| EN HONOR A LA VERDAD.
1984: Proteger el archivo histórico
915643Betty Brannan Jaén
Washington, DC. -Hace dos semanas escribí una carta del lector al New York Times y como no me la han publicado allí, lo haré aquí.
Mi carta criticó un artículo de opinión de 2 mil 200 palabras (por contraste, este espacio solo me permite 750) publicado el domingo 9 de septiembre, el día en que Manuel Antonio Noriega estaba supuesto a salir de la cárcel en Miami. El artículo --titulado Our Man in Panama, que se copia (sin dar crédito) el título del libro de John Dinges sobre Noriega-- fue escrito por Everett Briggs, embajador de Estados Unidos en Panamá desde 1982 a 1986.
No conozco a Briggs, pero su artículo me parece característico de la hipocresía que percibo en toda su actuación hacia Panamá (como la de Jimmy Carter). Briggs comienza por decir que el caso Noriega "es instructivo solo en la medida en que nos indica cómo Estados Unidos no debe manejarse" frente a los dictadores que han sido ficha de los servicios norteamericanos de inteligencia. Con eso de introducción, Briggs critica todos los errores estadounidenses de la política hacia Noriega, menos los suyos propios.
En especial, Briggs no solamente rehúsa admitir su culpa en el fraude de 1984, sino que su artículo para el Times habla del fraude deshonestamente. Briggs lo relata así: "El general Noriega estaba tratando de socavar la presidencia de Nicolás Ardito Barletta, un respetado banquero internacional y antiguo alumno de George Schultz, entonces el secretario de Estado. Habiéndose colocado al mando del aparato militar panameño en 1984, Noriega había respaldado originalmente a Barletta, ayudándolo a ganar una "elección" seriamente defectuosa que le mereció a Barletta el apodo de "Fraudito" entre la oposición. Pero cuando Barletta trató de gobernar honestamente --controlar a la burocracia, reformar los bancos y el sistema jurídico, y dirigir la asistencia gubernamental para que nutriera a la economía en vez de enriquecer a los cleptócratas panameños-- Noriega decidió echarlo. Eso era un problema, sostuve. Panamá necesitaba a alguien como Barletta en el poder...".
Como bien sabemos, lo que Briggs omite --pero que Dinges expone detalladamente en su libro-- es que los norteamericanos fueron cómplices de Noriega en el fraude que instaló a Barletta y que Briggs personalmente tuvo un rol en ello. James Cason, funcionario de la Embajada en Panamá, preparó un informe confirmando el fraude que Dinges tilda de "devastador", sobre todo porque Briggs había cometido la imprudencia de repetidamente asegurarle a Washington que la elección sería limpia. "Nuestra conclusión es que el sistema electoral es bueno y que son escasos los chances de un fraude amplio", escribió Briggs en un cable a Washington en abril de 1984. Como la estupidez de esa afirmación quedaba plasmada en el informe Cason, Briggs lo engavetó por dos meses y finalmente lo envió a Washington por una vía que aseguraba que nadie allá lo leería. Es que Washington, subraya Dinges, ya había decidido validar la "elección" de Barletta bajo la premisa --de arrogancia escalofriante-- de que los panameños podríamos "esperar hasta la próxima vez para tener una elección verdadera".
El New York Times me ha publicado cartas anteriormente y he aprendido que estas deben ser breves y dar directamente en el blanco. Envié lo siguiente (203 palabras):
"Everett Briggs critica a todos los demás funcionarios estadounidenses que comparten alguna responsabilidad por el fiasco Noriega pero no admite su propia culpa en ‘la elección seriamente defectuosa’ de 1984 en Panamá. Como John Dinges detalla contundentemente en su libro, Nuestro Hombre en Panamá, Briggs (entonces embajador en Panamá) encubrió el fraude que brevemente instaló a Nicolás Barletta como ‘presidente’ porque Washington había decidido que sería mejor que los panameños ‘esperaran hasta la próxima vez para tener una elección verdadera’. Esa decisión fortaleció el poder de Noriega, traicionó a los panameños que creían en democracia, dio cinco años más de vida a la dictadura, y terminó por costar muchas vidas.
Todavía tratando de esconder su propia complicidad en el fraude, Briggs escribe ahora como si Panamá en 1984 hubiera sido una democracia gobernada por civiles, pero con el maleante de Noriega a la cabeza del aparato militar cuando, en verdad, Panamá estaba entonces en el decimosexto año de una dictadura militar que intentaba disfrazarse con instalar a un ‘presidente’ Barletta como títere de Noriega. Si Briggs y sus jefes en Washington hubieran cumplido con los ideales que profesaban en 1984, es muy posible que las cosas se hubieran desarrollado de manera distinta para 1989".
La autora es corresponsal de La Prensa
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