| INMIGRANTES.
Desconocidos
María del Carmen Cabello
carmencabello1946@yahoo.es
Lejos están los tiempos en que muchas españolas nos casamos con estudiantes latinoamericanos y formamos un hogar en sus países de origen. Aquello tuvo mucho de testarudez para vencer la oposición de padres y amigos, y de inconsciencia para irnos a vivir a un país de cultura diferente. Sin embargo, como no eran inmigrantes sino futuros profesionales, nuestras familias los aceptaron pronto como hijos propios. Cuando mi madre murió, hacía ya años que yo estaba divorciada, pero mis hermanos incluyeron en la esquela mortuoria el nombre de mi ex. Pedí explicaciones y me contestaron que para la madre era otro más de nosotros. Y a ver qué respondes a eso.
Las cosas son diferentes ahora: la mayoría de los latinos que viven en España ha dejado su tierra huyendo de la pobreza. Ni son exiliados políticos, lo que no dejaba de tener su aureola dramática y atrayente, ni se forman en universidades. Simplemente buscan un salario que les permita vivir. De bajo nivel académico, trabajan como jornaleros en el campo o en la construcción como obreros, y en cualquier bar o restaurante, incluso en los de carretera, te atienden jóvenes cuyo acento delata su origen. Las mujeres suelen desempeñarse como empleadas de hogar o cuidadoras de personas mayores, y todos ellos, siempre que tengan sus papeles en regla, ganan unos sueldos medianamente decentes, tienen derecho a atención médica en la seguridad social (los patronos están obligados a darles de alta y cotizar por ellos) y sus hijos tienen escuela gratis. Un canal televisivo emite programas de integración, y algunos bancos y empresas, sobre todo de telefonía, anuncian planes de préstamos para inmigrantes y precios especiales de llamadas al exterior. Nadie dijo, sin embargo, que esto fuera suficiente.
Cuando me cruzo en la calle con alguna familia de cabello acholado y ojos negrísimos (los ecuatorianos son los más numerosos, seguidos por colombianos y dominicanos) quisiera acercarme a ellos, decirles que los conozco, que mi corazón tiene mucho de americano, y quisiera saber qué sienten en un mundo tan ajeno al suyo, pero pocas veces miran al transeúnte y rara vez sonríen. Lo cierto es que no se relacionan con los españoles a no ser por causas laborales, y supongo que su actitud reservada es la respuesta a nuestra indiferencia. Es evidente que nadie los incluirá en una esquela mortuoria, y uno se pregunta si se debe al racismo, al clasismo (son hijos de la pobreza) o a las dos cosas.
La indiferencia, no obstante, se hace añicos de vez en cuando: El mes pasado, un video grabado por el sistema de seguridad del metro de Barcelona conmocionó a España entera. En él se veía a un joven de 21 años, identificado más tarde como Sergi Xavier Martín, que abofeteaba e insultaba a una joven ecuatoriana de 16. Los insultos, zorra e inmigrante de mier..., y la patada en la cara que le propinó antes de bajarse del tren no dejaban dudas sobre el odio del atacante. Hasta los diputados en el Parlamento trataron y condenaron el caso, así como los medios y la gente de la calle. Repudio general, incluida la protesta del Congreso ecuatoriano y de la Embajada del Ecuador en Madrid, pero Sergi Xavier no ha sido encarcelado porque la joven, 20 días después del ataque, cuando se le tomó declaración, no presentaba lesión alguna. "En general, este tipo de agresiones, aunque producen mucha alarma social, están muy mal protegidas jurídicamente", explicaba una magistrada. "Si se consigue demostrar que tras los golpes la víctima tuvo que ser tratada de alguna lesión física o psíquica y se comprueba que existieron los motivos racistas, la pena máxima sería de tres años". El atacante tiene tan solo orden de alejamiento y debe presentarse dos veces al día en comisaría, pero el clamor popular es que la agresión no ha sido castigada como merece y que las leyes deben modificarse.
A raíz del incidente, se recordaron otros casos similares, como el de Miwa Buene Monake, economista congoleño que quedó tetrapléjico como consecuencia de una agresión racista, y cuyo agresor ha sido condenado, ocho meses más tarde, a prisión preventiva. Pero es lo que tiene el clamor popular, que es voluble y poco duradero. Otros asuntos ocupan la actualidad –que si la infanta Elena se separa o que si el Rey mandó callar a Chávez y las relaciones con Venezuela peligran–, y sobre los inmigrantes ha caído de nuevo el manto del olvido. Quizá hasta la próxima agresión. Mientras, estereotipados por sus rasgos, costumbres o color, a pocos interesan. Seguirán siendo, para los españoles de la calle, los eternos desconocidos.
La autora es filóloga
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