| IMPUNIDAD.
Evolución o metamorfosis
Joaquín González J.
Gregorio Samsa, el célebre personaje de Franz Kafka, un buen día se levantó con aspecto de escarabajo. Así comienza la inmortal obra literaria de Kafka titulada Metamorfosis y traigo a colación esta figura surrealista que introduce este autor en su obra, porque en nuestro país por las cosas que están ocurriendo, tal parece que vivimos precisamente en un mundo surrealista como el que imaginó Kafka en su famosa novela.
Para empezar tomemos de ejemplo las declaraciones que diera hace poco el ex presidente norteamericano James Carter a raíz de la celebración en Panamá de los 30 años de la firma de los Tratados Torrijos-Carter, cuando al referirse al tema de las negociaciones canaleras dijo que: "nunca le preocupó que Omar Torrijos fuera un dictador porque era un hombre honesto que jamás reprimió al pueblo".
Kafka el de la Metamorfosis, estaría encantado con esta transmutación repentina que convirtió de la noche a la mañana, al militar golpista en un paradigma de la democracia y la defensa de los derechos humanos.
Más recientemente, el martes 18 de septiembre para ser exactos, leí en La Prensa, un artículo del actual embajador de Panamá en el Perú, el ex coronel Roberto Díaz Herrera, titulado Aniversario del asesinato de Spadafora en el cual al mejor estilo kafkiano, el militar rememora los hechos de la siguiente manera: "Aquel asesinato premeditado, realizado con saña, alevosía, ventaja, con la más infinita cobardía humana, con una crueldad sin límites que raya en lo verdaderamente imperdonable por el sadismo utilizado, fue justamente lo que hizo en mi psiquis y en mi corazón mi propia orden de poner fin, con todas mis fuerzas posibles a aquel régimen podrido de muerte de Noriega que manchaba el uniforme que yo llevé con tanto orgullo".
Quien así se expresa ahora, es el mismo personaje que en 1990 rehusó atestiguar a favor de la fiscalía, en contra de Noriega, en el juicio que se le hizo a éste en Miami, luego de la invasión.
Es el mismo que en 1985 presionó a Barletta a renunciar cuando este se atrevió tímidamente a anunciar que nombraría una comisión especial para investigar el asesinato de Spadafora.
Es el mismo que siendo el comandante de turno por la conveniente ausencia temporal de Noriega en aquellos días, llevó a las pantallas de televisión al alemán Hoffman, un mitómano que los militares pretendieron hacer pasar como culpable del asesinato de Hugo.
Es el mismo que el 17 de agosto de 1969, a cargo de la zona militar en Chiriquí, al ser cuestionado por Minerva de Morantes, una humilde campesina de tierras altas quien en el cuartel de David le exigió llena de pena y dolor, que le entregara el cadáver de su esposo José Manuel Morantes asesinado a tiros por la Guardia Nacional, le contestó: "Cómo voy a saber de él, si enterramos tantos cuerpos".
Es el mismo que confesó que su millonaria mansión la hizo con dinero robado de las visas que vendía a los cubanos, y que el fraude electoral que llevó a Barletta a la presidencia del país en 1984 se realizó en su casa.
Es el mismo que en las postrimerías de la dictadura militar, al ver sencillamente truncadas sus esperanzas de llegar a ser comandante en jefe y ser mandado para su casa por Noriega sin ningún reconocimiento, aprovechó la coyuntura de la lucha civilista, que llegaba a su clímax en ese momento y decidió sacarse el clavo denunciando a Noriega en un trascendental acto que impresionó a muchos de los que aún hoy consideran su decisión como de legítima valentía y patriotismo a favor de la causa civilista.
A mí en cambio me parece que esa metamorfosis o transformación de dañina larva a inofensiva e inocente crisálida, no es más que otro vano intento para tratar de meternos borriguero por iguana, y de paso ver si queda incluido junto con Colamarco, Delgado Diamante y otros, en la selecta lista de evolucionados que el connotado presidente de la Fundación para el Desarrollo de la Libertad Ciudadana, don Roberto Eisenmann Jr., ha hecho en un alarde de bondad, tolerancia y nobleza verdaderamente envidiables.
Por mi parte sigo convencido de que la impunidad no es la mejor manera de servir y proteger la democracia. Al contrario, la impunidad socava los cimientos mismos de la sociedad. Crea un estado de angustia y depresión en los que, de un modo u otro, fueron víctimas e impide que puedan cerrarse las heridas del pasado y pavimentar la senda hacia la reconciliación nacional.
No es posible voltear la página sin que se haga justicia y menos sin arrepentimiento. El pasado está vivo y pesa sobre el presente. Para nada es conveniente trivializar las atrocidades cometidas por quienes se conducen hoy más afectados por la metamorfosis kafkiana connatural a su especie, que por los postulados de una legítima evolución darwiniana, que en ellos dudo mucho que se haya dado.
El autor es docente, escritor y pintor
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