| EFECTOS IRREVERSIBLES DE LA DESNUTRICIÓN.
Atados a un muerto
Mery Alfaro de Villageliú
Después de lo mucho que se ha hablado y escrito en los últimos días sobre desnutrición, no creo que nadie se sorprenda al oír que en Panamá, el 19.1% de los pobres, menores de 5 años, sufren los efectos de una alimentación mala y deficiente.
Lo que probablemente el lector no sepa, es que el 33.6% de los panameños mayores de 18 años presenta problemas de sobrepeso. Éste que pareciera ser un mal de los que viven en abundancia, alcanza también a los que sufren de escasez, ya que, el 28.7% de los pobres y el 26.4% de los extremadamente pobres adultos presentan algún nivel de sobrepeso.
La malnutrición por déficit o exceso es un mal de consecuencias funestas, y los efectos irreversibles de la desnutrición crónica son la causa de que los pobres permanezcan sumergidos en un abismo del que no pueden salir. Es como si nacieran atados a lo que los hombres de mar llaman "el muerto"; que consiste en una pesada estructura de concreto, al que se amarra una boya, para mantener grandes embarcaciones en el mismo lugar, contra viento y marea.
El gobierno del presidente Torrijos tiene un compromiso con la erradicación de la desnutrición y la pobreza, sustentado en la inversión que realiza a través de la Red de Oportunidades.
Con los programas de las meriendas y almuerzos escolares, desarrollados por Meduca y FIS respectivamente; la crema de maíz fortificada, suplementación con hierro, ácido fólico, vitamina A, complejo B y desparasitación, del Minsa; transferencia monetaria condicionada del Mides y el programa de bonos familiares para la compra de alimentos, que ejecuta directamente Senapan, hemos empezado a tejer la red con que vamos a sacar del abismo, a los cientos de miles de panameños que viven por debajo de la línea de la pobreza.
Con una inversión de 3.8 millones de balboas asignados al programa de bonos, Senapan entrega, mensualmente, una libreta de 35 balboas, a 7,120 familias que viven en condiciones de pobreza extrema.
Con la libreta de bonos, las familias pueden comprar alimentos básicos, fósforo y jabón.
Como parte de los compromisos que deben cumplir para seguir recibiendo los bonos, los niños asisten a la escuela, donde reciben una merienda y almuerzo caliente; la familia acude a las instalaciones de salud, para los controles de vacunas, desparasitación y exámenes ginecológicos. En los centros de salud, se entrega, además, seis libras de crema de maíz fortificada, por cada niño menor de cinco años, que participa de los programas de crecimiento y desarrollo. Por lo menos un adulto por cada familia debe asistir, también, a las capacitaciones en producción agrícola, que se ofrecen a través del Ministerio de Desarrollo Agropecuario.
Los resultados de esta inversión y operación son alentadores: Niños y adultos mejor alimentados; aumento de matrículas; menos deserción escolar; familias vacunadas y niños desparasitados; más acceso y disponibilidad de alimentos provenientes de los huertos familiares; más niños registrados al nacer; más adultos con cédula; incremento de la recaudación municipal producto de los impuestos adicionales que pagan las abarroterías que participan de la red, ahora con mayores ganancias.
Aunque todavía no se han hecho estudios de impacto en la reducción del porcentaje de desnutrición, basta con ver la puntualidad con que los beneficiarios cumplen sus compromisos de educación, salud y capacitación, y el cuidado con que manejan su tarjeta de verificación, para convencernos de las bondades del programa. Pero reconocemos que no es suficiente.
Para alcanzar la meta de reducir a la mitad el porcentaje de las personas que padecen hambre para el año 2015, es necesario que empecemos a ver la pobreza y la desnutrición como un mal que nos afecta a todos; que es muy difícil de erradicar, y por ende, requiere del compromiso, esfuerzo y creatividad de toda la sociedad.
Por su parte, el Gobierno, como administrador del Estado, debe fortalecer el trabajo de la Red de Oportunidades, con acciones concretas que garanticen una mejor coordinación de las instituciones que participan, así como diseñar y ejecutar el Plan Nacional de Seguridad Alimentaria y Nutricional, que contempla, entre otras cosas, la aprobación de la Ley de Seguridad Alimentaria.
Solo así podremos cortar la soga que mantiene a cientos de miles de panameños atados al "muerto", y tendremos una red lo suficientemente fuerte, como para sacarlos del profundo y oscuro abismo en que se encuentran sumergidos.
La autora es secretaria nacional de Senapan
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