| EL MALCONTENTO.
La excusa indígena
Francisco Gómez Nadal
paco@prensa.com
Declaración inicial para los que se enreden con los argumentos abajo expresados con total imprudencia y vehemencia, y que busquen la disculpa rápida del origen para descalificar este texto: ya lo sé, nosotros los españoles fuimos los malos de la película y, probablemente, lo seguimos siendo. Pero no siento culpa de lo que se hizo en América (sería un acto de masoquismo cristiano inútil), sino una terrible responsabilidad de hacerme las preguntas adecuadas y de pasar toda una vida olfateando, rastreando, las respuestas aun a sabiendas de que mis cuitas seguirán siendo eso: por definición, cuitas, profundas aflicciones arrastradas por historia y soportadas en el presente.
Bien, dicho esto, puesta la curita en esta herida sangrante de media yarda, confieso que por principio siempre estoy a favor de la población civil, de los excluidos y de las víctimas de la explotación. Así de anticuado soy. Y de aburrido. Y de malcontento. Por eso soy tan poco cortés e implacable con empresarios de buen corazón (que los hay) o funcionarios atosigados por los impedimentos de la burocracia real (que también existen). No tengo tiempo para esas sutilezas porque ser bueno con plata es demasiado fácil.
Si me dan a elegir, siempre le daré la razón a los que nunca les dejamos expresar sus razones. Por eso, esto de las muertes de la comarca Ngöbe-Buglé me conmueve, faltaría más. Los indígenas, por si algún miope no se había dado cuenta, son los excluidos de los excluidos, la periferia de las periferias más marginales. Confío en ellos y entiendo su desconfianza de nosotros; a veces me desesperan, pero al segundo comprendo que hay una historia detrás, una realidad plagada de traiciones de blancos y mestizos, y un presente lleno de miradas de superioridad y desprecio por parte de los urbanistas tecnócratas.
Los indígenas cumplen una triple función en América Latina. Son muy útiles para hacer pósteres turísticos y vender una Panamá de mola que no es; convienen a la hora de pedir ayuda y cooperación internacional, y son la excusa perfecta para esconder otras realidades.
Para describirlo con una crueldad rayana en el cinismo -pero apoyada en la semántica oficial-, diría que los indígenas son unos discapacitados a los que no hay que incluir, a los que nos conviene mantener a cierta distancia, pero a los que sacamos de la chistera cada vez que nos hace falta un golpe de imagen.
Ahora los medios de comunicación están escandalizados porque los ngöbe-buglé se mueren de un pinche resfriado, igual que hace unos meses les asustaba que se murieran los emberá de hambre. La doble moral es de juegos olímpicos. Los indígenas siempre se han muerto de lo mismo, o al menos en las últimas décadas. ¿Cuál es la noticia si la noticia se supone que es lo nuevo? Que no son atendidos por el sistema de salud, que cuando después de caminar horas y horas de piedras no hay médico o este los mira con asco… Que el Gobierno inmediatamente hace giras para constatar lo que ya sabe… ¿Alguien me puede explicar dónde está la dichosa noticia?
Confieso que estoy indignado con el uso atroz que se hace de la malventura indígena, con la constatación de que un amigo tenía razón cuando me decía: "Hermano: pobres, negros e indígenas quedan bien en la foto". Claro, se le olvidaba especificar que la foto siempre la tomamos los blancos (en el sentido socioeconómico de la palabra, no racial).
Salen los indígenas en la foto y después dejan de salir en la foto cuando entran en acción los relacionistas públicos de los funcionarios que se quitan tacones y zapatos de cuero para ir de excursión a la pobreza indígena -en helicóptero eso sí-.
Olviden a los indígenas, la pobreza en Panamá, la inequidad, el egoísmo financiero, la ceguera oficial es un problema que afecta, como mínimo, al 40% de la población. Empiecen a tener visión de país, quítense los anteojos oscuros comprados en el nuevo pasillo del lujo de Multiplaza y pongan en marcha políticas públicas de redistribución de la riqueza, hagan pagar sus impuestos a esos tramposos empresarios que declaran pérdida año tras año y a los que ganan 10 veces lo que declaran, abran buenos caminos de producción, hagan cumplir a los médicos y maestros con sus obligaciones, compren medicamentos, sean decentes. Panamá cada día tiene menos cooperación internacional porque los números del país hacen innecesaria esa ayuda, así que este es un asunto de nosotros, de todos los que somos, vivimos, sufrimos o disfrutamos este territorio de promesas.
Si hacen todo lo anterior, no hará falta seguir machacando todo el día el asunto indígena para ocultar entre otras cosas, el asunto campesino criollo, la pobreza de Colón, los hacinamientos de las barriadas, la inseguridad en las fronteras, la impunidad campante en nuestro sistema judicial, las promesas incumplidas del transporte o la inconclusa Concertación (entre otros). Foco señores y señoras, foco. Los indígenas no son una excusa, son ciudadanos panameños. Por tanto, si trabajan para reducir las brechas que nos resquebrajan, estarán ayudando a los indígenas y al resto de nuestros ciudadanos.
El autor es periodista
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