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Panamá, domingo 21 de octubre de 2007
 
Actualidad
SOCIEDAD
Fajarse en una alcantarilla
 
Hace dos semanas, Alcantarillado Metro amaneció con 312 quejas para atender por desbordamiento de aguas negras. 
 
ROXANA MUÑOZ 
mosaico@prensa.com 
 
— Fulo, no hay foco.

— ¿Y la señora que a veces nos presta uno, no lo puede prestar?

— Dice que no tiene.

El foco o linterna urge para alumbrar la cámara de inspección (manhole, dicen los trabajadores) y destapar la tubería, que a pocos metros produce un desbordamiento profuso de aguas negras frente a una empresa.

La señora que antes les prestaba el foco es la dueña de la casa bajo la cual está el manhole. Bajo las casas de Viejo Veranillo, frente a la Universidad de Panamá, hay al menos 10 de estas cámaras de inspección de las principales tuberías de la ciudad de Panamá. La gente improvisó sus casas sobre estas cámaras que sirven para dar mantenimiento al sistema, por eso varias construcciones se erigen sobre pilastras.

Miguel Ángel González, el Fulo, jefe del Departamento de Alcantarillado Metro, del Instituto de Acueductos y Alcantarillados Nacionales (Idaan), aprueba que alguien vaya a comprar una linterna a Calidonia.

En esta cuadrilla, focos no es lo único que falta. No estaría de más buenos guantes (que no sean de caucho, que esos les dan hongos y cómo cuesta curarse), faltan mejores salarios y más personal. Hace unos 37 años, cuando González empezó en la institución, recuerda que contaban con un equipo de 70 personas, hoy son 34 las que se deben ocupar de atender, por día, unas 250 quejas por desbordamiento de aguas negras en el área, que incluye además del centro a Gamboa, Pacora, Alcalde Díaz y las áreas revertidas hasta Arraiján.

Hace dos semanas alcanzaron una marca poco deseable; la oficina amaneció con 312 desbordamientos por atender. Estas solicitudes se reparten entre las cuatro cuadrillas y cada una atiende, dependiendo de la dificultad, de tres a ocho casos por día.

Se responde según orden de llegada, aunque varias veces se cuelan en esa lista los pedidos de la gente que cierra las calles exigiendo reparaciones. Hace pocos días eso les pasó en Cerro Batea. En áreas de peligrosidad piden el apoyo de la policía del área.

Trabajan todo el año, pero hay días en que hay menos cuadrillas porque cada quien tiene que tomar un día libre.

No es raro que un daño sea recurrente. Hace menos de dos semanas estuvieron bajo esa misma casa en Viejo Veranillo por otro desbordamiento. Ante el robo de las alcantarillas para venderlas como hierro, muchas tuberías quedan expuestas y se llenan de piedras, a veces enormes. Difícil imaginar cómo llegan allí.

González cuenta que para sacar rocas grandes ideó hace poco un aparato, que es como una mano mecánica gigante. La empresa que tenía el desbordamiento enfrente, le proporcionó los materiales para construirla. “Le puse el escarbáculo” dice, y como que le da pena la palabra. “Pero como yo lo inventé le puedo poner cómo yo quiera ¿no?”.

La mayoría de los destapamientos se hacen con una rotosonda, a la que le dicen ola marina. Es una pieza compuesta por varias varillas de metal unidas con un puntero que gira y se introduce en la cámara de inspección. Esta pieza se va ajustando con una especie de llave que entre ellos llaman la noqueadora, porque si no se tiempla bien puede golpear la quijada y no faltan historias de trabajadores que han perdido los dientes en un descuido.

‘No queremos fotos’

Mientras introducen la ola marina para desatascar la tubería, saco la cámara y enseguida se incomodan los trabajadores.

“No queremos fotos, queremos plata”, dice uno; su tono más que de enojo es de tristeza.

Siguen dando vueltas a la noqueadora, ajustando la ola marina y nada. “Ya se me fue la hojaldra y esa vainita que comí, rezonga uno”. Mientras trabajan hablan, no dejan de hacer bromas.

Más adelante, cuando un trabajador debe entrar al manhole, otro lo vacila: “Déjate tomar la foto, por ahí mismo viene tu permanencia y el aumento”.

La permanencia es otro anhelo. Piedrita dice que a él le tomó ocho años que le dieran su permanencia y todo ese tiempo ganando menos de 300 dólares.

“Piedrita todos los días me pide aumento”, cuenta Fulo. “No se puede vivir con 300 dólares”, dice el trabajador, pequeño y delgado, de ojos vivarachos. Él también es ayudante del chofer y juntos manejan un carro que vale 300 mil dólares, pero que en esta misión de Viejo Veranillo no pudo cumplir su misión.

