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Panamá, martes 2 de octubre de 2007
 

EDITORIAL.

Los procuradores de la junta en Beijing

La junta militar de Birmania (Myanmar) ha estado mostrando sus verdaderas intenciones en esta semana, disparando armas automáticas en contra de manifestantes pacíficos y atacando sorpresivamente monasterios para golpear y matar a monjes budistas. Sin embargo, el desdén criminal de la junta hacia los derechos humanos también ha proyectado una mortecina luz sobre China, el principal socio comercial, aliado estratégico y protector diplomático de la junta mencionada.

Mientras les disparaban a los manifestantes en Birmania, China estaba impidiendo que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas considerara la aplicación de sanciones sobre los asesinos o que tan siquiera emitiera una condena sobre el uso letal de la fuerza por parte de la junta. El embajador de China ante Naciones Unidas justificó la postura de su gobierno con base en el argumento de que "el derramamiento de sangre en Birmania no constituye una amenaza para la paz y unidad en el ámbito internacional".

China usó el mismo razonamiento el pasado mes de enero, cuando se unió a Rusia para vetar una resolución del Consejo de Seguridad que habría hecho un llamamiento sobre la junta para que liberara a todos los prisioneros políticos, abriera un diálogo político con la oposición democrática, amén que cesara sus ataques en contra de las minorías étnicas de Birmania. Si China y Rusia hubieran permitido que esa resolución fuera aprobada, los generales en Birmania pudieran haberse visto obligados a buscar reconciliación con la poetisa Aung San Suu Kyi, laureada con el Premio Nobel de la Paz, y su Liga Nacional por la Democracia, el partido que ganó más de 80% de los escaños parlamentarios en unas elecciones de 1990, mismas que no fueron reconocidas por los generales.

China tiene sus razones para ocultarse detrás de una restrictiva y autocomplaciente interpretación del mandato del Consejo de Seguridad. Beijing mantiene importantes lazos económicos y estratégicos con la junta. Entre ellos están algunos proyectos de (oleo y gaso) ductos que podrían asegurarle entregas de energía a China provenientes de Oriente Medio que no tendrían que pasar por el Estrecho de Malaca, pasaje fácilmente cerrado entre Malasia y la isla indonesia de Sumatra. Además, China desea acceso a puertos birmanos en el océano Índico.

Es triste decirlo, pero la democrática India también ha sido atraída hacia la telaraña de la junta. La India actualmente está promoviendo armas con la junta militar a cambio de ayuda en contra de insurgentes en el noreste de India, al tiempo que está haciendo contratos para el desarrollo de las reservas de gas natural de Birmania frente a sus costas. El objetivo estratégico gira en torno a contrarrestar la influencia de China en Birmania.

Sin embargo, la clave es China, y China tiene sus vulnerabilidades. En octubre, Beijing llevará a cabo un congreso del Partido Comunista en el que se trazará la política para los cinco años siguientes, al tiempo que se efectúan promociones de la dirigencia. Los líderes chinos no quieren ser asociados con una versión birmana de la matanza de la Plaza de Tienanmén mientras su Congreso esté sesionando. Y tampoco quieren que los Juegos Olímpicos de 2008 en Beijing sean arruinados debido a su complicidad con los déspotas que rigen a Birmania.

Debido a sus exportaciones de narcóticos, VIH-SIDA, así como refugiados que huyen, la junta birmana es una amenaza para la paz y la seguridad en el mundo. Y si China no contiene a sus clientes en Birmania, Beijing también es una amenaza para la paz y seguridad internacionales.

The New York Times
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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