| CARTAS DESDE EUROPA.
Evacuado rico, evacuado pobre
Camilo José Cela Conde
Los incendios espantosos que han asolado California han llevado a unos condados que solo conocíamos antes por la prensa del corazón a convertirse en protagonistas de la página de sucesos. Con unos números que, al airearse, nos recuerdan a los de cualquiera de las catástrofes que, año tras año, azotan al Tercer Mundo, como sin ir más lejos las provocadas por unos monzones duros en especial. En California se cuentan ya 350 mil casas evacuadas y alcanza el millón de personas la cifra de los que han quedado en la calle. Aunque la expresión de sin hogar es, en este caso, un tanto desmedida. Porque la diferencia entre los evacuados ricos y los evacuados pobres salta a la vista a la primera ojeada.
Un millón de bengalíes, chinos, indios, tailandeses o vietnamitas a los que un tornado, un fuego, una avalancha, un desbordamiento o todo a la vez ha dejado sin casa suponen eso: un millón de victimas anónimas, cuya imagen podría ser utilizada año tras año en diarios y televisiones sin necesidad de cambiarla. Pero en California y, en concreto, en Malibú, se habla de los afectados mencionando nombre y apellido. Con la circunstancia añadida de que parece que estamos ante el casting de una película de alto presupuesto: Robert Redford, Bill Murray, Jennifer Aniston, Nick Nolte... Cuesta trabajo entender que estamos hablando también en este caso de víctimas porque esos nombres nos remiten solo al glamour.
La diferencia no es solo la de añadir una etiqueta de famoso a la fotografía de la desdicha. Los medios que se ponen en marcha para aliviar el dolor y asistir a las primeras necesidades son proporcionales a ese hecho insólito de la farándula trasladada a la sección de catástrofes de los telediarios. Así, el gobernador de California que, cómo no, cabe recordar que es Arnold Schwarzenegger, no cesa de atender casi de manera personal a los afectados y se ha dirigido al presidente y compañero de partido Bush para que éste declare zonas de alto desastre los condados en los que los incendios siguen sin control. No hace falta tener mucha memoria para acordarse de lo que sucedió hace bien poco cuando un huracán tropical, el "Katrina", arrasó Nueva Orleans. ¿Serán capaces ustedes de anticipar si ahora Bush hará lo mismo, es decir, nada?
Volviendo a los hechos, no a las adivinanzas, la respuesta oficial a las evacuaciones de California es tenida ya por modélica hasta el punto de que se cuida con esmero el que los refugiados dispongan de agua, sí, pero también de hielo, golosinas y pañales para los bebés. Algunos de los que han acudido a los centros de acogida se toman la experiencia como unas vacaciones en las que la única amenaza inmediata es que vayan a engordar con los menús que les ofrecen.
Ya estamos en que la tragedia existe, en que se trata de gentes que han perdido sus casas o pueden perderlas y que nadie, ni por asomo, elige la condición de evacuado. Pero la diferencia, al entrar en comparaciones, es de las que claman al cielo si recordamos de qué forma son tratadas otras personas, sin nombre, apellidos, cara conocida ni mansión en Malibú que suspiran por algo de agua no contaminada. Sin olvidarnos de quienes carecen de ella incluso en condiciones de lo que, abusando del lenguaje, damos en llamar normalidad.
El autor es escritor
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