| LEY DE DERECHOS SEXUALES Y REPRODUCTIVOS.
La conspiración del silencio
Pedro Ernesto Vargas
Comparto el criterio de que en la discusión sobre una ley de derechos sexuales y reproductivos deben participar, con o sin invitación, todos o la mayor parte posible de quienes componen la sociedad panameña. En lo que no estoy de acuerdo es que las políticas de salud pública obedezcan a los intereses particulares de grupos que, aunque mayoritarios, si fuera el caso, exceptúan no solo a minorías, que tienen que ser oídas y consideradas, sino que además desvirtúan e ignoran probadas medidas salubristas. Y, si en ese obsesivo afán de proteger "la moral", se descuida y se pone en peligro la salud de las gentes, o la moral está mal entendida o está desfasada.
Ante la urgencia que las enfermedades de transmisión sexual imponen en la sociedad panameña y el creciente número de niñas embarazadas -cuya mayoría tristemente termina la gestación sumando a las estadísticas de enfermedad y mortalidad- revela una conspiración silenciosa de abuso e ignorancia, no podemos creer que la solución está fuera de las cosas cotidianas que hacen las gentes. Pero sería muy simplista advertir, y solo advertir, que las respuestas que la comunidad da son cruciales para resolver con eficacia problemas de salud pública, si no observamos los comportamientos culturales de cada región y cada época.
Veamos dos ejemplos. La abstinencia solamente, como medida para prevenir estos eventos, no solo es imprecisa con respecto a la respuesta sexual humana, sino que es mezquina frente a una serie de otros instrumentos tan válidos y tan probados. "Abstinencia y más", sería una más responsable campaña preventiva. El otro, la aparente no coincidencia entre lo que la comunidad o alguno de sus voceros más eficaces opinan frente a las políticas gubernamentales sobre la educación de la sexualidad en las escuelas. La edad para una discusión amplia sobre la sexualidad humana en las aulas de clase debe anteceder con suficiente tiempo la edad promedio a la que los niños o los jóvenes incursionan peligrosamente en las actividades sexuales. Una discusión amplia implica el lenguaje propio, la cobertura de todo el espectro de lo sexual y las relaciones humanas, y la inclusión de todos los grupos, pero particularmente, aquellos de más riesgo. Esto en nada libera a la familia de su responsabilidad ante el mismo tópico.
En el caso concreto del "señor" que paga la escuela de la niña púber o adolescente mientras cohabita con ella y con la bendición de su madre, en los multifamiliares de El Marañón, o, de la incestuosa relación entre padres e hijas, entre el adobe y la paja que son residencia hacinada en nuestro interior, o, del maestro en Colón que traduce el poder de su género y de su posición, a palanca que dobla la débil virtud de una niña que se hace mujer en un garaje de alquiler, y, la preferencia de los jóvenes, de una sociedad con alta capacidad adquisitiva, por el coito sin protección, ¿quién se atreve a afirmar que la educación sobre la sexualidad no debe comenzar mucho más temprano, que la aurora de estas experiencias traumáticas y peligrosas o, incluso, de aquellas que son enriquecedoras relaciones sexuales de la pareja humana?
La comunicación entre las personas no madura si no incluye una sana y oportuna educación y experiencia de lo sexual, es decir, sus aristas eróticas, sus aristas biológicas, sus aristas sicológicas y sus aristas conductuales. La relación sexual es un instrumento de comunicación al tiempo que es un instrumento de maduración de la persona. La relación genital no es meramente una artesanía para la reproducción humana. Hoy día la más dramática y contundente prueba de este señalamiento lo es toda la reprogenética, donde la unión carnal, la gestación a la vieja usanza, no es necesaria. Dicho esto, es igualmente importante destacar que la sexualidad humana nace con el ser humano y se desarrolla progresivamente en él y no fuera de él.
¿Acaso no ha visto usted a su hijo varón cogerse el pene y estirarlo y sonreír cuando apenas tiene algo menos o algo más que un año de edad? O, ¿a su niña, algo mayor, presionar su vulva una y otra vez contra la esquina de un mueble? Igualmente, también ha visto usted imágenes de órganos sexuales al desnudo y en frenética actividad, junto con lenguajes obscenos, que se transmiten por la televisión nacional a cualquier hora, so pretexto de que está al alcance de su dedo quedarse allí pegado a la pantalla o moverse a otro canal. Éstas tampoco le están vedadas a sus hijos. Esas imágenes que crean un mundo ilusorio de cuestionables verdades están dentro del santuario de su hogar y son, sin la menor duda, los primeros maestros sobre "sexualidad" en su casa, donde usted, padre o madre, ha evitado tomar ese lugar de docentes que sus hijos merecen gozar, esperando quizás una mayoría de edad o un tropiezo lamentable, para empezar entonces.
Los padres, como los maestros y los médicos, debemos aceptar que la sexualidad le es innata al ser humano. Debemos tolerar la normal y temprana curiosidad del niño por lo relacionado con sus genitales y los de su vecino o vecina o los de sus padres. Debemos empeñarnos en educarnos nosotros primero para ser más eficaces y seguros docentes de nuestros hijos, de nuestros alumnos y de nuestros pacientes. Y debemos deshacernos de la morbosa idea de que todo lo relacionado con el sexo es pecaminoso. A nosotros como a nuestros hijos debemos enseñarles sobre la dignidad de la persona humana, sobre el respeto a la libertad y las decisiones del otro, sobre las consecuencias que todo acto nuestro conlleva y sobre la responsabilidad frente a los desenlaces de esos actos. Si la educación sobre la sexualidad se hace sobre estos principios esenciales, la sexualidad se vivirá plenamente y con la madurez insospechada por nuestros perjuicios.
El autor es pediatra y neonatólogo
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