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Panamá, viernes 9 de noviembre de 2007
 

AVANCES DEMOCRÁTICOS.

En el día de la libertad

Roberto Brenes P.

Hoy se cumplen 18 años del derrumbe del muro de Berlín y con ello de la implosión de los regímenes comunistas de Europa del Este y la Unión Soviética. A raíz de tan trascendental acontecimiento, el 9 de noviembre se ha designado "El Día de la Libertad". Desde entonces, el mundo ha hecho grandes avances en esa materia y en la democracia. Pero nuestro continente sigue rezagado y no precisamente por el renacimiento del populismo socialista, sino por nuestro abandono de los ideales de la libertad.

No cabe la menor duda de que la caída del muro de Berlín marcó el fin de totalitarismo en la Europa del Este. Pero como una piedra que se tira a un quieto lago, las ondas de ese acontecimiento han tenido efectos en todo el planeta. Cuando miramos los cambios en gobernabilidad que se han suscitado en el mundo desde entonces no podemos menos que sentirnos optimistas. Una buena parte de las naciones de la tierra se rigen hoy por normas democráticas que enuncian, aunque sea en forma parcial, prácticas que respetan y promueven la libertad individual. Hace 18 años, pensar que los chinos tendrían libertades económicas y crecientes libertades políticas era un sueño. Y dentro de todos los temas que caldean las pugnas entre occidente y musulmanes, ya sea para redimir las mujeres musulmanas o para cuestionar la política intervencionista de Estados Unidos, los argumentos permanentemente gravitan sobre los postulados de la libertad y los procesos democráticos.

Como un corolario lógico al mejoramiento de los espacios de libertad, los avances en los temas de libertad económica en particular apertura, reducción de restricciones a las iniciativas individuales y un mejor entorno macroeconómico han promovido progreso y reducción de corrupción en aquellas naciones que han profundizado reformas en ese sentido. La evidencia más concreta se observa en las tendencias que marcan los índices de libertad económica de esas naciones más libres o que fomentan políticas de apertura y sus desempeños económicos. A mayor libertad, indican claramente los índices, mejor desempeño económico. En esto han destacado los llamados tigres asiáticos (Singapur, Hong Kong, Taiwan y Corea) y la propia China. América Latina también ha mejorado el panorama democrático desde la caída del Muro.

Hasta fines de 1980 las dictaduras militares eran la regla en la región. Ahora todos los gobiernos han sido electos por el voto popular directo. Buena parte de los países de la región también han intentado algún grado de apertura económica. Sin embargo, ya con marcada diferencia de otras regiones del mundo, excepto el África, el compromiso latinoamericano con democracia liberal ha sido limitado y espasmódico.

En el marco electoral, donde pareciera mayor el avance, difícilmente hemos superado las garantías de un proceso electoral. Seguimos manteniendo sistemas partidistas cerrados, con altas barreras de entrada a nuevos protagonistas con lo que limitamos la capacidad de cambiar y renovar a nuestros políticos por la vía electoral.

Pero hay cosas tanto más graves. Estamos muy rezagados en el fortalecimiento de las instituciones que fortalecen y blindan las libertades. Estamos morosos en el fortalecimiento de los mecanismos que sostengan y preserven los derechos de la propiedad y un sistema jurídico que proteja los derechos y combata eficazmente la corrupción, el crimen y la inseguridad. Seguimos avalando gestiones gubernamentales opacas, centralizadas y preñadas de clientelismo y compadrazgos políticos.

Por supuesto que, con semejante entorno organizacional y administrativo la gestión de gobierno no puede ser sino ineficaz y costosa; las carencias más evidentes se ven entre muchas otras en policías que no cuidan nada, jueces que no sentencian, maestros que no enseñan, médicos que no trabajan y burocracias que lejos de resolver aumentan y acumulan las cargas al ciudadano. Pero lo peor de todo es que, nuestros líderes políticos y sus mandarines, lejos de aprender del éxito de los irlandeses, estonios y orientales, y de reconocer el peligro latente de los excesos del poder, insisten en un modelo político impermeable a la innovación y una concepción constructivista sobre el desarrollo económico y el bienestar.

Esta falta de gobierno abierto y eficaz que trate la gestión pública como un verdadero servicio al ciudadano y no un botín partidista es lo que hace que la gente abrace las promesas de los neo–populistas mesiánicos. Estos nuevos líderes, quienes al final van a empeorar las cosas antes que mejorarlas le han dado de inmediato a la población la satisfacción –si se quiere irracional– de desquitarse del engaño y a la corrupción prolongada de la clase política tradicional.

Los caudillos del socialismo del siglo XXI no nacen de una preferencia ideológica de nuestros pueblos. Estos engendros no son sino nuestras creaciones; la consecuencia de nuestra falta de compromiso real con los ideales de la libertad, la justicia y la democracia.

Aún estamos a tiempo para decidir el futuro que queremos antes que alguien lo decida por nosotros.

El autor es dirigente de la Cruzada Civilista Nacional
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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