Cuando uno de estos hombres entra a las alcantarillas, además de revisar el daño está pendiente de objetos brillantes. Una sortija, esclava, pulsera o collar de oro puede hacer la diferencia en el día. Los trabajadores llevan estas prendas a la casa de empeño y se reparten lo obtenido.

La cuadrilla que ese día trabaja en Viejo Veranillo tiene varios hombres menores de 30 años. Y aunque es uno de los grupos más bravos, necesita más de tres horas de trabajo para ver algún avance. Pero todavía falta.

No es un trabajo para todo el mundo. Algunos a los pocos días se enferman, les salen erupciones en la piel y tienen que retirarse. Los que logran quedarse están inmunizados, y piensan que si al principio no les dio algo ya no les va a dar. Entre los empleados del Idaan son los primeros que reciben vacunas y atención médica.

Antes de dejar a la cuadrilla, que no ha terminando de destapar la tubería, me recomiendan que me lave con alcohol que llevan en el carro por si acaso toqué “algo”, los carros también tienen agua y septisol para que los empleados se laven. “Si usted se ha ensuciado de aguas negras difícilmente alguien lo va a dejar limpiarse en su patio”, me cuenta un trabajador.

No hay para mantenimiento

Cecilio Prado dirige el viernes otra cuadrilla; tiene en la mano un fajo de solicitudes. Está en La Locería, la calle de la escuela Fermín Naudeau. Enseguida salen dos vecinos aliviados de que el Idaan al fin vino a darles solución. Una delgada línea de aguas negras corre por la canaleta.

Cuando se les pregunta a los trabajadores del Idaan si sienten que su trabajo es reconocido, responden que “nos dan muy duro en la televisión y en la radio: Por qué no vienen esos de la televisión a destapar esto, si tanto hablan”, grita uno.

“Porque a ustedes les pagan por eso, caballero”, le responde un vecino.

El capataz hace que sus hombres revisen la alcantarilla. Colocan el carro de frente a la tapa para que los proteja en la calle. Abren la alcantarilla y se ve un montón de cucarachas. Los trabajadores empiezan a meter la olamarina para comprobar el estado de la vía.

— A ver si el daño es nuestro, dice.

— Y si no es de ustedes, ¿a quién le toca?, pregunta con preocupación el vecino.

— Al MOP.

— Nunca he visto por aquí a la gente del MOP arreglando nada de eso.

Para mala suerte de los vecinos, la cuadrilla concluye que el daño no le corresponde al Idaan. Tal vez es el edificio del frente que tiene un problema, y la cuadrilla se va.

Cecilio Prado tacha otra solicitud. Va a seguir verificando otras alcantarillas del área. Le pregunto si es para dar mantenimiento: “No, cuando nosotros venimos es porque hay daño”.

La solicitud que tiene que atender tiene fecha de hace varios días; él piensa que quizá ya la atendieron, pero va a ver. Después de media hora de vueltas por La Locería llegan a la casa de los quejosos, que ya ni se acordaban del daño. “Hace tiempo vinieron”, dice el dueño.

Prado tacha otra solicitud y me dice que también les pasa que un mismo daño es reportado varias veces, llama la gente de la radio, varios vecinos. No usan sistema computarizado que les permita saber si un daño ya fue reportado. En la central ubicada en Carrasquilla dos operadores reciben las quejas.

Alcantarillado Metro es responsable también de la limpieza de tanques sépticos construidos en barriadas en las afueras de la ciudad. A muchos de ellos no se les da el mantenimiento cada dos años como es debido. En Panamá el renglón de alcantarillados aparece como un servicio público que no se cobra.

Hace muchos años, agrega, lo enviaron a Marsella, Francia. Para que viera “cómo era eso por allá”. Vio que sus colegas franceses recibían el doble de paga que otros empleados; que llegaban a su trabajo y allí les proporcionaban uniformes para trabajar, a la hora de la salida dejaban esos uniformes sucios de aguas negras en la institución para que los lavaran debidamente. Acá en Panamá sus trabajadores usan jeans y suéter celeste, los mismos uniformes de faena que el resto del personal del Idaan, lo ensucian y sus esposas los lavan en la misma tina donde lavan los pañales de sus hijos. Una vez casi consiguen unos overalls, pero a alguien en el Gobierno le parecieron caros, 13 dólares cada uno. “Y no se dio”.

Recuerda que en Marsella atendían tres casos de desbordamientos por mes, y eso les parecía mucho, porque el mal manejo de aguas negras puede desencadenar epidemias. El pensó: “Ja, hay que llevar a esta gente pa’ Panamá”.

 

 



© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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