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Panamá, domingo 21 de octubre de 2007
 
Tema de portada
Irving Saladino
 
Hace unos días el panameño volvió a ser nominado como atleta del año por la Federación Internacional de Atletismo. Los fanáticos pueden votar en: www.iaaf.org. 
 
ROXANA MUÑOZ 
mosaico@prensa.com 
 
No tenía por qué ser campeón. Saltando en una fosa que se inunda cuando llueve, ejercitándose con aparatos forjados con cemento y chatarra, en un país donde nadie sabía qué era eso del salto largo y sin pistas que cumplan con las medidas de la Federación Internacional de Atletismo; no, Irving Saladino no estaba para ser un ganador.

Pero lo es.

Con 24 años, se ha ganado el título de orgullo deportivo colonense y nacional. Lo dicen las vallas de anuncios en las calles de su Colón. Lo dicen los ojos de los niños  atletas que se acercan para decirle: “quiero ser cómo tú”. Lo dice la gente que no lo deja comer a gusto sus patacones en los restaurantes. Quieren una foto con el primer panameño que gana el oro en 36 años de Juegos Panamericanos, quieren el autógrafo del hombre que ha dado el salto más largo en toda Sudamérica.

Lo último lo consiguió como un héroe de película, el 30 de agosto, en el Mundial de Atletismo en Osaka, Japón. Tras su segundo salto válido (son tres) casi tenía la medalla de oro con 8.46 m, cuando el competidor Andrew Howe saltó 8.47 m. Si Saladino no saltaba más de eso, perdía. Más perturbador que esos centímetros extras que debía volar para ganar, fueron los gritos y brincos de celebración de Howe. Se creía ganador. Parecía retar al panameño: “A ver si puedes superarme”.

Y pudo.

Después de saltar 8.57 m, la mejor marca de su vida, qué enorme se veía Saladino por televisión, pero en el estadio Armando Dely Valdés, en Colón, donde por estos días empieza a entrenar tras reposar de una lesión, el atleta de 1.80 m se ve alto, pero no tanto como uno imagina que es alguien capaz de dar un salto tan largo.

Él quisiera más tiempo y menos compromisos para estar con su gente antes de volver a Sao Paulo, Brasil donde se entrena desde hace tres años. Pero se le acabaron los días de ser un muchacho cualquiera.

Cuando me lo presentan, saluda con una sonrisa, pero al caer en cuenta de que vengo a entrevistarlo, retrocede.

— ¿Yo, les dije que vinieran?

— Sí, Irving, dice Florencio Aguilar (su primer entrenador). Es la gente de Mosaico, con la que hablaste ayer.

— Ah, sí, sí...

Baja la guardia y nos sentamos.

— ¿Han sido demasiadas entrevistas?

— ¡Chuzo!

— ¿Cómo es tu vida en Brasil?

— Mmm... ¿mi vida? Es un poco aburrida porque yo solamente voy a entrenar y regresó a la casa a descansar para el próximo día. Veo televisión en la noche y llamo a mi familia por teléfono. Eso es de lunes a viernes. Los sábados es que después del entrenamiento me doy alguna escapadita para distraerme. Es diferente porque acá en Colón yo siempre sé adonde ir y tengo muchos amigos. Allá tengo amigos de entrenamiento que hacen lo mismo que yo: entrenan y van a la casa a descansar, no salen.

— Vives en Sao Paulo, una de las ciudades más grandes de Latinoamérica, ¿qué impresión te causa?

— Es un lugar frío, pero también agitado, hay muchas discotecas. En cada esquina, en una cuadra, hay dos o tres.

— Entonces ¿cómo haces para concentrarte en el deporte y evitar la tentación de salir en las noches?

— Entrenó duro para llegar cansado a la casa a dormir, así no me dan ganas de salir.

— ¿Te costó aprender portugués?

— No, me tomó dos meses aprenderlo. Lo aprendí leyendo, mirando películas y conversando con las personas, fue fácil porque es parecido al español. Nada más me falta el acento de ellos.

— ¿Qué te falta de Colón cuando estás en Brasil?

