| LLAMADO A LA SENSATEZ.
Salarios y huelgas médicas
Xavier Sáez–Llorens
Las réplicas a mi escrito anterior traducen que la invitación del exorcista no era broma eclesial. En pleno siglo XXI, se sigue creyendo en la existencia de Lucifer. Escasean teólogos progresistas. No más comentarios. Desecho fábulas y analizo realidades.
El dinero, sexo aparte, es la principal motivación humana. Solo hipócritas o cadáveres, expresarían lo contrario. Salvo políticos y millonarios, todos los demás estamos mal pagados. Debido a precios crecientes y rigurosos gravámenes fiscales, urge una subida de sueldos para toda la clase remunerada del país, dispensando premura a los más humildes. Si queremos evitar la ascensión de algún fantoche populista es necesario reducir la pobreza, estrechar la desigualdad social y robustecer la clase media, verdadero motor de la economía nacional. A mi juicio, sesgo incluido, los educadores y los trabajadores de la salud deberían estar en lo más alto del escalafón salarial público. Esta justa diferenciación, sin embargo, debe ganarse con esfuerzo, abnegación y competencia.
Después de seis años de sacrificada carrera, sobrevienen cinco–ocho años de extenuante formación en internado y residencia, sin derecho a pago por turnos. Durante este periodo, el joven galeno representa uno de los peores pagados por hora trabajada en el sector estatal. Hasta alcanzar la primera categoría, a la tardía edad de 40 años, un especialista no supera los 2 mil dólares mensuales. Hace tan solo tres años, se empezaron a pagar las horas extras por guardias hospitalarias, compensación que tenía décadas de ocurrir en cualquier otra profesión pública o privada. Si sumamos los gastos requeridos para actualizaciones (seminarios, congresos, libros, etc.) y la enorme responsabilidad, susceptible a demandas por error o impericia, la situación se hace más estresante. Es cierto que la medicina es una vocación y que nadie la estudia pensando en generar fortuna, pero para ejercerla con dedicación y sosiego mental se requiere un clima de despreocupación por las deudas cotidianas. Pese a estas dificultades, la calidad promedio del galeno criollo es digna de elogio.
Aunque me desagradan las comparaciones con otros quehaceres, es lógico el desánimo general al enterarse de ministros, diputados, magistrados y asesores que ganan mucho más sin asistir al trabajo, sin conducirse honradamente en el cargo, sin desempolvar neuronas y sin quemarse las pestañas como lo ha hecho la mayor parte del colectivo médico. Irrita también escuchar que no hay suficiente dinero para satisfacer la reclamación, pero si la hay para mantener privilegios en asamblea y cortes, para incrementar subsidios electorales a partidos y para despilfarrar en propaganda gubernamental. No me extrañaría, tampoco, el fácil retorno de las inmorales partidas circuitales. Esta doble moral es intolerable y constituye nefasto ejemplo para todos.
Ahora bien, una cosa es solicitar aumento salarial y otra muy distinta es promover una huelga para obtenerlo. Por principios personales, soy enemigo de toda cesación de labores cotidianas y, aún más, en el campo de la salud. El único directamente afectado es el paciente, objetivo primordial de nuestra profesión. Toda huelga refleja un rotundo fracaso en la habilidad negociadora de dirigentes. Debo admitir, no obstante, que a juzgar por la indiferente e imprevisora actitud de todas las administraciones ministeriales, tal parece que este último recurso es el único posible para lograr ecuanimidad laboral.
Para que una huelga sea eficaz, tres requisitos son fundamentales. Contar con apoyo ciudadano, hacer autocrítica y flexibilizar pretensiones. Lo primero se conquista demostrando compromiso con la implementación de un sistema único público y óptimamente financiado, con la estrecha monitorización de nuestro desempeño y con la humanización de la atención (groserías e indolencias, desde peldaños de soberbia, son las actitudes más execrables que pueda exhibir un facultativo). Nuestra imagen se fortalecería si promoviéramos también manifestaciones de repudio cuando haya escasez de medicamentos, insumos o quirófanos, cuando se designan directores médicos por influencias o cuando ocurran catástrofes sanitarias. Ganaríamos adeptos, además, si la parálisis laboral incluyera tanto la atención pública como la privada. Lo segundo es que reconozcamos que una cifra, no tan despreciable, de nosotros incumple obligaciones y merece recibir amonestaciones o sanciones. Aunque las principales carencias en el campo de la salud son de naturaleza eminentemente administrativa, no nos podemos exonerar de parte de la culpa. Lo tercero se alcanza evitando posiciones intransigentes y advirtiendo que hay otros trabajadores con mayor urgencia a substanciales ajustes.
Hay doctores que se dedican a la exclusividad de la atención pública o privada y otros que ejercen diligencias mixtas. Bajo ninguna circunstancia, salvo condiciones que ameriten cuidado urgente, un paciente debe tener prioridad sobre otro y menos basándose en su posibilidad monetaria. Este concepto debe constituirse en una máxima de la ética médica. El funcionario de instituciones públicas, además de su labor asistencial, tiene la obligación de practicar docencia, para instruir a subalternos, e investigación, para conocer mejor a enfermos y enfermedades, descubrir debilidades en manejos y buscar superiores alternativas de diagnóstico o tratamiento.
Este facultativo debería, idealmente, estar muy bien remunerado para que pueda dedicarse enteramente a estas múltiples y vitales actividades. Una estrategia adicional para redondear su salario es habilitar mecanismos administrativos para la obtención de fondos por actividades académicas y de investigación. Las universidades, incluyendo la nacional, deben retribuir a sus docentes por impartir clases y tutelar aprendices, eliminando el contraproducente ad honórem. Asimismo, se debe fomentar la investigación clínica o quirúrgica, a través de patrocinios por organismos nacionales o internacionales, públicos o privados. Finalmente, los turnos deben ser clasificados en disponibilidad (estar cerca del nosocomio por cualquier eventualidad), presencia (acudir a examinar pacientes que precisen evaluación expedita) y efectividad (ejecutar procedimientos diagnósticos o quirúrgicos) y pagados según complejidad o duración del actuar.
Hago un llamado a la reflexión de gobernantes para que negocien con transparencia y buena voluntad. No apliquen leyes de mercado a la salud pública. La oferta de un 7% raya en denigración e insulto. A los medios de comunicación para que no se parcialicen y mantengan posición neutral. Un buen periodista no hace juicios personales y canaliza la información sin tomar partido hacia uno u otro bando. Hay algunos presentadores de noticias matutinas que convierten quejas anecdóticas en calumnias horteras. A mis colegas, para alejarse de la arenga sindical (tratamos vidas humanas, no objetos inertes) y meditar que nuestros bien ganados derechos deben ir siempre de la mano con deberes hacia los pacientes. Sensatez, por favor.
El autor es médico
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