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Panamá, martes 30 de octubre de 2007
 

EL MALCONTENTO.

Pájaros anónimos y árboles sin rostro

933853Paco Gómez
Nadalpaco@prensa.com

Hoy me levanté pesimista. Una terrible novedad en mi habitual estado de malhumor optimista. Mis enfados, mis tristezas cotidianas suelen ser fósforos en mano de pirómano necesitado de pocas excusas para prender candela al universo.

Las injusticias o la falta de funcionalidad del mundo que habitamos ejercen casi siempre un efecto casi erótico en mis neuronas, las mismas que reclaman razones para revelarse, para jugar contracorriente, para modificar lo que me rodea aun a sabiendas que esa batalla está perdida antes siquiera de disponer las tropas.

Pero, hoy me levanté pesimista. La erótica de la tristeza me abandonó y fue suplantada por el morbo flácido de la derrota. Combiné dos ingredientes en mi cabeza y me provocaron goma. Conversaciones aisladas, recorridos por esta vida sin aliento, locuritas que se cuelan cuando uno se mira al espejo circense del día a día.

El primer ingrediente de mi pesimismo asomó con un comentario de un reciente amigo que me transmite la certeza de lo vivido. "Estoy cansado. Si me hubiera dedicado a ganar plata toda la vida…, pero yo traté de cambiar el mundo y, ahora, miro para atrás y… ". Es decir, la inutilidad de poner en práctica los sueños, la perversidad de esta forma de vivir en la que se nos deja protestar e incluso trabajar contra el sistema en una carrera falsa más parecida a la noria en la que malgasta su tiempo el ratón de laboratorio que a la pista de atletismo donde todos deberían correr según sus capacidades.

Vivir para cambiar el mundo es, algunos días, una tarea para la que no nos alcanza el oxígeno, ni el buen humor. Nacer sin elegir la baraja con la que te vas a jugar los siguientes 70 u 80 años y pasar todo ese tiempo echando los dados en una mesa de pócker. Falta de ubicación, quizás.

El segundo ingrediente de este cítrico pesimismo es el de la doble moral de todo lo que nos rodea, de nosotros mismos, incluso. Compré un tiquete aéreo por internet y la maquinita dichosa calculó la gasolina que se iba a quemar por mi culpa y, por tanto, me invitaba a gastar 5 dólares en comprar indulgencias del siglo XXI. Es decir: en comprar mi tranquilidad de conciencia poniendo plata en el críptico e incomprensible mercado de Kyoto con un certificado de carbono. Y pensé en mi primo Al Gore, y me acordé de los mensajes apocalípticos de la ONU, y me pareció escuchar a mi amigo Alejandro Balaguer advirtiéndome de la necesidad de atrincherarse en las montañas y cerca de los ojos de agua porque en unos años nos vamos a matar por una botella de ese líquido más costoso que la gasolina…

También me imaginé en un par de años cargando el tanque de gasolina del carro y pudiendo comprar un "bono de almas" para compensar las muertes en Oriente Medio provocadas por los que me venden el combustible. Todo es posible.

Pensé en todo eso y busqué una referencia de otro pesimista que cito habitualmente. Zygmun Baumann, ante las amenazas del calentamiento global y de la saturación del sistema consumista, plantea que "las perspectivas de detener la producción masiva de peligros son escasas, dado que la mayoría de posibles víctimas, así como de aquellos atormentados con la posibilidad de compartir su destino, hace mucho se convirtieron, consciente o inconscientemente, en parte del mecanismo de reproducción del peligro".

Habla de mí. Y de usted, no se consuele. Apunta a la imposibilidad que tenemos para aceptar que para lograr una convivencia sostenible habría que estar preñados de renuncias que no queremos, las del consumo y la teórica comodidad.

Ceda uno de los dos carros de la familia para no emitir tanta contaminación, deje de consumir productos que han nacido de fertilizantes nocivos, use menos aire acondicionado para frenar la necesidad eléctrica de su país, no siga produciendo tanta basura -imposible esconderla bajo la apestosa alfombra del Cerro Patacón-… Se trata de una agolpada lista de las renuncias que no aceptamos y, al tiempo, del chek list de la devastación.

Cuando sombras de este calibre asoman, debo esconderme en mi jardín. Concentrarme en el trinar de los pájaros que nadie me presentó, en la imponente presencia del árbol sin nombre que me cobija de escalofríos, y pensar sin pensar que el resto del mundo no existe. Porque les confieso que cuando pongo un pie fuera de mi reservorio de esperanza personal, lo que veo y lo que escucho confirma la cadena perpetua que es vivir rodeado, acosado, por una sociedad de consumo sin límite, cuyo único divertimento pasa por quemar gasolina y dólares, cuyos sueños se traducen en propiedades, solo dispuesta a movilizarse para ir al centro comercial, y cuyas energías tienden a dañar más que a restañar las heridas al planeta y a la vida.

Lo advertí. Hoy me levanté pesimista. Y mañana pienso leer este artículo con sonrisa sarcástica y decirme al oído: pobre Malcontento, no sabe que, al final del paseo, la vida siempre gana, los súper héroes existen, los sueños te mueven aunque no quieras y vivir no es más que amar a los pájaros anónimos y los árboles sin rostro y despertar cada mañana besando la espalda de quien te sostiene.

El autor es periodista
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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