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Panamá, miércoles 10 de octubre de 2007
 

ENGENDRO DE MUY MALA RECORDACIÓN.

Partidas circuitales: un trauma

Jorge Luis Macías Fonseca

Bastó la llegada de Pedro Miguel González a la Presidencia del Órgano Legislativo para que se planteara la posibilidad del retorno de las partidas circuitales. Este engendro de muy mala recordación, constituyó, en su momento, la base del proselitismo político, del chantaje político, lo que consecuencialmente condujo a la integración de un maltrecho mercado electoral.

Pareciera que la forma de corresponder del Presidente de la Asamblea Nacional, por el apoyo a su elección como tal, es la de promover a cambio, las partidas circuitales. No causa extrañeza que estas fórmulas han sido tenidas como un factor fundamental para las reelecciones legislativas.

La desaparición coyuntural de ese trauma vino a constituir el talón de Aquiles de aquellos que, desprovistos de ella, se ven incapacitados para mantenerse en la posición. Claro está, que ante la insuficiencia de legislar, constitucionalmente establecida como función esencial de ese órgano de gobierno, la única posibilidad real de justificar la presencia en la curul era asumiendo responsabilidades alejadas de su principal y legítima ocupación. Porque no hay lugar a duda de que -con algunas excepciones- el rendimiento legislativo ha sido casi nulo, motivado precisamente por un entendimiento atrofiado de parte de quienes tienen la sagrada misión de ofertar leyes consecuentes al país.

Ello explica la razón de la mutación, y a propósito, la confusión de los roles, lo cual condujo a la comunidad a considerar que la labor principal del diputado estaba en la realización de "obras comunitarias", más que en la propuesta y en la expedición de leyes, razón por la que fue elegido y por la que se le dispensa un salario. De la misma manera, la estrechísima concepción de quienes aspiraban a un puesto en la Asamblea Nacional, se enmarcó justamente en esa visión, y ello también explica, por qué el discurso político y las promesas electorales giraron en torno a esa consideración. Claro está, si en lugar de legislar, se conceptuó que el diputado debía ser un "representante de corregimiento grande", se entendió también, que no eran necesarias mayores exigencias para llegar a la Asamblea Nacional, por lo que cualquiera sin comprensión -aunque mínima- de las funciones del Órgano Legislativo y del ejercicio del cargo de diputado, aspiró a él, para posteriormente, como dijese el excelente docente, ya fallecido, Sebastián Angular, "perderle el miedo al ridículo", y convertir por ello a esa importante instancia gubernamental en un sainete de muy mala presentación.

Justamente, una de las deficiencias de la administración pública en Panamá está en la perturbada definición del papel del funcionario. Esto gravita también en la docencia política que debe hacerse de manera constante y sostenida. Porque no queda claro que sí constitucionalmente se define el carácter del Órgano Legislativo, y que, incluso, también se haga desde la ciencia política, la realidad en Panamá diga todo lo contrario. Precisamente, como afirmamos en líneas anteriores, esta deformación llevó a gran parte de la población al convencimiento y al entendimiento de que la "mismidad" del diputado estaba vinculada a la realización de obras concretas en su circuito e incluso al "salve" diario y permanente, más que legislar desde la Asamblea para beneficiar a la colectividad.

Hábilmente, con conciencia, las partidas circuitales fueron fortaleciendo la figura del clientelismo electoral, y de la misma manera, la inconsciencia en la gente, pues quien más ofrecía era quien tenía la posibilidad del éxito electoral. Esos recursos del Estado y su uso tuvieron la finalidad de garantizar su permanencia en el cargo, más que verdaderas respuestas a los problemas de los respectivos circuitos electorales.

Las partidas circuitales - entuerto gubernamental- fueron, además, un elemento de presión para el diputado. Se trató de un mecanismo para mantener la línea del Ejecutivo en íntima relación con la línea legislativa. Es esto lo que puede explicar los beneficios de las llamadas partidas circuitales, que pudiesen derivarse para los que mantenían posiciones coincidentes, y para los que en "oposición" pudiesen dispensar apoyos en momentos importantes.

Ese trauma no debe retornar, porque, además, contradice la filosofía del presupuesto estatal, asignado a instituciones para el desarrollo de programas debidamente definidos. Al diputado se le paga por hacer leyes, no para usurpar funciones que le corresponden oficialmente a otras instancias.

A poco tiempo de cumplirse la gestión gubernamental de "Patria Nueva", pareciera que la desesperación comienza a presentarse, lo que motiva el impulso a la receta de la partida circuital, para al menos poder asomar el rostro, porque si de la función legislativa se trata, el resultado es altamente deficiente.

El autor es docente universitario
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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