Es difícil adivinar qué esconde el alma de Ana Matilde Gómez. Y todas las almas esconden algo. En su caso, la sonrisa migra pocas veces de su rostro y pareciera tener una especial habilidad para sacar frases del sombrero que suenan lapidarias, pensadas para perdurar, juegos de palabras intencionados donde no hay preposición ni verbo que se escape al cálculo.
Sentado en su pequeña oficina –de esas que lucen como islas aseadas en edificios públicos desvencijados–, se tiene la sensación de estar ante alguien más que la Procuradora General de la República. ¿Presidenta en un futuro?, ¿dama de hierro?, ¿magistrada tal vez?... Los gestos y el discurso de Ana Matilde Gómez parecen diseñados para algo más que para estas cuatro paredes y estos 56 fólderes que hacen cola en su mesa. Desde su base en el centro popular de la capital, Gómez –como gladiadora solitaria en un coso infinito– se queja de ciertas incomprensiones, arremete contra los medios y el manejo interesado de la información y defiende su gestión con una vehemencia tan contundente como su calma.
Si sus palabras delinean sus planes, a Ana Matilde Gómez la veremos menos en los próximos meses. Para ella, los dos primeros años largos de su gestión –está al frente del Ministerio Público (MP) desde enero de 2005– fueron los de la exposición. “Yo abrí las puertas de la institución y me tocó ser casi la vocera. Quería evitar el negociado de la información y hacer que los medios tuvieran contacto directo con la máxima representante del MP”. La estrategia no le dio resultado, o al menos eso piensa ella. Los medios de comunicación hacen “un uso interesado de la información”, bien sea “por desinformación, por ignorancia o por intereses particulares”. Conclusión: “Nos vamos a volver a concentrar en nuestra labor”.
Las palabras salen de la boca de uno de los personajes más mediáticos de las altas esferas del Estado, la niña buena convertida en enfant terrible; la mujer que era vista como ficha del Presidente hasta que empezó a tomar vuelo; la misma que algunos miembros del Ejecutivo –en voz baja y sin micrófonos- califican de “demasiado independiente”; la de los choques con la Corte Suprema de Justicia o la que pelea en público y en privado por competencias y recursos.
Sí, pero...
Para cada pero, la Procuradora tiene un “sí, pero”. Ante cada crítica, ella encuentra un atajo para demostrar que ella está en la posición correcta, que su alma está intacta dos años y nueve meses después de asumir su cargo. En su discurso, algunas palabras se cuelan de forma insistente, como señalando sus obsesiones.
Blindaje. “Blindaje de integridad”, “blindaje ético”, “blindaje institucional... En una institución que maneja la información más sensible relacionada con el crimen, en un país donde la corrupción pública es un cáncer doloroso y parásito, Ana Matilde Gómez está obsesionada con el “blindaje” del Ministerio Público. Confía en su equipo más cercano, pero siente que le falta aún en el resto. La tarea es de “depuración permanente, aunque no constante”.
Independencia. Un soniquete que repite como preso aferrado a la promesa de un indulto. Una ventaja en ese camino, según la Procuradora, es que, insiste, en el MP no hay politiquería y eso facilita la tarea: “Yo no tengo la obligación de cumplir con cuotas o clientelismo y en eso el Ejecutivo me ha respetado: el presidente no me ha enviado ni un solo CV”.
Independencia. La palabra articula el discurso de Gómez. Como escudo de protección y calmante de conciencia, esta mujer insiste en su fría relación con Martín Torrijos. “Ni él podía presumir una amistad que no existía, ni yo la tengo por qué asumir, porque no es real”. Quizá por eso –“por las especulaciones que generó el que yo era una aparecida en el escenario público”- siente que hay cierta incomprensión hacia ella y hacia su forma de desempeñarse en el MP en algunos personajes del Ejecutivo. Matiza varias veces que es un problema de personas, no de sistema, no de institucionalidad. Aunque también se le desliza la queja por cierto déficit de cooperación con Danilo Toro, el responsable del Programa de Seguridad Integral del Ejecutivo; la añoranza de la ex ministra de Gobierno y Justicia, Olga Gólcher, con la que confiesa haber sintonizado a la perfección, y los desencuentros con otros estamentos del sistema judicial.
Los fantasmas del cargo
“Este es un desempeño incomprendido, pero los ciudadanos pueden estar seguros de que tienen a una procuradora a la que el poder no predetermina sus actos”. Claro que ingenua no parece la Procuradora y, por tanto, reconoce que no todo depende del Ministerio Público, y que sí, que algunos casos “llegan predeterminados por la situación política, económica o social de los implicados”. “A veces el hecho viene disfrazado”. Mil fantasmas que rondan, preceden o amenazan su trabajo. Más de uno y de diez abogados “que manejan sus casos en los medios”. Una Policía Técnica Judicial que no sirve “con el modelo actual” –“deben ser menos, mejor capacitados y mejor pagados”–. Y una Corte Suprema de Justicia… ¡ay! ... una Corte que le produce unos dolores de cabeza a Ana Matilde Gómez que a ella le parecen tan naturales como la vida.
“La fricción es lo natural cuando hay movimiento”. Pero no un movimiento de niñas jugando a ver quién es la jefa del clan de precursoras scout, sino el de dos funcionarias de altísimo rango –Gómez y la saliente Graciela Dixon, presidenta de la Corte– que rozan a menudo aunque, según la Procuradora, “hay personas que exacerban esa fricción por interés, hay un discurso por ahí de que hay que cuidarse de mí”. Ana Matilde Gómez es clara al respecto: “No hay que fingir una relación [de amistad] que no existe”. Conclusión: “Dixon y yo no nos conocíamos, así que lo que hay es una relación de confianza que no puede ser confianzuda”.
