| VIVIENDO CON EL VIH.
La historia de Ana
Vivian Fernández de Torrijos
Al terminar el recorrido que Jenna Bush nos ofrece sobre la historia de una chica que vive con el virus del VIH, podemos reflexionar sobre la problemática social que describe su libro y que vemos reflejada en la sociedad panameña, especialmente en la urbe capitalina. No solo porque Ana, como le ocurre a muchas jóvenes panameñas, es una chica que vive con VIH, sino por los traumas físicos y emocionales que sufre: su madre, muerta por sida; su padre enfermo del mismo mal, pero en negación; la abuela que la cría, avergonzada y estigmatizada por la enfermedad de su nieta; y su constante escape provocado por las agresiones sexuales que le inflige el esposo de su abuela.
La historia de Ana es la historia de muchas niñas y adolescentes del mundo y también de Panamá. El virus del VIH es el virus de la ignorancia. La gente no sabe que está infectada, sus víctimas no se hacen la prueba por miedo a los resultados, y al continuar su actividad sexual siguen contagiando a jóvenes y adultos.
Entre 1984 y marzo de 2007, en Panamá se registraron 8 mil 362 casos de personas con VIH y sida. Entre ellos, se registraron 5 mil 854 defunciones.
Durante 2006, en los dos grandes hospitales de referencia ingresaron alrededor de 50 pacientes por mes con diagnóstico de sida y cada mes se reportaron entre 8 y 10 mujeres embarazadas infectadas con el VIH.
Según los cálculos de Onusida y OPS, se estima que actualmente en Panamá viven 25 mil personas adultas y 800 niños infectados. Tenemos entre nosotros cerca de 8 mil 100 niños que han quedado sin padres (ya sea que han perdido a la madre, al padre o ambos) por causa del virus. Estos indicadores, para un país que apenas alcanza 3 millones de personas como población total, son alarmantes. A nivel de Centroamérica, Panamá se encuentra como tercer país con mayor índice de casos registrados y es el sexto en Latinoamérica. Para el año 2010, se estima que el número de personas infectadas será de 51 mil 296.
Unicef nos habla del ABC de la prevención del virus. En inglés, estas siglas corresponden a Abstinence, Be Faithful and Condom. Abstinencia, fidelidad y condón. Pero tal parece que ninguno de los tres está siendo debidamente atendido por la juventud: 61% del total de los casos de sida se presenta en panameños y panameñas con edades de 25 a 44 años. La edad media es de 25 años.
En buena medida, la propagación de la epidemia en el futuro depende de las acciones que se lleven a cabo hoy para evitar la infección del VIH entre adolescentes y jóvenes. La palabra clave es prevención. Es preciso prestarle atención a los jóvenes y adolescentes, los que muchas veces no cuentan con modelos sanos dentro de sus hogares debido a factores como la desintegración familiar, la mala comunicación o la falta de ella en el seno familiar, los modelos de conducta distorsionada que ofrece el medio que los rodea, la atracción nociva de las drogas y otras influencias que los colocan en una situación de riesgo particularmente elevado.
Esta realidad demanda medidas de concienciación, medidas educativas serias y efectivas pero al tratar de impulsar un programa educativo para alertar a docentes y estudiantes acerca del terrible impacto de esta epidemia y de otras enfermedades de transmisión sexual, al sopesar el costo de los tratamientos retrovirales para las familias y el Estado, y al intentar erradicar los prejuicios contra las víctimas más jóvenes, tanto los organismos de salud como los de desarrollo social, nos encontramos con todo tipo de barreras por parte de grupos radicales que ven en la prevención el camino al infierno.
Vivimos en pleno siglo XXI, siglo de la internet, siglo de los juegos electrónicos, del WI, de novelas antes de las ocho y de diarios con contraportadas que enseñan a mujeres semi-desnudas al alcance de las manos de niños y niñas que desde muy temprano en la mañana, probablemente comparten estos tabloides sentados en los autobuses públicos con adultos que van a su trabajo leyéndolos.
Vivimos enfrentados a temas sexuales todos los días de nuestra vida y tenemos que ser capaces de hablarle a nuestros hijos con la verdad. La época de la cigüeña y de la semillita como respuesta a sus interrogantes sobre la procedencia de los bebes, ya pasó.
Lo cierto es que, el gobierno no tiene la facultad de adentrarse en el núcleo de la familia panameña, la cual cada día está más desintegrada y en la que recae la responsabilidad primaria de proveer y afirmar los valores, pero lo que sí puede aportar es su parte a través de la educación y de la formación de jóvenes informados de las consecuencias que conlleva iniciar prematuramente una vida sexual y de los riesgos que enfrentan cuando deciden hacerlo.
La hija del presidente Bush, Jenna Bush, autora del libro, vivió en Panamá por 11 meses, y tuve la oportunidad de conocerla y tratarla. Su juventud y energía para luchar por un ideal me hicieron recordar mi propio ímpetu a esa edad, cuando nos parece que podemos conquistar los obstáculos más difíciles, y quizá por eso, casi de inmediato, me identifiqué con su causa. Admiré su capacidad de entender la problemática social de nuestros pueblos latinoamericanos -en particular la de mi país- y que, siendo la hija del presidente de la mayor potencia del mundo, nunca pidiera un favor al gobierno, nunca planteara una queja ni se dejara sentir. Siempre se mantuvo al margen de cualquier aparición protagónica, actuando como una funcionaria más de Unicef.
Su mensaje ha calado en la población norteamericana y sé que en la nuestra también lo hará, una vez su obra Ana’s Story llegue a Panamá. A través de la historia de Ana, quizá todos podamos entender que estamos viviendo en medio de una epidemia, la peor de los tiempos modernos. Quizás podamos ver que seguimos arrastrando tabúes y tapujos en pleno siglo XXI, cuando debemos encarar la realidad de muerte, deterioro de la salud y exclusión social en la que estamos inmersos por cuenta del VIH. El desafío que tenemos por delante es enorme.
La autora es Primera Dama de la República
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