— Muchas cosas, extraño la comida. El patacón, el pollo y el pescado frito, mi arroz con pollo. Allá no se ve. Ya he comido bastante de eso y he parado un poco porque voy a comenzar de nuevo a entrenar, y esas comidas no son tan nutritivas como lo que como en Brasil, allá todo es a la plancha.

— El salto largo es un deporte solitario, incluso cuando hay competencia no tienes a un público que te haga barra como en el fútbol o en el béisbol ¿Cómo te motivas?

— De mi parte, el entusiasmo sale de las ganas que yo le echo, de pensar en el país que ha estado conmigo apoyándome ahora, eso me motiva para entrenar más.

Durante la competencia uno se anima pidiendo al público dar palmadas, eso da fuerzas para saltar.

— En Osaka, durante el último salto pediste las palmadas, pero tú generalmente no haces eso, según me contó tu entrenador.

—No... no las pido.

— ¿Por qué no?

— Para mí eso es un poco desconcentrarse. Algunos lo piden para darse ánimo, pero también lo hacen como en el desorden. Aquel día lo pedí porque sabía que lo necesitaba.

— ¿Qué pensaste cuando el atleta italiano te superó y empezó a celebrar con saltos y gritos cómo diciendo: “gané, soy el mejor”?

— La verdad es que cuando él saltó yo pensé bastantes cosas negativas. Me dije: “ni modo, me quedé con la medalla de plata”.

Ocurrió que demoraron mi último salto porque había una premiación, en ese momento me puse serio, me concentré más. Me dije: “cómo va a ser que voy a perder, yo soy el número uno del mundo, nadie me va a ganar”, y pedí las palmas. Desde que despegué de las tabla, sabía que el salto estaba perfecto.

Cuando me paré [luego del salto] yo estaba emocionado y hasta grité algunas palabritas que mejor no me quiero acordar. La mamá de él [Howe] minutos antes me gritaba en italiano y él me hablaba en inglés como diciendo “hazlo ahora, si puedes”.

— ¿Te esperabas ese gran recibimiento de la gente el día que volviste a Panamá?

— Llegué al aeropuerto a altas horas de la noche, como el vuelo se había atrasado no pensé que muchas personas me estuvieran esperando. Cuando llegué me encontré con esa multitud, llegué con sueño, pero había tanta emoción.

— Tu vida ha cambiado, la gente te reconoce, te detiene en la calle. ¿Ha llegado a ser incómodo para ti?

— A veces. Yo salgo aquí [en Colón] a comer con mi papá o con mis primos a un restaurante abierto, y las personas llegan, quieren tomarse fotos. ¿Qué tal si un día tengo bastante hambre? (sonríe). Pero ya sé sobrellevarlo, estoy acostumbrado. A veces tengo que estar un poquito escondido porque si le firmo un autógrafo a uno, vienen más personas... pero todo tranquilo, normal... Voy a tomarlo como que es parte de mi vida.

— ¿Dónde sientes más atención, en Colón donde siempre has vivido, o en Panamá?

— Aquí en Colón, porque a Panamá voy solo a un lugar específico que es cerrado y ya me regreso... [En los últimos días ha viajado varias veces a la capital para recibir reconocimientos y participar en actividades relacionadas con sus patrocinadores].

— La gente también está más atenta a lo que dices o haces.

— Eso sí me molesta, porque tengo que cuidar todo lo que digo. Una cosita pequeña que digo, y ya me critican. Sé que tengo que cambiar algunas cosas, creo que puedo hacerlo.

En el estadio colonense Irving está como pez en el agua, saludando a los más jóvenes que lo reciben con respeto, escuchando a los viejos decir: “mantente entrenando, no te descuides”.

Aquí nadie le llama canguro. Dice que los periodistas le pusieron ese apodo con el que no se identifica porque el canguro salta en dos patas.

Al estadio le están poniendo césped artificial, y en el centro, sobre un tanque de metal, los obreros calientan y revuelven en una lata enorme una especie de brea para pegar la grama.

