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Panamá, martes 16 de octubre de 2007
 

PREMIO NOBEL DE LA PAZ.

¿Quién reemplazará a Al Gore?

Thomas L. Friedman

Al ver a Al Gore compartiendo tan merecidamente el Premio Nobel de la Paz, resulta imposible dejar de notar el contraste entre su liderazgo y el de George W. Bush.

Gore y Bush enfrentaron, cada cual, un momento de tribulación. Para Gore, ese momento ocurrió cuando ganó el voto popular y la Suprema Corte, dominada por republicanos, le arrebató la elección. Para Bush, fue el perturbador ataque terrorista del 11 de septiembre.

Gore perdió la presidencia, pero, con la dignidad y gracia con que renunció a su lucha legal, unió a Estados Unidos. Después, confrontado con qué hacer con el resto de su vida, emprendió una cruzada personal por el combate del cambio climático, aun cuando las probabilidades realmente estaban en su contra, su podio era pequeño, y su público era medido en cientos, en tanto sus detractores eran una legión. No obstante, Gore se ciñó al esfuerzo, desempeñando con el paso del tiempo una participación central para fomentar consenso mundial enfocado a emprender acciones con respecto a este tema.

"Sin consideración a qué ocurra, tarde o temprano se revela el carácter en el liderazgo", dijo David Rothkopf, autor del libro próximo a salir, Superclass: The Global Power Elite and the World They Are Making (Superclase: La élite de poder mundial y el mundo que está construyendo). Gore perdió las elecciones y tuvo que encontrar una forma de ver qué hacía con el resto de su vida. Tomó la iniciativa de convencer a Estados Unidos y el mundo de enfocarse en una amenaza en común: el cambio climático. Bush ganó la elección y durante el primer año realmente no supo qué hacer con eso. Cuando, el 11 de septiembre de 2001, "nosotros y el mundo repentinamente enfrentamos una amenaza en común, el terrorismo y la red Al-Qaeda, el mundo entero estaba listo para formarse detrás de él, pero una y otra vez, meramente nos dividió, tanto internamente como en el exterior".

De hecho, Bush, "en lugar de tomar toda esa unidad y usarla para reconstruir Estados Unidos para el siglo 21, tomó toda esa unidad y la usó para impulsar la estrecha agenda de su base". Usó toda esa unidad para asumir una agenda de la derecha extrema en cuanto a los impuestos y temas sociales, la cual no iba a ninguna parte el 10 de septiembre, y conducirla hasta el mundo del 12 de septiembre.

Nunca antes se ha usado tanta unidad nacional, la cual podría haber sido empleada para el desarrollo de una verdadera política de energía, revertir nuestro déficit del Seguro Social, formar una coalición duradera para lidiar con Afganistán e Irak, quizás incluso obtener un programa nacional de atención a la salud para construir tan poco. Eso es lo que más notarán los historiadores con respecto al mandato de Bush; la sola oportunidad desperdiciada en torno a toda la situación.

"Sí, Irak siempre iba a ser extremadamente difícil, pero también era enorme la recompensa potencial de erigir un gobierno decente y democratizador en el corazón del mundo árabe. No obstante, Bush, en su tema distintivo, nunca movilizó al país, nunca castigó la incompetencia, nunca hizo que los malos pelearan en contra de todos nosotros", como lo expresó Bill Mahler, cuando menos al impulsar una verdadera política en cuanto a la energía para reducir los recursos de la misma gente a la que estamos combatiendo. Él pensaba que podría cambiar el mundo con 50.1% de Estados Unidos, y no pudo.

"Gore, incluso sin la presidencia, usó todas las herramientas modernas de la comunicación, internet, video y la globalización para intentar comunicarse y darle impulso a un movimiento mundial", dijo Rothkopf. "Bush tomó la mayor plataforma en el mundo y cavó para sí una tumba de la estrategia política", agregó.

Ahora, Bush es una fuerza agotada y Gore, al parecer, no avanza. Así que seguimos necesitando un presidente que pueda unificar al país en torno a acciones significativas con respecto a la energía y el clima. La mayoría de los candidatos del Partido Demócrata expresan las palabras correctas, pero no percibo mucha pasión real. La mayor parte de los candidatos republicanos da la impresión de tener muerte cerebral con respecto al desafío del clima y la energía. Además, en lo personal, considero asombroso el grado de error en que están algunos conservadores, como Rush Limbaugh, con respecto a este tema.

Ellos no pueden ver lo que nos está viendo directamente a los ojos: que al presionar a las empresas estadounidenses para que se vuelvan más ecológicas, nosotros las estamos orillando a volverse más productivas, más innovadoras, más eficientes y más competitivas.

No se puede hacer un producto más ecológico sin hacerlo más inteligente y sin que tenga mayor demanda, sea un refrigerador o un microchip. Tan solo pregúntenle a GE o Wal-Mart o Sun Microsystems. No es posible volver más ecologista a un ejército sin también volverlo más seguro. Tan solo consulten a los oficiales del Ejército de Estados Unidos que están desesperados por energía solar distribuida, para que así no tengan que depender del combustible diésel para alimentar sus bases en Irak; combustible que tiene que ser transportado en camiones a lo largo de dicho país, solo para que grupos insurgentes lo hagan estallar. Al presionar a las empresas estadounidenses para que se vuelvan más ecologistas o verdes, las estamos impulsando a tomar la delantera en la siguiente gran industria mundial: la energía limpia.

En suma, Al Gore ha recibido un justo honor por haber puesto de relieve como nadie más el desafío climático. Sin embargo, nosotros aún necesitamos una visión, una estrategia, un ejército y un comandante en la Casa Blanca que pueda inspirar a jóvenes y viejos, no solamente para enfrentar ese desafío sino para ver en él la oportunidad de convertir a Estados Unidos en una nación mejor, más fuerte, así como más productiva. Este es nuestro momento de tribulación.

The New York Times
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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