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Panamá, martes 2 de octubre de 2007
 

EL MALCONTENTO.

El pueblo es una amenaza

919803Paco Gómez Nadal
paco@prensa.com

Los gobiernos cada vez me gustan más. Observar sus actuaciones y torpezas es como disfrutar de la mejor telenovela brasileña, llena de intrigas, estupideces y dramas autoprovocados.

Son los gobiernos el fiel reflejo de esta sociedad de muros y comunidades cerradas que estamos construyendo. Sus ejecutivos -que ya no ministros- y el CEO de la compañía -que ya no presidente de la República- tiene pánico a eso que llaman pueblo como si ellos no formaran parte de esa masa mugrienta e informe de desarrapados pedigüeños para los que dizque trabajan, pero a los que mantienen detrás de la raya.

No se diferencia mucho el Gobierno de una empresa multinacional, de un Mattel cualquiera. Después de vendernos juguetes cargados de plomo para que nuestros hijos se vayan consumiendo -del sustantivo: consumidor-, ahora llenan el universo de publicidad con el mensaje: "nos desvivimos por usted, solo trabajamos para su felicidad". Se les olvida que el origen de cualquier empresa privada es ganar plata -algo legítimo- y que si para eso hay que producir en una maquila china y obviar esas tonterías de la inocuidad de la materia prima o de los derechos de los trabajadores no hay que tener muchos escrúpulos, sino una buena agencia de comunicación. En eso es en lo único que no se parece el Gobierno a Mattel, no tiene un buen equipo de comunicación. Es más, pareciera que su departamento de prensa fuera manejado por Martinelli y Varela. Cada vez que abren la boca es un tiro en el pie al propio Gobierno.

Retomo el hilo. En esta técnica de tomar distancia del pueblo, la Presidencia de la República -ya que no se puede mudar a Costa del Este o a Calle 50 por razones estéticas: quedaría muy mal-, ha decidido convertir el espacio público en conjunto cerrado. Dos portones de hierro de muy mal gusto y peor criterio cierran una de las vías que dan acceso a la plaza Catedral. Olvidemos que la Unesco monitorea qué hacemos con el Patrimonio de la Humanidad que es San Felipe y que puede empezar a preguntar por qué no se dejó construir el edificio surrealista de Mallol, pero sí se ponen puertas a la vía pública. Incluso, no tengamos en cuenta que el derecho a la manifestación y a la libre movilización de los ciudadanos está consignado en la Constitución. La decisión es vergonzosa y atenta contra varias palabrejas-conceptos: democracia, libertad, espacio público… en fin, bobadas del siglo pasado.

La única noticia positiva que le veo a las puertas dichosas es que a los gorilas del SPI les costará tanto salir por ellas como a los manifestantes pasar al otro lado.

Los gobiernos, decía, se alejan del pueblo, se atrincheran asustados y tapan el sol con un dedo para ocultar la realidad. Tiene el Gobierno una especie de sentimiento de injusticia, algo así como… "¿Por qué protesta el pueblo si esto cada día está más bueno, si la plata sobra y el cielo es nuestro límite de crecimiento?".

El presidente se debe acostar por la noche pensando que el pueblo es desagradecido, que no entiende los esfuerzos del poder, los sacrificios de estos potenciales próceres de la patria que negocian tratados de libre comercio por todos lados para beneficio de los 10 empresarios de siempre y las 15 familias de noble apellido.

Y tiene razón, el pueblo es desagradecido porque no quiere las migajas del desarrollo, porque es muy diferente ser invitado al coctel de los inversionistas -como lo son los que aparecen en las revistas sociales- que ser contratado para limpiar los restos de la fiesta o para levantar los muros detrás de los cuales se esconden los que de verdad están sacando ganancia de esta locura.

El Presidente sabe que es así. Que su gobierno ha hecho cosas buenas en lo social para tratar de minimizar el impacto perverso de este crecimiento económico y la sensación de que la brecha entre ricos y pobres ya es abismo, pero que eso no basta. Que la Red de Oportunidades está cosida con los despojos del desarrollo, que el Prodec no es más que el polvillo que sale del tesoro de oro que otros están acumulando, que la cinta costera o la autopista son adornos de cemento que no disfrutarán las gentes de Tocumen, Mañanitas o San Miguelito -encaramados en su rutina de supervivencia-, que Colón seguirá perdiéndose en las grietas del olvido aunque los propietarios de la Zona Libre puedan llegar ahora a sus almacenes de espejitos a bordo del Jaguar por autopista…

Yo si me solidarizo con usted, señor Presidente. Por serlo, dejó de ser parte del pueblo y, por el resto de sus días, cuando esté en los cocteles a los que invitan a los ex presidentes como adorno de Navidad, se sentirá solo, ajeno, y se arrepentirá de haberse separado de la gente normal con dos portones de hierro, con ese gesto de prepotencia y desdén que algún asesor inspirado le recomendó en una mañana de miedo, ante el temor incontrolable de que los negros agüeros del SIP no fueran suficientes para calmar a los desarrapados. Ánimo Presidente.

El autor es periodista
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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