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Panamá, miércoles 10 de octubre de 2007
 

CUESTIÓN DE TIEMPO.

Diques al mar

María del Carmen Cabello
carmencabello1946@yahoo.es

En los años sesenta, la gente mayor se hizo de cruces en España cuando vieron a las primeras muchachas en minifalda, y en los setenta, porque iban de lo más recatado con maxis que las cubrían hasta los pies. El asunto tenía que ver con la "decencia", pero también con una oposición acérrima, propia de las sociedades encerradas en sí mismas, a todo lo que fuera nuevo. Después, ya en democracia, la gente se acostumbró al desnudo en las playas, a que las parejas convivieran bajo el mismo techo sin pasar por vicaría o por el juzgado, y a que políticos, intelectuales o artistas salieran del armario y declararan que eran homosexuales. Cuestión de tiempo.

De todas formas, los sectores conservadores viven sin vivir en sí, porque no han terminado de recuperarse de un susto cuando se llevan otro. Hace algo más de dos años, el gobierno socialista promovió, y el parlamento aprobó, la ley que permitía el matrimonio entre personas del mismo sexo y su derecho a adoptar niños. Asociaciones de padres de familia e Iglesia católica, entre otros, pusieron el grito en el cielo.

Era difícil rebatir una ley que simplemente equipara los derechos de las parejas homosexuales a las heterosexuales, porque equivaldría a defender la discriminación, y en la polémica suscitada, pocos oponentes admitieron que condenaban la homosexualidad, sino que, con la boca chica, argüían su respeto por esas "personas diferentes", e incluso confesaban tener algún que otro amigo gay. Lo de siempre, la condescendencia ofensiva del que se cree por encima del bien y del mal. A falta de argumentos legales, echaron mano de argumentos semánticos, morales y agoreros.

La primera piedra en el camino fue la palabra matrimonio. ¿Cómo así que Juan y Pedro, o Silvia y Jacinta van a considerarse un "matrimonio" como se consideran Antonio y Mercedes? Aunque en realidad, puestos a pensar, los ingredientes de la unión son los mismos: amor, voluntad de compartir la vida y los bienes, búsqueda de leyes que los protejan y, un pequeño detalle, la cohabitación marital. Falta el elemento reproductivo, es obvio, pero si los animales se aparean con ese único fin, quizá los humanos, un poquito más elevados, busquemos, además, otras opciones.

Después le tocó el turno a los argumentos morales. Y ahí topamos con la iglesia, que suele defender que la espiritualidad equivale a religiosidad, y que la moral se deriva de sus preceptos, motivo por el cual, los que se mueven fuera de ese círculo no tienen un pensamiento bueno. El silogismo cae por sí solo: "La iglesia considera que la homosexualidad es inmoral, tú eres homosexual, luego tú eres inmoral" ¿Razones? Las mismas que aducen los padres autoritarios: porque yo lo digo.

Bueno es recordar que durante el franquismo, los homosexuales, a los que se llamaba violetas, fueron perseguidos bajo la ley de vagos y maleantes, y además, a falta de información, en el subconsciente colectivo persiste la idea, y el prejuicio, de que la homosexualidad es una perversión o una tara, y no una inclinación sexual tan legítima como la heterosexual y cuya represión durante siglos ha sido, aparte de cruel, tan inútil como poner diques al mar.

Por último, llegaron los agoreros a combatir la ley. Que España se acaba, que esto es Sodoma y Gomorra, que la familia llega a su fin, que qué país le vamos a dejar a las generaciones futuras, que adónde vamos a llegar… pero aquí estamos.

Eso sucedía hace dos años y otros temas ocupan ahora la polémica. La gente se acostumbra, lo asimila, como asimilaron en su día que personas respetables, formadas y honestas declararan su condición de homosexuales. España no se ha acabado ni lleva camino de acabarse; se siguen formando familias de uno u otro signo, más o menos felices, como siempre, y las generaciones futuras crecerán con la mentalidad que les marquen los tiempos. Otros serán sus problemas. Es cierto que hay todavía jueces, pocos, la verdad, por eso generan noticia, que se resisten a casar a parejas del mismo sexo, pero ahí está la ley para sancionar. Mientras, todos hemos ganado, sin importar cuál sea nuestra inclinación sexual, porque se ha abierto una trocha en la selva oscura del prejuicio.

Y es que pueden las ciudades llenarse de rascacielos y que sus habitantes las crucen por grandes avenidas, pero lo que en verdad define el progreso de una sociedad no es la apariencia, sino leyes que garanticen la libertad de movimiento y de expresión, la educación y la salud, y leyes sociales que establezcan que la discriminación es un delito.

La autora es filóloga
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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