| LA ORATORIA.
Pasión y voluntad suprema
Rafael Candanedo
Gabriela Mistral iluminó el auditorio de la Universidad de Puerto Rico. Fue la oradora invitada en la graduación de 1931. Volcó su pasión y sus conocimientos en esa presentación: habló de la lengua española, de la poesía, de la cultura latina, de su condición femenina, y, en general, del sentido de la profesión.
Se presentó "como una guardiana de la vida y como una socia natural de todos los negocios vitales", y contextualizó su discurso con conocimientos, referencias y la argumentación sobre las mejores ideas de su tiempo. Exhortó a los destinatarios a "comenzar una cruzada interior y exterior por la dignificación profesional".
Catorce años después de aquella noche en que deshojó sus criterios sobre profesión y moral, Gabriela se constituyó en el primer latinoamericano en ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Poetisa y escritora, es uno de los grandes oradores de todos los tiempos, como Martí, Unamuno, Bolívar, Robespierre, Lincoln, Napoleón, Wilde, Chamberlain, Gandhi, Lugones, Castro, Demóstenes, Cicerón y César.
La pasión por un asunto y la vehemencia con que se expone son el motor de toda disertación, en la que resaltan el estilo personal, la mímica, la voz, la selección de las palabras y la construcción idiomática.
Encerrado en su timidez, que le incapacitaba para expresarse en público, Gandhi la venció por la indignación que le causó el trato como animales del que eran víctimas los negros y asiáticos en la Sudáfrica de la primera mitad del siglo XX. Ante ese absurdo, se reveló su alma, y perdió la timidez. Dueño de la elocuencia, retornó a su India natal para emprender la lucha por la independencia del imperio británico.
Ni el fuego fatuo ni la ampulosidad son la clave de la expresión oratoria: lo son la pasión por lo que se dice y la comprensión de la materia en cuestión. Es una necesidad hablar con claridad, orden, entusiasmo y persuasión: con eficacia.
La pieza oratoria es creada de dos formas: elaborada con anticipación, e improvisada. La segunda no posee jamás el valor de un discurso preparado ni contará con una estructura compacta, que se caracteriza por su encadenamiento de ideas, exactitud, armonía verbal, erudición y riqueza de detalles. El primero no hiere tan vivamente la emoción ni aturde la psiquis del destinatario. Pero suele ser más perdurable. El segundo habla de lo íntimo del espíritu y manifiesta la sensación de que estamos ante un arte.
La persuasión debe llevar a la acción. Debe propiciarse un clima de trance y de complicidad entre orador y destinatario. El primero ostenta la batuta, y, por lo tanto, es el líder de tamaña responsabilidad. La fuerza y la convicción de lo que se dice son esencia y brújula de esta manifestación humana.
Dominar por medio de la palabra es un arte difícil que brinda una de las mayores satisfacciones personales. Ello se logra expresando el pensamiento, con fidelidad, exactitud y brío.
Ante la desventaja de su tartamudez y escasa voz, ya treintón, el ateniense Demóstenes protagonizó un retiro de varias semanas en la orilla de una playa para apropiarse de las habilidades de la palabra oral, que le posibilitaron el rescate de una herencia familiar. Transcurría el siglo IV antes de Cristo y la oratoria era base en la educación griega. Como si le faltase un tornillo, puso a competir su voz con los murmullos de las olas, y a punta de gárgaras con piedras pequeñas venció el trastorno.
Con una fuerza de voluntad a toda prueba, Demóstenes se convirtió en uno de los mayores oradores de la historia y en un importante estratega.
El autor es filólogo y catedrático universitario
|