| PROYECTO. Anualmente se distribuyen 3 millones de dólares entre familias pobres.
Vigilados por sus vecinos
Mantenerse dentro del programa se ha convertido en un verdadero reto para los indígenas y campesinos.
La entrega se hace cada dos meses por ser áreas de difícil acceso, y es un acontecimiento social.
| LA PRENSA/ Eric Batista |
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| NECESIDAD. Como en las comarcas indígenas hay más pobreza, es allí principalmente donde ha llegado el bono. 934693 |
Yenifer Bolívar
ybolivar@prensa.com
Detrás de los bonos para alimentos que desde hace dos años está entregando el Gobierno nacional a familias de extrema pobreza del país, hay muchas historias que pueden contarse.
No basta con repetir la versión oficial: que los bonos forman parte del proyecto por el cual el Estado desembolsa 35 dólares mensuales en beneficio de 7 mil 200 familias que viven en pobreza y pobrezaextrema. Que mensualmente esos bonos representan una erogación de 252 mil dólares y que al año el proyecto suma más de 3 millones de dólares.
Visto así es matemática simple y llana, pero desde el punto de vista social el manejo de este programa resulta un poco más complicado. Y curioso.
Aunque 35 dólares puede representar, para algunos, una cena para dos en cualquier restaurante de la ciudad, para los pobladores del distrito de Santa Fe, en la provincia de Veraguas, el bono se ha convertido en todo un acontecimiento.
Y es que para los habitantes de poblados indígenas como Mironó, Nole Duima, Besikó y Ñurum, en la Comarca Ngöbe Buglé, el dinero bien puede representar un cambio en sus vidas.
Fernando Ferreira, coordinador del programa que dirige la Secretaría Nacional para el Plan Alimentario Nutricional (Senapan), cuenta cómo se ha notado un cambio en las personas –que es visible hasta en la forma de vestir– y que ha influido hasta en sus estados de ánimo. "Ahora sonríen y son más felices", asegura.
Pero el verdadero reto no es llegar a formar parte del programa –nadie compite para ser más pobre, después de todo–, sino en mantener el beneficio otorgado por el Estado. Allí es donde está el verdadero reto.
Y es que, al ser este un programa estatal, hasta los vecinos se encargan de estar pendientes de la vida de los beneficiados para asegurarse de que el bono "esté en buenas manos".
Durante una de las entregas en la Comarca Ngöbe Buglé, por ejemplo, Ferreira y su equipo fueron testigos de una especie de "movimiento comunal". Un hombre se acercó a los funcionarios que repartían el bono con la intención de retirar uno, alegando que la esposa lo había abandonado a él y a los niños, y que todo había sido por otro hombre.
Enseguida empezaron los gritos: "¡Es cierto, es cierto, la mujer lo dejó y se fue con otro!". Todos apoyaron la petición del hombre y los funcionarios quedaron sorprendidos.
La reacción de la comunidad se tomó en cuenta y después de varias averiguaciones, se decidió entregar el bono al hombre que realmente lo necesitaba.
También se dio un caso en el que estaba involucrada la esposa de un maestro, quien a pesar de que en su casa había ingresos suficientes, pretendía ser beneficiaria del programa.
La mujer, cuenta Ferreira, fue "enjuiciada" por la comunidad y el bono no le fue entregado.
Ha habido casos en que la suegra se ha peleado con la nuera por el bono, y otros en que los hijos mayores tratan de cobrar en nombre de la madre, "pero todo eso está controlado, porque llevamos un libro muy detallado con los nombres, número de cédula y parentesco de las personas. No ha sido una tarea fácil, pero la comunidad está colaborando", explicó Ferreira.
Con estas historias se puede pensar que no es tan fácil mantenerse dentro del programa, y que no basta con mandar a los niños a la escuela y llevarlos al centro de salud.
Lo más complicado, en realidad, es cuidarse de los "vecinos vigilantes" y de aquellos que por alguna razón no reciben el beneficio, comentó un familiar de una persona beneficiada que prefirió no dar su nombre.
Pero el libro de anécdotas aún no termina.
Ferreira dice que, al principio, algunas madres de familia llegaban a recibir los bonos junto a sus hijos con evidentes problemas de salud y en condiciones lamentables.
Hoy, después de varios bonos estatales, la realidad es otra, según el funcionario. A su criterio las mujeres llegan mejor vestidas y sus hijos tienen otra apariencia.
"Esos son parte de los cambios que han experimentado las comunidades en los últimos dos años", agregó.
La entrega se hace cada dos meses porque son lugares de difícil acceso, y en ocasiones se requiere de una caminata de seis horas para llegar hasta el punto de entrega.
Azúcar para algo más que endulzar el café
El programa de alimentos no entrega dinero en efectivo, solo reparte unos cartoncitos que representan cinco dólares cada uno y sirven para adquirir productos básicos en las 170 tiendas habilitadas tanto en la Comarca Ngöbe Buglé como en Santa Fe.
Las reglas son claras. "Los bonos no pueden ser cambiados por dinero en efectivo, cigarrillos o alcohol, y mucho menos negociarlos".
Pero nadie dijo que no se podía comprar azúcar en cantidad.
A través de una investigación en la comunidad de Santa Fe se detectó que algunas familias estaban comprando demasiada azúcar que utilizaban para producir chicha fuerte, guarapo y chirrisco (bebidas alcohólicas ilegales).
"Se conversó con las 12 familias involucradas y ocho dejaron de hacerlo, pero cuatro continuaron y se les retiró el bono que posteriormente se asignó a otra familia", señaló Ferreira.
Después de esta irregularidad solo se permite comprar hasta tres libras de azúcar por mes y se han reforzado los controles de compra.
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