Los rostros de los usuarios del transporte público revelan el sacrificio que significa abordar un bus. Por eso, en sus caras no se dibujará la sonrisa que produce estar cómodo. Están condenados a viajar en chatarras, hacinados con el corazón en las manos, rogando llegar ilesos a su destino. Esa suerte no la tuvieron esas 18 personas que murieron calcinadas hace 11 meses.
Todos creímos que de un hecho tan trágico como ese saldría algo bueno: hacer más seguro el transporte colectivo. ¡Nunca estuvimos más equivocados! El gobierno ha sido cómplice activo de la dirigencia transportista en la manipulación del proyecto de ley que “regulará” a los conductores de buses. Muy poco consiguieron los usuarios, y la alegría de los buseros es tan sospechosa como reveladora.
La descarada hipocresía de diputados y funcionarios de la Autoridad del Tránsito en este tema solo deja al descubierto su cuestionable calidad humana, pues las innumerables vidas perdidas por culpa del transporte público no parecen significar nada para ellos.
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