| EL CELIBATO NO ES UNA OPCIÓN NI UN DOGMA.
A oscuras
Antonio José Rivera
La iglesia casta que todos queremos, la iglesia angelical y atada con alas, esa, la que por siglos y más ahora hemos venerado unos y velado otros, humanamente no existe. Naturalmente tampoco, y en lo divino, más le vale. En La vida sexual del clero, Pepe Rodríguez, español, se refería a los devaneos de muchos miembros de la Iglesia; bien documentado y sostenido por testimonios contundentes, el libro voló. La verdad, no lo terminé, pues ya había leído suficiente cuando lo dejé poco más de la mitad y lo que quedaba de páginas no me iba a hacer cambiar de acera. La sociedad jamás perdonaría a un cura que le meta la mano debajo de la falda a nadie, o que le insinúe a un niño que, si no se deja, el infierno le espera. Obvio, y los casos conocidos al menos han sido bien publicitados que en el fondo es lo que se debe hacer, porque no van a parar los escándalos.
¿Es la Iglesia la que está mal?, no; somos nosotros, vosotros y ellos que permitimos con el silencio que el lado oscuro del ser humano, cura o no, contamine su santidad. No hay nada más cierto que eso de que el hábito no hace al monje. Es un compromiso, no con la sociedad, sino con Dios, la Iglesia y con él mismo. Esto suena a trillo al rayar la tierra, cada vez menos fértil y reseca para acoger la semilla. Hay sinvergüenzas que son curas, no hay curas sinvergüenzas. Ojalá eso lo entendiera don Daniel Samper, que decía sobre los escándalos sexuales en la curia, que "estos obligan a plantear medidas que antes solo padecían los niños cantores". A ellos para salvarles la voz de toda impureza los... castraban, pues. Si esa fuera la solución, le diría a don Samper, que ojalá la peligrosidad se redujera a eso, a las debilidades de la carne que de todas es la más humana, debilidad que les acompañará así tengan o no sotana. Como a todos, primero va el hombre, después sus circunstancias.
Se apunta siempre a la condición obligada del celibato, objetivo del demonio que carcome la legitimidad de esa condición antinatura, pues la sexualidad del célibe está protegida por una fina tela que con nada se rompe. Al que se resiste la mente le fragua una batalla que se libra descarnadamente, bajando hasta llegar al campo del honor donde las primeras bajas son la vergüenza y el deseo. En Estados Unidos, Amy Berg, una productora de televisión, realizó un documental en donde denunció a un cura, Oliver O'Grady, como un gran farsante.
El documental trataba sobre este sacerdote que ante la sociedad era espléndido en modales, y con los niños tan tierno, que los mismos parroquianos lo buscaban, pues era un desborde de afectos. Un cura normal, de esos que van a las casas a cenar, y si se hace tarde se quedan a dormir. Eso sí, sin abusar de la hospitalidad; un cura en casa es luz y bendición para cualquier hogar, pero la casa a oscuras -también es- tentación para el cura.
Bueno, con el sugerente título de Líbranos del mal, este trabajo de Berg buscaba descubrir la complicidad de la Iglesia que siempre lo protegió muy a pesar de las denuncias que sobre él había. Sin entrar en detalles, era la propia confesión de un hombre enfermo, no de un cura; su condición lo hacía doblemente culpable. El espíritu está pronto, pero la carne es débil, se oyó en Getsemaní. Bueno, ante esto, Samper sugiere que a los curas se les aplique un voto químico de castidad, y santo remedio.
Es decir, que a todo aquel que le dé por ordenarse se le debe suministrar un fármaco que obre el efecto contrario del Viagra, dice Samper con ese humor que paraliza un trompo. Yo no estoy tan confiado de que este sea el remedio, podrá darse una fuga masiva que apure el cierre de seminarios, o peor, en caso de que la fórmula sea un éxito se les podrá pasmar la fogosidad, pero entonces otras cosas podrían arder. El celibato no es una opción ni un dogma, dentro de la Iglesia es una norma disciplinaria que data del siglo XI, y no es -y en esto están convencidos todos- posible pensar que una ampliación de la regla del celibato sea una solución para el problema de la escasez de vocaciones.
El mayor problema es la secularización salvaje de nuestra sociedad, hoy comprometida con lo mundano de donde cada vez más surgen hombres y mujeres sin espíritu de sacrificio. Y no solo en lo atinente a la fe, en todo, ponga usted el escenario y dígame si son más las excepciones, o la regla es la que se impone. Cada vez más el hombre YO se agiganta, confundiéndolo todo se deshumaniza, se aleja del prójimo, no digamos de Dios.
Entonces cada vez que se revelan escándalos, estos se suman a una larga lista de testimonios que lejos de ser excepciones, abonan a una sociedad que las asimila, pero que no las tolera. Dentro de todo lo que prima es lo absoluto, de ahí que querramos una Iglesia absolutamente pura.
Cuando un hombre que se ordena cede a sus pasiones más primitivas, ciertamente es un problema, porque él precisamente es una muestra nuclear de nuestra sociedad, la misma que hay que pastorear. Estos tiempos fortalecerán a la Iglesia, quizá los seminarios estén desapareciendo y cada vez sean menos los que tomen el hábito; pero el tiempo de las vacas flacas pasará, ya crecerá un pasto mejor. El mal no se aleja, siempre está; caer en la tentación es otra cosa.
El autor es ciudadano panameño
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