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Panamá, domingo 28 de octubre de 2007
 

UNA SINCERA Y NATURAL. LA OTRA CON MENOS ESPONTANEIDAD.

Raíces

El choque de dos culturas

Muy grandes y mutuas, debieron ser las sorpresas que se llevaron tanto los indígenas locales como los aventureros o exploradores españoles –después se convirtieron en conquistadores– la primera vez que se encontraron en los litorales de la costa atlántica de lo que hoy es Panamá. Se habla de que tuvimos otros previos visitantes, provenientes de distantes regiones europeas, africanas, oceánicas, pero no hay pruebas fehacientes de ello en su totalidad. Las fotografías que les traemos hoy y que naturalmente son muy posteriores, pretenden dar una idea de lo que aquellos navegantes, y más tarde los italianos y españoles, estos sí comprobados, pudieron encontrar ante sus ojos cuando llegaron hasta acá. Por su parte es más que seguro que a los naturales de esas ubérrimas tierras les llamaran poderosamente la atención las armaduras, los cascos, el color de la piel, su lenguaje, sus poderosas y ruidosas armas, los perros, los caballos, las cruces, las carabelas, los botes, las banderolas y todo lo que acompañaba a aquellos extraños seres. Y de seguro que para los primeros españoles, la casi ausencia de vestimentas, también el lenguaje, el color de la piel, las viviendas, los pocos medios de transporte, los ritos religiosos fueron a su vez, enormes motivos de admiración favorable o no. Ya desde lo lejos y, antes de arribar, la exuberante vegetación ofrecía, más todo lo imprevisible que aparecía a medida que se iban acercando a los lugares escogidos para desembarcar. No cabe la menor duda que por lo menos de momento, los europeos mucho se hubieran beneficiado de todo el buen uso que aquellos seres primitivos hacían de la naturaleza, de su primitivismo, de su sencillez. Por nuestra parte si esta página responde al nombre de Raíces, ya era inexcusable el no haber traído todo ello hasta aquí. Pero es que aún nos quedan muchos temas que tenemos que presentar.931823

Por más buenas intenciones que uno tenga, resulta más que imposible el tratar de resumir aquí, todo lo que se ha escrito acerca de nuestro "descubrimiento", ya sea por testigos de la época (Colón, Vespucci, De Las Casas, Fernández de Oviedo, Mártir de Anglería, Díaz del Castillo, etc.) o algunos de los mismos exploradores o por historiadores contemporáneos.

La literatura abunda y es que el tema lo amerita. El hallazgo de lo que se conocería como América y por nuestra parte de la futura Panamá, siempre nos tendrá que sorprender.

Y es que si nos podemos imaginar lo que significaba ver por primera vez un mundo nuevo y todo lo que él les podría ofrecer, la admiración allí producida debió ser espectacular. ¿Esa parte de la naturaleza, quiénes y cómo la habitaban?

Cuánta variada, enorme y extensa vegetación, la desnudez de sus habitantes, ya fueran hombres o mujeres, a veces los taparrabos, la también hasta entonces desconocida fauna, los alimentos, las formas de resolver sus variadas necesidades, su manera de guerrear, de convivir, de cazar, de orientarse, de descansar, de evocar a sus seres sobrenaturales, de convivir con sus mujeres.

Y qué decir cómo se fueron tratando las variadas situaciones laborales, religiosas, de libertad, de política y demás.

Cuántas interrogantes, se nos quedarán sin contestar.

Pero aún habría que añadir, cómo la ambición desmesurada por ese oro –o estiércol del diablo como más tarde lo llamó Voltaire– fue para los conquistadores el objetivo de su mayor preocupación.

O el querer imponer una religión a inocentes seres que desconocían la idea de pecar, y por lo tanto de arrepentirse o de prometer no volver a recaer. El tener que cambiar, por ejemplo, a todo aquello por un símbolo, la cruz, tampoco les era fácil de comprender y de aceptar.

Y es también por todo ello que este escrito de este domingo va a estar más lleno de dudas o interrogantes que de atinadas contestaciones.

¿Benefició en algo el mal llamado descubrimiento (esas tierras ya estaban allí, habían sido verdaderamente descubiertas miles de años atrás, benefició, repetimos, a los aborígenes? Cinco siglos después ¿cuánto han cambiado en su manera de vivir nuestros descendientes de aquel humano conglomerado? Si los primeros objetivos eran imponer una religión o llenarse del vil metal, a la larga ¿a quiénes esto favoreció?

Pero sigamos imaginándonos ¿cómo vieron los españoles (Bastidas, Ojeda, Nicuesa, Balboa, Pedrarias y demás o los italianos Colón o Vespucci) a esas canoas que se les acercaban a sus carabelas, movidas por esos remos de nuevos materiales, y qué tal el lenguaje de ellos para poderse comunicar?

¿Y sus costumbres matrimoniales? ¿Y todo lo nuevo que encontraban o veían alrededor? ¿Y la sorpresa, a su vez, de nuestros aborígenes al ver nuevos colores de piel, barbas, bigotes, nuevas vestimentas, armas, caballos, perros y hasta a quiénes debieron adorar?

¿O qué tal las ambiciones, las ansias de poder, las traiciones, los asesinatos por parte de los nuevos invasores, en fin, que todo fue de nunca acabar? Nosotros ni lo podemos intentar.

Ah, pero se nos iba olvidando algo antes de terminar. Manuel J. Paredes Lefevre nos recuerda que su padre, Ernesto Tisdel Lefevre, no tuvo 18 hijos con su esposa y tiene toda la razón. Lo que leímos fue que los padres de don Ernesto, Enrique, "británico de origen normando", y su señora Emilia de la Ossa fueron los que tuvieron esa cifra de hijos, y yo lo copié mal.

Textos: Harry Castro Stanziola
Fotografías: Ricardo López Arias
Comentarios: vivir+@prensa.com

 
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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