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Panamá, domingo 23 de septiembre de 2007
 

ARGENTINA.

Malos-buenos tiempos para la libertad

Emilio García Méndez

Pocos conceptos resultan más engañosos que la libertad. Bajo la apariencia de un absoluto de carácter histórico se esconde un valor por el que cada época ha debido luchar para definir su contenido. Mucho debemos a la comprensión de la libertad, como producto histórico concreto, a ese extraordinario filósofo y político francés que fue Benjamín Constant (1767-1830). Su célebre discurso de 1819 en el Ateneo Real de París sobre "La libertad de los modernos comparada con la libertad de los antiguos", continúa siendo un punto obligado de referencia cuando de la historia de la libertad se trata.

Para Constant, la libertad de los modernos consistía esencialmente en solo ser sometido a las leyes. En no poder ser arrestado, ni detenido, ni ejecutado, ni maltratado por el mero efecto de la voluntad arbitraria de uno o varios individuos. En expresar su propia opinión, en poder elegir un oficio o profesión, en poder disponer de su propiedad, en ir y venir sin autorización. También en poder reunirse con otros individuos, en profesar su propio culto, etc.

Muy diversa en cambio era la libertad de los antiguos. Ella consistía, siempre según Constant, en ejercitar en forma directa pero colectiva porciones enteras de la soberanía. Así, resultaba un hecho cotidiano deliberar en la plaza pública sobre la guerra y la paz, en realizar tratados y alianzas con potencias extranjeras, en votar leyes, en pronunciar juicios, en examinar las cuentas y la gestión de los magistrados, en hacerlos comparecer frente al pueblo, en acusarlos, en condenarlos o absolverlos. Sin embargo, los antiguos admitían como perfectamente compatible con la libertad colectiva, la sujeción completa del individuo a la autoridad del conjunto. Nada es concedido a la independencia individual, ni en relación a la opinión, a la elección de la profesión y mucho menos en todo aquello relativo a la religión. Todas las acciones privadas estaban sometidas a severa vigilancia. Para sintetizarlo en las exactas palabras de Constant, "Las leyes regulaban las costumbres y como las costumbres estaban vinculadas con todo, no había nada no sometido a las leyes".

Mucha agua o mejor dicho, mucha sangre ha corrido bajo los puentes de la libertad. Por razones que no siempre fueron ni las más nobles, ni las formalmente esgrimidas, el período de la guerra fría fue particularmente importante para el desarrollo de la idea de la libertad como valor intrínseco. Se recuperaba en medio de la confrontación de bloques ideológico-militares el ideal absoluto de libertad con que la Revolución Francesa impregnó las luchas por la independencia. "Seamos libres, que lo demás no importa", decía el Gral. José de San Martín en su proclama de Los Andes cuando se aprestaba a liberar a Chile del yugo español.

Pero la guerra fría acabó y con la caída del muro desaparecieron las certezas. También los ideales de carácter abstracto. La democracia se quedó sin enemigos y sin más posibilidades que confrontarse con sí misma. Los muros fueron reemplazados por los espejos.

En un mundo sin certezas ni sentido evidente, el valor de la libertad ha perdido espesor y relevancia. Su importancia necesita ser demostrada y muchas veces no logra imponerse a las "razones" y objeciones de un sentido común obsesionado por la idea de la seguridad.

Como de lo sublime a lo ridículo la distancia es muchas veces más corta de lo que se imagina, la relativización de la idea de la libertad se manifiesta mucho más a través de lo grotesco que de lo trágico. En una Argentina donde no faltan los "créase o no" dignos de Ripley, un rabino cantinflesco, mediático y oportunista propuso sustituir la palabra libertad del Himno Nacional, por el "posmoderno" concepto de seguridad. Es la misma Argentina donde no faltan abolicionistas vernáculos del sistema penal, que por razones que la razón no entiende, mientras se rasgan las vestiduras por los efectos de la cárcel en los menores de edad, aprueban practicas de privación de libertad como mecanismos de protección. Todo ello, inexplicablemente mezclado con la convalidación de sentencias de reclusión perpetua a menores de edad (recuérdese que la Argentina es el único país de la región que desde 1997 a la fecha ha irrogado 14 sentencias de reclusión perpetua a menores de edad).

Tenemos que inventar hasta la verdad decía un Antonio Machado cansado, pero no derrotado. Malos-buenos tiempos para la libertad que también necesita ser inventada cada día.

El autor es abogado y catedrático de la Universidad de Buenos Aires.
 
© 2007. Corporación La Prensa. Derechos reservados.
 
 
 
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