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Fue el 29 de diciembre de 1886 cuando Sarah Bernhardt, después de haber desembarcado en Colón, y donde pasó todo un día, arribó a esta capital donde había sido contratada como famosísima actriz teatral, con el fin de que se presentase en el teatro propiedad de Ramón Vallarino Brájimo, situado en la misma edificación que albergaba el convento de las monjas, hoy ya desaparecido, o sea, en el área que hoy ocupan el Teatro y el Palacio Nacional, calle Segunda y Tercera entre la Avenida Central y Avenida B del Casco Antiguo o Barrio de San Felipe. Parece que el citado lugar se conocía como Teatro del Convento. La Divina Sara, como con frecuencia se le llamaba, se presentó durante dos noches consecutivas aquí en Panamá. La primera actuando en la adaptación teatral de la obra de Alejandro Dumas hijo, La Dama de las Camelias y en el papel de Margarita Gautier. Aprovechamos la ocasión para recordar que terminada la corta temporada, también hemos leído que el teatro mencionado se comenzó a conocer como Sara Benhardt. En la noche siguiente, Bern- hardt actuó en Fedra, otra obra teatral que Racine escribió, basado en la vida de la heroína griega que llevaba ese nombre. Y a propósito se nos ocurre un comentario. O el público nuestro se ha degradado bastante, ya que hoy sería incapaz de asistir durante dos noches consecutivas a funciones de teatro clásico, o sería que para esa época, a fines del siglo XIX la colonia francesa en esta capital y compuesta por el gran número de empleados de esa nacionalidad del Canal, ¿fueron los que permitieron esas dos representaciones? Creemos que mitad y mitad; unos acudieron a contemplar a tan grande y cotizada artista de fama internacional, debido a que el teatro sí era para entonces muy apreciado en Panamá, y porque el número de franceses, repetimos, que vivía aquí era un número elevado. Pero hablemos un poco más de nuestra visitante que hemos escogido hoy. Había nacido en París el 25 de septiembre de 1844, ya les recordamos en los comentarios a las fotografías cuál fue su verdadero nombre y el que toda su vida usó como seudónimo. Comenzó a actuar en las tablas teatrales cuando tan solo tenía 16 años de edad (1860). Había estudiado algo de drama en su ciudad natal. Llegó a ser la actriz con mayor fama mundial de su tiempo. Se dice que era hija de una cortesana, y además, que era judía, pues Sara también lo fue de acuerdo a la tradición de su pueblo. A su padre nunca lo conoció. La madre era de nacionalidad holandesa. Su niñez no fue muy afortunada. Sus primeros papeles fueron basados en obras de Víctor Hugo y en Racine, casualmente y como ya lo dijimos, una obra de este último autor, Fedra, fue una de las dos que representó durante su estadía en Panamá. Participó en algunas pocas películas también. La primera compañía teatral en donde trabajó fue nada menos que en la de la Comedia Francesa. A los pocos años de edad (10) su fama había traspasado todas las fronteras. Después trabajó en el también famoso Teatro Odeón. Su voz, sus gestos, la manera cómo manejaba su cuerpo, su versatilidad, sus múltiples recursos fueron los factores principales de su éxito, a lo que habría que añadir su difícil pero reconocido repertorio. Fue la primera mujer que desempeñó un papel masculino representando en Hamlet, de Shakespeare. En 1905 se lastimó la pierna derecha, y se la tuvieron que amputar. Desempeñó desde entonces mucho de sus papeles acostada o de pie, pero sostenida por varios artefactos construidos, especialmente para ello. Lo más seguro es que era diabética. Se dice que le gustaba dormir dentro de ataúdes y otras lenguas más atrevidas relatan que también le sirvieron como lecho amoroso. Escribió su autobiografía en forma de libro. Efectuó nueve giras teatrales en Estados Unidos. Llegó a cobrar mil dólares por actuación, una fortuna para esa época. Su representante teatral se hizo rico. Murió el 26 de marzo de 1923 en París. Trabajó en un filme que no pudo terminar por su deceso. Textos: Harry Castro Stanziola Fotografías: Ricardo López Arias Comentarios:vivir+@prensa.com Además en Vivir
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