En mis tiempos, las cosas de la comida eran mucho más sencillas. Había que comer espinacas porque eso le daba la musculatura a Popeye, zanahoria porque mejoraba la vista, y jugos de fruta porque eran muy sabrosos. Fácil. Simple. A lo mejor, hasta cierto.
Ahora han logrado convertir la comida en una especie de religión. No parece que fuera un asunto de estómago, sino de convicciones espirituales. Hay sectas: microbióticos, macrobióticos, crudívoros, vegetarianos, carnívoros y frutarianos, como hay mormones, Testigos de Jehová, judíos, budistas y católicos. Credos. Tribus. Grupos Hondamente Comprometidos con la Verdad, sea teológica o alimenticia. Existen más posibilidades, por ejemplo, de que se entiendan un mahometano y un judío ortodoxo, que un carnívoro y un vegetariano.
Los antecedentes de este enredo que le unta teología a la comida e infunde en los comensales una devoción digna de prosélitos religiosos provienen del Levítico. El Levítico es un capítulo de la Biblia que pretende enseñar toda clase de preceptos higiénicos: desde el lavado de tripas de la oveja del almuerzo, hasta el significado ético de las manchas de la piel y la relación de la caída del pelo con la pureza de espíritu. Lo malo no es que el Levítico aspire a colarse en la cocina de los lectores, sino que inyecta un aroma de palabra divina a preceptos que no pasan de ser buenos consejos. Algunos, hay que reconocerlo, fueron útiles en otros tiempos, pero han sido superados ya por la refrigeración moderna, el avance de la medicina y hasta los implantes de cabello.
Digo que en el Levítico está la semilla de la nueva gastrorreligión que padecemos ahora. Como corresponde a una secta, esta tiene su propio lenguaje, que mistifica y maquilla de solemnidad al humilde frijol, a la simpática yuca, al compañero plátano. Ya las mamás no le dicen al hijo: “Si no te comes el arroz no puedes ver televisión esta noche”. Sino que se dirigen a él en los siguientes términos:
— Es importante que termines la ingesta macrobiótica, pues de ella depende la fácil eliminación de las heces y la prevención de enfermedades del colon.
Algo parecido sucede con las familias entregadas a la adoración de las legumbres. En mis tiempos, al que no se comía la ensalada mi mamá le quitaba el postre. Ahora las señoras se ponen serias, miran al pobre niño a los ojos y le dicen:
— Es importante que conserves tu dieta crudívora, pues de otra manera alterarás el equilibrio del consumo vitamínico.
Muchas de estas sectas se inspiran en la observación e imitación de los animales. Los tales crudívoros, por ejemplo, afirman que los animales que sólo comen raíces y plantas crudas no sufren de sobrepeso. Y los frutarianos pregonan que es preciso regresar al instinto del primate, nuestro antepasado, que sólo se alimentaba de frutas.
Bueno: si vamos a eso, es decir, a considerar que el hombre debe copiar a los animales, prefiero abstenerme de contarles lo que he visto hacer con el dedo a muchos monos que sólo comen frutas. Pueden estar seguros mis amigos frutarianos de que jamás permitiré que me estrechen la mano a modo de saludo.
¿Qué puedo decir de los vegetarianos? No creo que abominar de la carne te haga mejor persona, pero respeto lo que resuelva cada quien con la intimidad de sus intestinos; incluso si quiere prescindir del asado de chancho, el bife de chorizo y la ternera asada, y reemplazarlos por lechuga, habichuelas, remolacha y forraje para gallinas. Más de una vez, cuando me dan malas noticias sobre mi nivel de colesterol, siento la tentación de dejar para siempre las carnes gordas. Pero entonces recuerdo que Hitler era vegetariano y me entran ganas irreprimibles de una hamburguesa bien grasosa.
Con tocineta, por si acaso.