| DICTADORES.
¡Otra vez Melgarejo!
Emma Mendoza
Cuando en 1865 el general Mariano Melgarejo, luego de ser derrotado por el general Manuel Isidoro Belzú, se las ingenia para ingresar al Palacio de Gobierno en la Paz, asesinar a su rival y luego lanzarlo a la plaza por un balcón para reasumir el mandato del país, se inicia un periodo de la más insólita barbarie, no solo en la historia boliviana, sino en toda la historia del continente.
Taimado, contumaz, violento e irreflexivo el dictador del altiplano ha sido motivo de los más asombrosos relatos, muchos de ellos verdaderos, otros productos de la fantasía popular.
Entre los verdaderos están la enajenación de gran parte del territorio del país para reciprocar el regalo hecho por el emperador Pedro I, de Brasil, de un caballo fino segregando toda la región del río Madera, al sur del Matto Grosso, colocando la palma de la mano sobre el mapa. O el impulsivo castigo hecho al embajador inglés al negarse éste a beber un vaso de chicha de maíz fermentada, alegando que prefería el chocolate, motivo por el cual el iracundo presidente lo obligó a tomarse una tinaja de chocolate y luego montarlo al revés en un burro para exhibirlo por las calles de La Paz. Naturalmente que, enterada del agravio, la reina Victoria pidió un mapa, trazó una cruz sobre el territorio del país sureño y proclamó: "¡Bolivia no existe!"
Estas, sumadas a otras historias fantásticas, como la de ingerir ranas vivas para mostrar a los diplomáticos europeos lo fuerte de sus intestinos hablan de una etapa de la historia de nuestra América en que, al igual que otros personajes como Juan Manuel Rosas, Gabriel García Moreno, Rodríguez de Francia, Antonio López de Santana, Juan Vicente Gómez y tantos otros son prototípicos de ese largo periodo de gestación de los regímenes de derecho. Periodo tortuoso que nos viene hoy recreado por las plumas de García Márquez, Miguel Ángel Asturias, José María Arguedas, Alejo Carpentier, y otros insignes novelistas de largo enumerar.
Cuando creíamos que ese anecdotario de la insensatez eran chistes de historiadores, el absurdo estalla ante nuestros ojos sin que podamos darle credibilidad a los hechos. En una cadena de acciones irreflexivas el presidente Chávez, de Venezuela, se ha dado a la tarea de difundir un socialismo a la llanera tomando como ícono la figura del Libertador y como discurso la lucha contra las oligarquías latinoamericanas. Pero el ícono y el motivo carecen de importancia, cada gobierno hace lo que puede para ganar popularidad o mantenerse en el poder.
Lo que sí nos preocupa es la invectiva del Presidente contra las convenciones internacionales de derecho público, las formas de convivencia multilaterales de la región, el tratamiento debido a los representantes de gobiernos democráticamente elegidos y las intervenciones oficiosas en la política de países vecinos.
Como quien no conoce sus límites amenaza con disponer de su ejército para invadir a Bolivia en caso de un atentado o intento golpista contra Evo Morales ante el asombro de los propios bolivianos, como si no existieran los tratados de asistencia recíproca y el interés de más de una potencia mundial o regional por participar en el festín.
Ante la natural suspicacia del Gobierno colombiano se ha dado a la tarea de mediar en los problemas de ese país con la guerrilla, sin una participación oficial de ese gobierno. Sin que existan convenios de cooperación alguno, ha creado en varios países de la región "centros bolivarianos" de capacitación política con el apoyo de adláteres locales.
El reciente acto de agresión verbal a la representación gubernamental del Gobierno español nos retrotrae a aquellos tiempos de Mariano Melgarejo en que la cortesía y la dignidad del cargo no eran condiciones para gobernar. Todo esto nos hace pensar que el general Chávez, al igual que muchos otros personajes de nuestra historia, padece de esa pasión que Unamuno llamó "el ansia de eternidad", ¡pero no debe preocuparse mi general, usted sí encontrará quien le escriba…!
La autora es docente universitaria.
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