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Panamá, martes 2 de octubre de 2007

Tras un año de haberse detectado el sira, el balance no sorprende: hay un solo detenido, poco se ha hecho para prevenir tragedias como éstas –salvo cerrar el laboratorio que produjo los jarabes envenenados– y las pláticas que se adelantaron en la mesa de concertación, por ahora, son solo proyectos.

Las consecuencias, en cambio, han sido devastadoras: falta de confianza en el sistema, incremento en el costo de las medicinas, pérdida de vidas, y cientos de lisiados permanentemente. Pero cuando aún no se han secado las lágrimas de los familiares de las víctimas del sira, hay decenas de padres y madres de la comarca Ngöbe Buglé que lloran a sus niños, que mueren de males que, con el adecuado y oportuno tratamiento, no son mortales.

Fallecen porque su salud está seriamente comprometida. Las enfermedades –abandono, olvido, pobreza, marginación– no se curan con una que otra gira médica ó 35 dólares al mes. Hacen falta recursos permanentes, acciones continuas y voluntad; y menos fotos, promesas y discursos.




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