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Panamá, domingo 21 de octubre de 2007
 

EL DESAFÍO ES GRANDE PERO POSITIVO.

Capitalismo migratorio

Eduardo Ulibarri

La inversión extranjera directa es clave para que los países en desarrollo compensen la falta de ahorro interno, desarrollen su base productiva y generen empleo.

La ayuda bilateral y multilateral, sobre todo para los más pobres, puede mejorar las finanzas públicas, desarrollar programas sociales, construir infraestructura y atacar directamente la pobreza.

Y el comercio amplía el mercado para los bienes y servicios de todos, con lo cual aumentan las oportunidades de desarrollar las ventajas comparativas y competitivas de cada uno.

Estos tres factores internacionales han sido, tradicionalmente, los que mejor explican el desarrollo (o falta de él) de una gran cantidad de países. A ellos, por supuesto, hay que añadir múltiples variables internas, especialmente el buen gobierno, sin las cuales los aportes foráneos tendrán muy poco impacto.

Pero, también en el ámbito externo, cada vez emerge con más fuerza un elemento poco considerado hasta ahora: el aporte económico de los migrantes a sus países de origen.

Sabemos, por ejemplo, la enorme importancia que tienen para múltiples familias mexicanas, hondureñas, haitianas, salvadoreñas o ecuatorianas las remesas que reciben de Estados Unidos u otras partes.

También, con grandes diferencias, se ha avanzado en medir su aporte financiero local. Pero no es sino hasta ahora que una profunda y extensa investigación ha logrado revelar su impacto mundial.

El estudio fue realizado por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (Fida), de las Naciones Unidas. Sus revelaciones son sorprendentes:

El año pasado, a escala global, las remesas de los migrantes a sus países de origen llegaron a trescientos mil millones de dólares, 130 mil millones más que suma de la inversion extranjera directa ($167 mil millones) y la ayuda internacional ($104 mil millones) recibidas por los países en desarrollo.

Las diferencias entre regiones y naciones son muy grandes, y están en función tanto de su cantidad de emigrantes como de la capacidad de estos para generar recursos.

Asia fue el principal continente receptor de remesas, con más de $114 mil millones, e India el principal país, con $24.500 millones. América Latina y el Caribe ocuparon la siguiente posición, con $68 mil millones, de los cuales México, el segundo mayor receptor individual, obtuvo más de un tercio. Siguieron Europa Oriental, África y el Medio Oriente.

El aporte porcentual a las economías también difiere sustancialmente. Por ejemplo, los $24.300 millones obtenidos por México representan el 2.9% de su economía, medida por el producto interno bruto (PIB), mientras los $162 millones de la isla de Granada alcanzan poco más de un tercio.

En nuestro continente, y en orden de su relación porcentual con el PIB, siguen Honduras, donde las remesas representan un 24.8%, Haití (21%), El Salvador (18.2%), Nicaragua (14.9%), Guatemala (10.1%), Bolivia (9.7%) y Ecuador (7.8%). Es decir, algunas de las economías latinoamericanas colapsarían sin esos aportes.

Pero más allá de estas cantidades, y de las claras vulnerabilidades nacionales que muestran, hay otros aspectos de enorme importancia que permiten vincular las remesas a posibilidades de desarrollo más sostenido. Uno es que entre el 5% y 10% de las remesas se convierten en ahorro.

Otro es que, sobre todo en América Latina, cada vez un mayor porcentaje de esos recursos ingresan al sistema financiero formal, con lo cual su uso productivo puede ser más más eficiente. Además, análisis individuales en países como El Salvador muestran que, de forma creciente, más fondos se dedican a inversiones, sobre todo en casas, y menos a alimentación, vestido y otras modalidades de consumo.

Lo anterior indica que, además de solventar necesidades básicas de familiares, las remesas también se movilizan hacia actividades productivas y bienes de capital. Esta tendencia, a su vez, está directamente relacionada con la "formalización" de los flujos, gracias a intermediarios debidamente supervisados y vinculados al sistema financiero formal.

De este modo, un fenómeno originado en la pobreza o falta de oportunidades en origen, está adquiriendo cierta "mayoría de edad" en el esquema del desarrollo internacional.

Como los montos tan impresionantes que moviliza alrededor del mundo se originan en pequeñísimos aportes individuales, estamos ante una modalidad de microcapitalismo elemental y popular, pero a la vez transnacional; es decir, una faceta de la globalización hasta ahora muy poco estudiada.

Tras el estudio del BID y el FIDA, cada vez será más importante, a la hora de juzgar las estrategias económicas de algunos países, preguntarnos, entre otras cosas, cuáles son sus políticas para formalizar y absorber positivamente los flujos de remesas. El desafío es grande, pero positivo.

El autor fue director de La Nación, de Costa Rica
 
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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