Primero se buscaron los fondos, luego crearon la necesidad. Los dineros que manejan a su discreción algunos funcionarios –empezando con el Presidente y de ahí para abajo– ha creado el mayor pastel político del que todo servidor público de elección popular aspira a una tajada.
Esos fondos, bien usados, dan soluciones, pero resulta que diputados y representantes de corregimiento, entre otros, pretenden que éstas lleven rotulado su nombre, adjudicándose ellos la materialización de las obras. Y así, con el uso del dinero estatal, buscan financiar una campaña –disfrazada de logros– que les garantice su reelección. Esta es, sin duda, la forma más burda, descarada, chapucera y sinvergüenza de clientelismo político.
Es por ello, precisamente, que estas iniciativas carecen de legitimidad y el electorado tiene que saberlo. La porfía entre diputados y ediles que se arrogan cada uno el derecho a administrar estos fondos, es vergonzosa, no solo por sus torcidos y evidentes propósitos, sino porque esta maniobra tiene de elegante lo que tiene el egocentrismo. |