| Cartas desde Europa.
Aeropuerto para ricos
Camilo José Cela Conde
La Comunidad de Madrid tiene previsto construir un aeropuerto para aviones privados, "para ricos" como, en una imagen sintética y esclarecedora, tituló el diario en el que se publicaba la noticia. Poco eco tendría esta de no ser que, al mismo tiempo, el Panel Intergubernamental sobre el cambio climático de la ONU, reunido en la ciudad española de Valencia, insistía una vez más en la necesidad absoluta de tomarse las cosas en serio si no se quiere abocar el proceso natural de calentamiento del planeta propio del periodo interglaciar que estamos viviendo en un desastre.
Echemos cuentas medioambientales acerca de lo que contaminan los viajes. Se calcula en más de trescientos los privilegiados que necesitan un jet privado o, mejor dicho, que pueden pagárselo. Trescientos es también el número de los pasajeros que caben en un avión transoceánico tirando a corriente, con lo que todos esos clientes en los que se piensa al hablar del aeropuerto privado podrían cruzar el charco, de ser necesario, en santa compañía. Como es obvio, un plan así no sirve de mucho porque lo más probable es que no coincidan los intereses de tan adineradas personas ni en la fecha y hora de vuelo, ni en el lugar de destino. Pero por lo que hace a este último, poner un aeropuerto de multimillonarios en Madrid supone también estrechar de forma exagerada la oferta. No serán tantos los que estén por la labor de pasar por la capital del reino.
De hecho no se sabe cuántos son, porque los interesados lo ocultan. Sin necesidad de recurrir al tópico de la seguridad, la evidencia de quién se desplaza en un avión privado anda de baja. Frente al alarde de poderío y riqueza que habría sido la mejor carta de presentación hace un decenio, la llegada de las vacas flacas quecaracterizan este siglo no permite chulerías en público. Así que, aunque solo sea por cuidar la imagen de empresa, el lujo suele limitarse a sacar un billete en la primera clase de los aviones, la business, porque hasta ese concepto de "primera" se ha perdido ya.
No es tampoco algo trivial. En el viaje que hice hace unos días desde la ciudad de México a Madrid, volar en primera habría subido a alrededor de un millón de las pesetas de antes, es decir, seis veces más de lo que costaba mi billete amparado en el eufemismo de tarifa de excursión. Huelga decir que una noche durmiendo en la trampa de ratones de la clase turista o tumbado en la butaca business implica diferencias más que notables. Si se trata de un ejecutivo que ha de hacer de tiburón al día siguiente, más le vale haber descansado los huesos. Siempre que su empresa esté, claro es, por la labor.
Pero, ¿un jet privado? La diferencia con el trato que se recibe en la primera clase del avión colectivo entra ya en sutilezas que se miden mejor en términos de jerarquía que haciendo uso de la comodidad. Entramos así en el aspecto humano que se complace en los privilegios, ese mismo que conduce a algún político ensoberbecido a tirar de los presupuestos generales del Estado para que le lleven en avión personal a cualquier lugar absurdo. De forma semejante, poner en marcha un aeropuerto privado supone hoy por hoy un ultraje en términos de contaminación, dispendio y agravios comparativos para los empleados que dependen del prócer. Si se ha de hacer, que sepamos quiénes son sus clientes. Por más que no cueste mucho imaginarlos.
El autor es escritor
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