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Panamá, jueves 18 de octubre de 2007
 

UNA OBRA EXTRAORDINARIA.

El silencio de la nieve

Guillermo Tatis, hijo

Me seduce la idea de referirme a Nieve, la gran obra del premio Nobel de Literatura 2006, Orhan Pamuk, por cuanto es una novela terriblemente real, conmovedoramente espiritual, sorprendentemente actual, que delínea en términos históricos las diferencias culturales y políticas entre Oriente y Occidente en la remota ciudad de Kars en Turquía. Con exuberante retórica narrativa localista, pero universal a la vez, porque aunque Kars esté situada "en el lugar donde se acaba el mundo", comprobamos casi incomprensiblemente que en realidad esa gente de tan lejos resulta tan parecida a nosotros en algunas costumbres. Es una obra extraordinaria por varias razones, una porque en cierto modo simula una diversidad de temas en la novela. Con la misma excitación que describe la confrontación político-espiritual de la existencia secular de la República y la obcecación de los integristas musulmanes por el establecimiento de un Estado islámico, lo hace asimismo en trasfondo cuando se ocupa de la huella imborrable dejada por el paso de los soviéticos, o de la etérea alusión a La Masacre y la subsiguiente deportación forzada de armenios (1915). El asunto de los rebeldes kurdos en territorio turco también, y el papel protagónico de los partidos políticos y la sombra del creador del Estado moderno turco Atatürk, presente en todas las mentes, irremediablemente para bien o para mal. Obviamente hay una trama central donde encontramos una exquisita pero extraña y frenética relación amorosa, hundida en una compleja escala de valores que lleva a los personajes posteriormente a la autodestrucción emocional y finalmente a la muerte.

Kerim Alakusoglu, el señor Ka como solía hacerse llamar, protagonista de la obra, poeta de misteriosa fama, exiliado político en Alemania, hombre inteligente, de espíritu simple y taciturno como aquellos personajes de Chejov, había regresado a Estambul para los funerales de su madre, cuando es tentado por un amigo periodista de un diario local de esa ciudad para que vaya a Kars (a donde nadie quiere ir), provisto de un documento de periodista a cubrir para el periódico las elecciones municipales y a investigar el por qué de los suicidios de las mujeres islamitas en esa helada ciudad. El asunto se convierte rápidamente para él en el pretexto ideal para ir a ver a Ipek, su amor platónico de la universidad que reside allá y que no veía en mucho tiempo.

En medio del silencio de la nieve eterna que cubrió la ciudad a su llegada y durante toda su estancia, se encuentra Ka con el sufrimiento espiritual de la población, engendrado por el reproche de los laicos por el uso del velo de las mujeres y la prohibición oficial para entrar a establecimientos públicos, escuelas y universidades con él sobre sus cabezas, y, por otro lado, la condena de los fundamentalistas y la sed de venganza de sangre que los enardece contra los que ellos llaman ateos, es decir, a todos cuantos no creen en el Islam.

Las mujeres se suicidan por orgullo y porque se negaban a dejar de usar la pañoleta, justifican unos; otros sostienen que se ahorcan porque querían ser independientes, tener identidad propia sin velos, y no por imitar a las occidentales como les acusaban los jóvenes del Instituto de Imanes y Predicadores. En ambas circunstancias proyectan una discusión abstracta, religiosa y filosófica, entre los personajes, muy difícil porque fraguan un anatema insalvable por cuanto el Corán considera el hecho una blasfemia imperdonable. Esto genera revuelo en los habitantes del lejano pueblo, las autoridades locales cancelan las elecciones por cuanto temen perderlas, y para los jerarcas del gobierno municipal y la jefatura castrense está en juego la existencia del estado laico o lo que es igual, el planteamiento jacobino de la sentencia: O la patria o el velo.

Como principié digo ahora, me cautivó la trama, me hechizó la novela; imaginar que allá también se reúne la familia a ver telenovelas -nada menos que Mariana, vista aquí- es extraordinario. Pero a la inversa, es sombrío e irracional ver la desintegración de las familias o de un país por odios culturales, étnicos o simplemente religiosos, es lamentable. Ahora es más claro todo, la intolerancia puede ser la madre de las más grandes desgracias. Algunos analistas políticos han empezado a mostrar sus sospechas por el futuro de Turquía ahora que el ex ministro de Exteriores, Abdulá Gül, alcanzó la Presidencia de la República. Hay temores de que el modelo de gestión, único entre países musulmanes que hasta ahora ha brindado buenos resultados se arruine, y que pase decididamente a convertir al país euroasiático en un Estado islámico al peor estilo. Es una lástima, ojalá estuviéramos equivocados ante semejante presagio y resulte verdad la opinión de su mentor, el primer ministro turco Erdogan: que el presidente "Gül es un hombre que abandonó el fundamentalismo hace tiempo"; y que Nieve fuera solo eso, una extraordinaria novela.

El autor es diplomático
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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