Los atletas que están allí entrenándose, soñando con ser Saladinos, respiran ese olor y corren sobre una pista a la que le faltan pedazos, como una alfombra descuartizada, y que en algunos tramos está cubierta de piedras. El estadio, aunque ha estado peor, muy lejos está de parecer una cuna de campeones.

Como la cancha no está lista, los jugadores del equipo de fútbol colonense Árabe Unido ejercitan a orillas del campo, pero con ganas de correr al césped. No pueden hasta que no esté lista la cancha.

Entre los atletas se destaca una niña de 12 años, Gabriela Guevara, con unas piernas larguísimas. El entrenador Florencio Aguilar le ve mucho futuro. Al correr, sus zancadas son de ganadora, pero odia ponerse zapatillas. Florencio le llama la atención. Pero solo hasta que se puya un pie busca las zapatillas.

— ¿Qué se siente ser la inspiración y admiración de estos muchachos?

— Bien, porque creo que eso les da entusiasmo para entrenar. Los muchachos me dicen: “Irving, yo quiero ser como tú”. Nunca pensé que algún día iba a ser ejemplo para los niños y eso me emociona; por las cosas que yo he pasado y he visto no pensé que eso fuera pasar.

— Cuando se publicó en el periódico el problema que tenían ustedes con la fosa para saltar y las difíciles condiciones de entrenamiento, tú decías que ibas a ser un campeón. ¿en aquellos días nadie te dijo “estás loco, no lo vas a lograr”?

— No, nunca. A mi padre yo le decía, relajeando, y a veces en serio: “papá, usted va a ver que en un futuro yo voy a hacer el número uno del mundo”.

Sin un punto de mentira, eso fue en 2004, después de la olimpiada. Si pude ir a las olimpiadas entrenando aquí en Panamá, yo sabía que podía ser el mejor cuando vi las instalaciones que había en Brasil. Mi papá aún me dice, “Irving, no puedo creer que en tan poco tiempo seas el número uno”.

— Tus papás te dijeron que no trabajaras y siguieras entrenando.

— Quería buscar un trabajo porque no me gusta que me mantengan. Empecé a trabajar y una semana después mi papá me dijo: “renuncia”. Siempre hablábamos de que yo tenía futuro en el deporte. Él me dijo que me iba a apoyar.

— ¿En qué trabajaste?

— Fui inspector en una compañía eléctrica.

— Aún mantienes esa costumbre de decir a los periodistas: “voy a ganar, esa medalla viene para Panamá”, tal como lo dijiste antes de los Panamericanos. ¿No piensas que eso es ser presumido y que si fallas puedes quedar muy mal?

— Eso lo digo dependiendo de cómo me siento, de cómo estoy en el momento. Para los Panamericanos dije que esa medalla venía porque me sentía bastante preparado. Solo que la final fue un poco estresante para las personas porque tenía dolores y no podía desarrollar como debía ser. Pero no pienso que sea una conducta mala, me da ánimo. Así, en el momento que llego a la competencia sé qué tengo que hacer.

— Tu triunfo lo has dedicado a Panamá con entusiasmo, pero en muchas ocasiones la tuviste difícil. Para las olimpiadas ni siquiera pudiste viajar con tu entrenador. ¿Hay un poco de resentimiento por eso?

— Cuando yo digo que la medalla es para Panamá me refiero a mi familia y a las personas que me han dado su apoyo, no me refiero a las personas que me negaron antes, sino a los que confiaron en mí.

— Mucha gente que te negó, como tú dices, está ahora tomándose fotos contigo, diciendo que siempre creyó en ti. ¿Qué dices a eso?

— Para no ser irrespetuoso solamente me río, lo dejo hasta ahí. No comento nada. Nunca he dicho: “ahora que soy el número uno es que aparecen”. No nunca he dicho eso.

Si a Florencio Aguilar se le pregunta si está contento con lo que ha hecho su pupilo, ríe tratando de contener más que la risa, el orgullo. Él vio el potencial de Irving hace unos ocho años, y logró en Colón prepararlo para que hiciera la marca de 8.10 m que le dio el boleto a las olimpiadas de 2004 y le permitiría obtener la beca de la Federación Internacional de Atletismo para entrenar en un centro de alto rendimiento en Brasil.

