Panamá está perdiendo una batalla que se libra en sus entrañas. Las víctimas no son pocas y lo imperdonable es que están muriendo niños que deberían estar simplemente jugando en la campiña comarcal. Son infantes que viven en comunidades olvidadas, marginados del crecimiento económico del que nos sentimos tan orgullosos.
Mientras acá se construyen torres de interminable altura, ellos duermen en el piso de tierra de chozas en las que se exponen a dolencias que sus frágiles cuerpos no pueden resistir, porque comer, para ellos, es un lujo. Y para colmo, la salud es otro lujo, pues allá no tienen ni médicos ni medicinas, y mucho menos hospitales.
Son pueblos que caminan sobre el sendero infinito del círculo vicioso de la pobreza, animados, quizá, por la esperanza de escapar algún día de la prisión de su asfixiante estrechez. Pero esos anhelos han quedado truncados por la muerte prematura. Ahora, la prioridad no debe ser contar las vidas perdidas, sino salvar todas las que quedan.
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