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Panamá, viernes 5 de octubre de 2007
 

HAY QUE RESPETAR LOS DERECHOS DE TERCEROS.

Mejor cerrar diferencias, que las calles

921570Jorge Rivera Staff

En Panamá, como en la mayoría de los países latinoamericanos, estamos acostumbrados a enfrentar las diferencias de opiniones de forma más pasional que racional, lo cual afecta nuestra capacidad para encontrar puntos en común ya que generalmente damos énfasis precisamente a las diferencias. Esta condicionante social nos ha limitado en el desarrollo de una cultura del diálogo en casi todos los niveles; ya sea gobiernos frente a la oposición política, empleadores frente a trabajadores, minorías excluidas o protegidas frente al resto de la sociedad, grupos de presión o simplemente entre miembros de una familia o vecinos de un barrio.

Si a esto sumamos formas de gobierno centralistas, de pocos recursos y, por lo tanto, de escasa capacidad de maniobra, veremos que las vías de expresión de estos conflictos, problemas o necesidades, a través de la negociación y el diálogo, se reducen considerablemente. Pero no solo tenemos que las alternativas son pocas, sino que el diálogo en vez de ser la primera opción para canalizar inconformidades, se usa como herramienta de último recurso luego de que se han ejercido medidas de presión, debido a la errónea concepción de que así, al sentarse en la "mesa de negociación", se contará con una posición más firme y ventajosa.

Teniendo en cuenta estos factores, es que podemos empezar a comprender por qué en nuestros países es tan común el cierre de calles, marchas o huelgas como formas de protestar frente a muchos problemas que aquejan a los diversos sectores; ya sea la falta de agua potable en un barrio, el nombramiento de un trabajador manual en una escuela, la firma de un tratado de libre comercio o el aumento de la canasta básica.

Lo ideal sería que cada vez que exista una necesidad, un problema o diferencia de opiniones, se resolviera mediante el diálogo entre las partes o a través de canales institucionales como mediación, arbitrajes o en última instancia tribunales de justicia. Lastimosamente la capacidad institucional de nuestro país es muy baja para poder atender muchas de estas situaciones, lo cual afecta en el mediano plazo a nuestra embrionaria democracia formal, ya que estos grupos consideran que lo canales disponibles no son efectivos.

En este punto hay que hacer un paréntesis y diferenciar entre aquéllos que promueven medidas de presión para lograr ser tomados en cuenta, frente a aquéllos para los cuales dichas medidas de presión son una forma de lograr otros objetivos; tales como desgaste del oponente o conseguir reconocimiento como actor beligerante frente a la sociedad, en cuyos casos será muy difícil satisfacer sus exigencias, ya que la protesta no es un medio de conseguir algo, sino un fin en sí mismo.

Buscando en otras latitudes, podremos encontrar que hay formas diferentes de protestar que cuentan con muchísima mayor eficacia para lograr sus objetivos que cerrando calles y organizando marchas o paros; y que adicionalmente pueden aportar una imagen positiva de sus promotores ante el pueblo, ya que sus medidas no solo no perjudican a terceros, sino que los puede llegar a beneficiar. Como no es el tema del presente escrito, pero si está relacionado, espero poder compartir en otro artículo posterior, algunas ideas sobre estas formas de protesta muy poco conocidas en nuestro país.

Si tomáramos como guía la famosa frase atribuida a Voltaire "No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero lucharé hasta la muerte para que tenga el derecho de decirlo", nos daríamos cuenta que, aunque el conflicto ha estado presente desde siempre, y más hoy en día con su heterogeneidad y cambios constantes, el pensar en eliminarlo no es una manera práctica de afrontar dicha situación, como tampoco lo sería el esperar que lleguemos a consensos en la mayoría de los casos, pero ¿por qué no construir una forma de afrontar nuestras diferencias que sea menos dañina para nosotros mismos como sociedad?

Si aprendiéramos a defender nuestras opiniones enérgicamente y con fundamentos, pero partiendo del respeto a la opinión y el derecho de los demás, tal como se ha ensayado en diversos diálogos nacionales o en la actual concertación para el desarrollo, no me queda la menor duda de que nuestro pequeño país ganaría tanto o más, que con el proyecto de ampliación del Canal.

El autor es abogado
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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