El día que Irving logró la marca de 8.57 m en Osaka, Florencio estaba sentado en los primeros puestos frente a la tabla de pique. Cuando ganó, le pasó la bandera con que se cubrió para celebrar el triunfo.

Ya Florencio no es el entrenador principal. El campeón ahora aprende con los brasileños; Florencio sigue en Panamá, pero optimista. La bulla del éxito atrajo a personas del gobierno y de la empresa privada que quieren apoyar a los atletas. Él confía en tener pronto su escuelita de salto largo.

Para obtener atletas de élite un entrenador como él debería dedicarse en especial a jóvenes de salto largo, su especialidad, pero en Panamá los entrenadores deben apoyar a atletas de diferentes disciplinas. Ojalá un día los entrenadores panameños puedan dedicarse 100% a sus atletas, piensa Aguilar. Por ahora tienen otros trabajos de 8 horas y luego llegan a los estadios a formar campeones.

Aguilar fue atleta cuando estaba prohibido exhibir en la ropa marcas de patrocinadores durante las competencias. Ya es diferente, ahora estos deportistas pueden obtener ese respaldo.

Piensa que los jóvenes se interesan más por el fútbol o el béisbol porque ven que hay posibilidades de contratos, pero tal vez muchos de ellos podrían ser mejores en otras disciplinas deportivas y no las prueban. ¿Tal vez el salto largo?

— Irving, entre la gente a la que le dedicas las medallas está tu entrenador, Florencio. ¿Qué representa él para ti?

— Ya se lo he dicho a él: es mi segundo papá. Siempre le doy las gracias porque confió en mí. A veces yo faltaba dos días al entrenamiento y él me regañaba como si fuera mi papá, admiro eso. Por él yo estoy aquí ahora.

— Te veo aquí entrenando con los mismos aparatos desgastados de siempre, no te molesta trabajar con ese equipo, ahora que tienes a tu disposición unas magníficas instalaciones en Brasil.

— Es un poco molesto que teniendo atletas de nivel y sabiendo que puede haber más, falte todavía ese apoyo. Pero yo estoy acostumbrado, desde pequeño entrené así. No puedo decir que ahora no voy a entrenar con eso porque tengo mejores instalaciones. Me formé de esta manera, no tengo por qué negarla.

— Me dijo Florencio que lo estás ayudando a conseguir materiales.

— Cuando tengo la oportunidad, los compro. Algunos patrocinios que me dan con pesas y esas cosas las mando para la liga de Colón.

— ¿Cómo ves la posibilidad de ganar medalla en las próximas olimpiadas?

— Para ser sincero, no estoy pensando en las olimpiadas ahora. No ha empezando la temporada. De ser otro momento, sin esta lesión, yo podría decirte. Pero ahora tengo que ver cómo me recupero. Esa pregunta la contestaría, si Dios quiere, en diciembre, cuando vuelva a Panamá, eso depende de la preparación y si se mejora la lesión.

Saladino ya empieza a practicar con unos ejercicios que llaman “la escuelita”, lo primero que se les enseña a hacer a los niños que aspiran a ser saltadores (eso es lo que está haciendo en la portada de este suplemento).

También puede trotar despacio.

“¡Oye!, ¿no me pudieron esperar?”, le reclama a un grupo de muchachos que ya corre a lo lejos.

Claro que no lo iban a esperar si está tomándose las fotos para este artículo.

Mientras lo retenemos para una foto más en las gradas, se ve en la pista a un muchacho con una especie de miniparacaídas atado a su cintura, parece que va a despegar en cualquier momento. Se entrena para el salto largo.

— ¿Ustedes saben quién es ese? —pregunta Irving, y suena a que va a decir algo revelador—. Es el mejor saltador juvenil de Centroamérica, afirma.

Minutos antes, Saladino se había acercado a ese muchacho, Jamal Bowen, de 16 años, para animarlo después de un buen salto; le había puesto el brazo en el cuello para hacerle como una llave de lucha de mentiritas. Juego de niños entre campeones.

 

 



© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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