Si la Procuradora es precisa, algunas carcajadas se han intercambiado Dixon y ella riéndose del show mediático tejido alrededor de esas “fricciones” que a veces parecen zarpazos con mano de piedra. Si lo describe de una manera más institucional, Gómez asegura que la Corte tiene el deber constitucional de valorar su trabajo y no piensa discutir eso. “No es mi intención cambiar la Corte”. Eso sí –reaparece la independencia para blindar el discurso de la Procuradora –: “Tengo un cargo constitucional que si bien somete mi actuación, no me impone el endoso de la conciencia ni la sumisión personal”.
Es evidente que no hay que postular a Ana Matilde Gómez para un concurso de popularidad –aunque el último “Pulso de la Nación” de La Prensa le concede el 70.9% de aprobación–. Sus declaraciones son tan contundentes como provocadoras. Un ejemplo más para ilustrarlo:
— ¿Considera que la sociedad civil panameña es seria o que le falta madurez?
— Es seria y le falta madurez. La sociedad civil debe madurar y saber que no puede desplazar a los otros dos pies que sostienen el sistema: ni al político ni al constitucional (…) ellos no pueden decidir siempre, lo más importante es que están siendo escuchados, pero el Estado no se puede guiar solo por lo que platea la sociedad civil.
Se refiere así a la misma sociedad civil que acusa a la Procuradora en algunos foros de no estar respetando el Pacto de Estado por la Justicia. “Yo no he violentado el pacto. Pero no hay condiciones ni medios para aplicar todos los acuerdos. Además, el pacto no es una camisa de fuerza, sino una hoja de ruta y hay que ser flexibles en su aplicación”.
La herencia matriarcal
Las cosas claras para esta mujer que, si bien inspira confianza –siguiendo su máxima–, no permite al periodista que sea confianzudo. Habla de su trabajo y de sus responsabilidades con precisión milimétrica y de su vida personal con cierto pudor y cierto orgullo antisocial.
Es decir: una vida con su familia que nunca ha necesitado de fiestas o cocteles, un discurso espiritual y religioso que haría rebotar las balas de los agentes de Matrix.
“Vengo de una familia de matriarcados, por eso creo que la autoridad y la relación con el poder son un asunto de genética”, sonríe Ana Matilde Gómez, como justificando algo de su carácter, pero explicando el por qué de su determinación. Si no hay terremotos políticos ni mediáticos suficientemente fuertes para tumbar sus cimientos, Gómez estará en este cargo hasta 2015 y la perspectiva posterior es difícil porque reconoce que empezó “casi por el último escalón”. El “casi” deja la puerta abierta a escalones superiores y a ambiciones que no comparte.
Mujer en un universo machista y repleto de sacos, corbatas y excesos hormonales, Ana Matilde Gómez es consciente de su responsabilidad para allanar el camino a más mujeres en los altos puestos del Estado y cree que el hecho de que el país votara en su momento por una mujer como presidenta –Mireya Moscoso– y que ésta “aguantara hasta el final”, fue bueno para el país, “independientemente de las evaluaciones que se puedan hacer de su administración”.
El puesto, asegura con cierto orgullo, no ha despistado a Gómez de lo que le gusta. De bailar en las pocas bodas a las que la invitan una o dos horas con su marido –Francisco Sousa Lennox– y así recordar los tiempos en los que la famosa Chavelita Pinzón le ensañaba los primeros pasos de típico; de leer novelas y libros de historia cuando sus hijos y el jardín dejan espacio en su pírrica agenda de tiempo libre; de cultivar su hemisferio religioso mientras pone a prueba cada día su hemisferio terrenal.
Dureza de cargo
Ana Matilde Gómez elige otra vez el camino de la seriedad, el de los temas de Estado, el del aumento de la criminalidad –lógico para ella porque “lo que nos hace atractivos como país nos hace vulnerables como sociedad”–, el de las propuestas para cauterizar a las pandillas o para reformar a la PTJ de cuajo… Es difícil mantenerla en la suavidad de lo personal, porque ella está sentada en la silla dura desde la que dirige el Ministerio Público. Una silla tan, tan dura, que no le permite saber que detrás del poder suele esconderse “la erótica del poder”.
“No sé qué es. Nunca lo había escuchado”.
Una breve y balbuceante explicación del entrevistador para matizar la pregunta obtiene por respuesta uno de esos mensajes tajantes de Gómez: “Acabo de descubrir ese término con usted. Si eso existe espero que no me contamine y, si lo hace, acudiré a mi fortaleza espiritual para mantenerme al margen”.
Una vez más el alma de la Procuradora se esconde y gana la partida. Es una lucha interna que se manifiesta en las palabras, en los gestos. Los mismos que en un instante se suavizan para que confiese: “tengo que aprender a ser más sociable”. Los mismos que, segundos después, se endurecen para reversar: “Aunque no sé si será necesario. De hecho… al contrario, para este cargo no es buena mucha vida social”.
La tensión se resuelve en la fórmula final que guía a esta mujer de pocas fisuras: “el producto final de mi trabajo no tiene que ser de moda, sino legal”. Punto final, sin concesiones.
Fotos: Silvia Grünhut
Pies de fotos:
- La Procuradora estará en el cargo hasta 2015.
- Durante los dos primeros años de funciones aceptó tomar el papel de vocera.
- Entre 25 procuradores, Gómez es la primera mujer en ocupar el cargo.