vericuetos del trámite de la deportación. Menos suerte que la de Saida corren centenares de niños en algunos pueblos del estado de Texas, con su padres viviendo literalmente en cavernas bajo tierra, sin frecuentar la escuela ni ningún otro de los servicios sociales básicos.
El miedo a la deportación ha generado ahí, las primeras catacumbas del siglo XXI. Resulta hoy difícil de evaluar la capacidad de un tema como este para convertirse en un issue político de la campaña electoral. De todos modos algún presidenciable ya se anticipó de alguna manera a admitir su carácter de prácticamente insoluble bajo las actuales circunstancias. Un presidenciable, que en la misma entrevista sobre el tema, fijó una "clara" posición por el sí, por el no y, por las dudas, por el tal vez.
Alguien dijo por ahí, que un problema sin solución no es un problema. Lo que no dijo, es cómo deberíamos llamarlo.
El autor es abogado y catedrático de la Universidad de Buenos Aires
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